Poesía ecuatoriana: Mónica Ojeda

Diez poetas del Ecuador – Selección por Karo Castro.


.
.

 

[1]

 

Cae con madurez el fruto que en verbo ardido lamió sus costillas al sol;

más de 365 veranos de su carne niñada en hueso negro constelado

se aflojan.

 

Rueda el fruto sobre la piel arqueada de las amapolas.

 

Se abre.

 

De su epicentro nace una guadaña como un párpado de acero cerrándose en la bruma bautismal de su oleaje.

 

—Esto es lo primero que verás —sentencia la rama despojada del peso de su cabeza— antes de atravesar la raza del otoño.

 

 

 

[10]

 

 

Llevé tu cadáver a la habitación más oscura de nuestra casa.

 

Lamí los rastros de mi violencia sobre tu cuerpo.

 

Flácidos,

como babosas desnudas,

resbalaron de mi cansancio tus restos blancos

pequeñas cárceles del ruido de las langostas,

radiografías negras de la plaga izquierda de nuestro amor.

 

Heridas rosas florecen del eco de los alaridos que lanzaste cuando te amé con golpes rotundos sobre la frente.

 

Tus restos eran nevados en miniatura derritiéndose en caminos de sangre y leche fresca de mamá.

 

Su leche, mar muerto de maternidad,

engordó tus huesos una luna antes

de que descubrieras aguas más hondas.

 

El calor te encogía sobre un colchón de incomprensible memoria.

 

Arrastro tu muerte del pelo y le doy de comer la culpa que me pesa.

 

Arrastro tu muerte con la orfandad que me dejó el fraticidio,

pero, Mabel,

yo tenía que morirte para conocer el sentido de la justicia.

 

Yo tenía que morirte para mirarte eterna,

para diseccionar tu espíritu de paloma moribunda al pie de los templos de las arpías.

 

Eras el fuego delusorio de la caverna;

las sombras de mi conciencia afiebraban todas tus llamas.

Pero la verdad no estaba en el origen aparente de las formas,

sino en la opacidad

de tu culto a la transparencia.

 

Tuve que morirte para estudiar la experiencia de tu sombra blanca,

y besarla con el deseo de las primeras imágenes

que pueblan esta cueva en donde limpio hasta tu nombre.

 

En una esquina de la habitación

respira una Piedad monstruosa;

reclama tu cuerpo para sus brazos torcidos de invierno.

 

Dile adiós a esa vieja madre,

santa de la lepra.

 

Apagado su diseño abierto

tu cadáver es sólo un testimonio visible

de mi capacidad de crear.

 

 

 

 

 

 

[13]

 

 

Hora de huir

de la madre.

 

El origen es una aguja

escribiendo los nombres de los muertos

en las pupilas de los peces.

 

Ceguera oceánica.

 

Sin imagen sólo queda el sentido de lo invisible

y una punta sangrienta como línea de salida a la superficie.

 

Mientras tomas aire

la escritura se humedece de futuro.

 

 

Mónica Ojeda

(Ecuador, 1988)

monicaojeda

 

Es autora de las novelas La desfiguración Silva (Premio Alba Narrativa, 2014) y Nefando (Candaya, 2016), así como del libro de poemas El ciclo de las piedras (Rastro de la Iguana, 2015). Ha sido seleccionada como una de las voces literarias más relevantes de Latinoamérica por el Hay Festival, Bogotá39 2017.

 

 

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