Erótica: Los cabros de nuestra edad tienen “pichula”, los hombres mayores tienen “pico”

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Hay tiempos y sucesos que son más importantes que otros en la vida particular de cualquiera. Cumplir 18 años y adquirir categoría legal de adulta es un gran tema para todos, entrar a la vida laboral es otro, y para mí, ambos hechos también fueron relevantes, pero, lo que viví a mis 16 jóvenes años en mi proceso de maduración sexual como mujer, fue lo más importante que me ocurrió entre perder la virginidad y tener hijos. Mi actividad sexual comenzó antes pero, lo sucedido a mis 16 fue un hito trascendente, debo confesarlo. Fueron episodios de asombro y de magia, de susto y de temor, no mentiría un ápice si señalo que perder mi virginidad tuvo en mi historia mucho de trámite, de sacarse un peso de encima, de cumplir con un rito cultural y físico que no tuvo ni de lejos el encantamiento o la tragedia que muchas mujeres relatan, aprendí con el tiempo y por confesión de mis pares, que para la mayoría de las mujeres esa primera vez tuvo que ver más con desagrado que con magia, como la regla; una lata. De este modo, mis 16 años fueron el umbral entre la niña y la mujer, fue la puerta de entrada en que dejé atrás mi inocencia y asumí plenamente mi intensidad sexual femenina.

Señalaba que mi actividad sexual empezó tempranamente, a los 14 años a decir verdad, pero en forma esporádica, ocasional, y sin que se constituyera en una pasión, en un interés mayor o que tuviese un atractivo particular, era parte de la rutina del “pololear” y cómo a esa edad tener una pareja preadolescente no era prohibido aunque tampoco estimulado socialmente, era una realidad que simplemente se daba en la discreción propia de una pareja de jóvenes. Nuestros padres nos cuidaban y nos protegían, suponían inocencia e ingenuidad, pero, inventábamos nuestros propios secretos. En ese contexto empiezo a cultivar un desasosiego que no logro identificar hasta mis 16 años, era un mal sabor de boca como si algo clave faltara en mis pololeos con precario sexo incluido, era un ruido interno de sangre y calor que no lograba entender, impotencia, frustración, desgano, y que asomaba con toda su rudeza y su enojo en esas eventuales experiencias sexuales, mis pololos o parejas eran tan inexpertos como yo y tan desorientados como yo, malamente entonces podrían entenderme y ayudarme a eliminar ese sopor y ese aburrimiento eterno, aparte, que ese malestar iba tomando forma y los iba configurando a ellos como responsables de esas incomodidades, de ese desencanto y de ese malhumor… me iba sintiendo cada vez con mayor certeza un vaciadero de sus ganas sexuales, era un hoyo en el que se podían derramar sin dramas y sin culpa y mientras más rápido e impersonal fuese el gesto más satisfechos terminaban, era -lo entendería más tarde- un objeto sexual en su más transparente expresión, no había placer, no había amor, no había caricias, no había comunión de pareja, no había nada trascendente… era como ir a orinar de a dos, como ir juntos a lavarnos los dientes y compartir el cepillo, cada cual en lo suyo.

Un día y ya por cumplir 16 años en un recreo escolar me llega la pista clave, la que le daría un giro fundamental a mi vida y a mis aprendizajes sexuales, obviamente en la voz de una compañera mayor del grupo, como siempre, de una experimentada… “los cabros de nuestra edad tienen pichula, los hombres mayores tienen pico“. Esa frase se clavó en mis sienes y empezó a recorrer la historia de mi vida en materia de parejas y a asociar ese dato con mis intranquilidades hormonales, ahí empecé a entender porqué los orgasmos que yo creía vivir no eran tales sino sucedáneos de placer a falta de vivir una sexualidad plena, intensa, como mi cuerpo lo exigía y mi intuición lo reclamaba. Empiezo a dibujar respuestas a mis sinsabores de mujer que acarreaba hasta ese momento y muy a mi pesar una estatura demasiado alta para mi edad, un físico demasiado exuberante para mi edad, unos entusiasmos hormonales con demasiados ímpetus para mi edad, con curiosidades demasiado adultas para mi edad. Y claro, empiezo a entender que mi poco éxito con los hombres de mi edad era inverso a la mucha atención que me prestaban los adultos de mi entorno, y los ajenos y desconocidos, con sus miradas lascivas, sus piropos sexuales en invitaciones destempladas y hasta groseras que no entendía o no quería entender, mientras los primeros me rehuían los segundos me rodeaban, y logro identificar ese entusiasmo varonil por mi cercanía a propósito de una niña que estaba sólo en mi mente porque el cuerpo que yo exhibía era el propio y turgente de una joven mujer veinteañera, esa certeza se instala con total propiedad en mi mente, tenía 16 años pero mi cuerpo era de mujer, de hembra, y con esta claridad resuelvo enfrentar los nuevos tiempos, sólo me faltaba comprobar mi nueva realidad, cerciorarme de que efectivamente yo no era gusto de jóvenes de mi edad, sino que era gusto de hombres adultos; tenía que aceptarlo y comprobarlo.

Jorge, el tío Jorge, era padre de una compañera de curso y colega de trabajo de la pareja de mi madre. Atractivo, 36 años, extrovertido. Asiduo visitante de mi hogar, era el principal adulto que yo lograba identificar como alguien permanentemente entusiasmado por mi cercanía, y aunque nunca le presté mayor atención y recibía sus deferencias con una prudente distancia y respeto, resolví que él iba a ser el conejillo de indias de mi experimento, estaba decidida a conocerme y a explorar mis límites sexuales y él reunía las condiciones perfectas, había detectado su interés y se ajustaba a mis propósitos: Casado, no sería una molestia cuando ya no fuera necesario; ser padre de mi compañera lo obligaba a ser cauteloso; y el ser amigo de mi padrastro, le exigiría ser particularmente audaz.

Desde que mi plan estuvo diseñado me puse manos a la obra, cuando mis padres estaban presentes era una silenciosa y recatada quinceañera y cuando mis padres se ausentaban me dedicaba abiertamente a provocarlo, y desde los roces corporales espontáneos no pasó mucho tiempo a que frecuentemente me abrazara, las actividades laborales de mis padres nos permitían pasar largo ratos en intimidad y darnos cuenta con premura cuando regresaban, sin vacilaciones le preguntaba con qué vestido me quería ver al día siguiente, cuál era su largo de falda favorito para mis piernas, nos hicimos frecuentes en tocarnos y le pedía sin temor que se sentara para instalarme en sus rodillas, aprendí a excitarlo, acomodándome de determinadas maneras, pidiendo que me hiciera masajes en mi cuello, en mi espalda, en mis caderas, a sobarme las piernas para calmar un dolor inexistente, conversando de sexo, haciéndole preguntas cuyas respuestas yo conocía hacía rato pero que a él lo erotizaban, adoptando en su presencia posiciones francamente sensuales, mostrando ropa interior, preguntándole por sus gustos en materia de mujeres, lo emplazaba a que me hablara como mujer, qué le gustaba, qué me cambiaría. Lo desafiaba a que si no le gustaba nuestra forma de estar juntos no viniera más y más entusiasmo ponía en regresar, empecé a ver y a sentir sus erecciones, le mostraba su bulto y si al principio lo suponía, no faltó el momento en que directamente sentada en sus rodillas apreté mi mano contra sus genitales, primero como una casualidad y después ya como un forma habitual de acomodarme en sus rodillas. Y así me fui dando cuenta que mientras más excitado estaba más intimidado se sentía y mientras más descolocado se ponía más audaz yo me mostraba, su inseguridad era mi confianza, lentamente me fui dando cuenta que su deseo sexual lo administraba yo, sus entusiasmos estaban en mis decisiones y en mis ganas, al cabo de tres meses en este jugar de una potente sexualidad tuve la certeza que mi presa estaba lista, y lo supe cuando acabó con mi mano apretando su pantalón y su mano en mi muslo debajo de mi falda… curiosamente, el bochorno fue suyo y partió presuroso al baño, yo le sonreí con malicia y recuerdo haberle preguntado con mucha seguridad; “tío, sin un beso, sin desvestirnos y sin una cama te hice terminar, creo que yo te gusto y mucho, estoy equivocada”…? calló ruborizado porque nunca se había presentado nada explícito entre nosotros, todo, absolutamente todo lo que había ocurrido durante este tiempo había sido el carnaval de los supuestos, tocaciones, exhibiciones, conversaciones, provocaciones, todo era sí pero no… y ese día supe que estaba en mi puño y sólo faltaba la estocada final para saber quién empezaba a ser yo, estaba lista para descubrir la mujer cuya sexualidad se develaba y que habitaba cada vez más desesperada y cada vez más reprimida en mi interior.

Y ataqué sin piedad; “Mamá, el viernes tengo una fiesta en la casa de la Cony que está de cumple, tío Jorge, usted va a llevar a la Naty podría pasar a buscarme y en la noche venir a dejarme y así vamos las dos juntas y usted hace un sólo viaje…? – “Tu tío Jorge está de cumpleaños, no creo que le interese andar de chofer…” – “Mamá, mi tía Isabel se lo va a celebrar el sábado, la Naty ya me contó…” – “No hay problema, yo las llevo y las regreso, el viernes a qué hora te paso a buscar”..? – “A las 10 de la noche y durará como hasta las 3…” – “Tan tarde a las 3 de vuelta”…? – “Mamá, ustedes acuéstense y duerman, mi tío con la Naty me vienen a dejar como a las 3, antes de las 4, ya sabes, ayudar a ordenar un poco, despedirse y todo ese atado, antes de las 4 estoy durmiendo en mi camita…”. Mi madre que me da la espalda y le digo a mi tío; “la Naty no va a ir a la fiesta del viernes, así que me lleva y me trae sólo a mí. Usted está de cumpleaños, pensé mucho su regalo, debe disfrutarlo con mucho cuidado, es un regalo para hacerle mucho cariño y sé que le va a gustar, sólo debe venir a buscarme para entregarle su regalo y después me viene a dejar, estamos”…? – “OK… el viernes a las 10…”.

El viernes a las 10 salí corriendo apenas sentí el auto. La excusa de salir tan apurada era para no dilatar la noche y el tiempo en saludos y conversaciones de adultos, y el supuesto retraso de la Naty era la excusa perfecta para mi acto final. Me senté en el asiento trasero porque íbamos a buscar a la Naty, pero, en realidad eso era parte del guión… instalada en la parte posterior del vehículo me maquillo lentamente, con tranquilidad y dedicación, mientras le digo que enfile rumbo a las afueras de la ciudad, estaba segura que todo en él era intriga y curiosidad, un largo abrigo me cubría hasta más abajo de las rodillas… me maquillo de fiesta y exagero colores y sombras, labios rojo maraco intenso, como lo llamo hoy, delineador. Esta noche quiero graduarme de mujer, esta noche es mía y quiero ser la reina que disfrute todo el placer que íntimamente vengo imaginando por años, la vida me debe esta noche y pretendo exprimirle cada segundo… le solicito que se detenga en un mirador y le pido que se baje, también me bajo y enfrentándolo me abro el abrigo… era su imagen de mi más repetida, su jumper favorito acortado hasta su elección, era una escolar pero también era una putita de escasos 16 años, con un uniforme escandalosamente breve y ajustado y en una fogosa imagen de niña mujer le digo; “Tu regalo, para disfrutar lentamente, con cariño y sin límites”… se acercó nervioso, temblando y me atrajo con fuerza contra su cuerpo, me dio un beso tan profundo, tan fogoso, tan contenido, que de alguna manera estaba segura que en ese beso estaban todas las impaciencias contenidas en sus últimos 3 meses, porque me lo imaginé cien noches haciéndole el amor a su mujer pensándome, queriendo penetrarme a mí, lo soñé recorriendo y deseando mi cuerpo, me lo imaginaba viviendo mi invento sexual, porque esta historia había empezado ese día que escuché; “los cabros de nuestra edad tienen pichula, los hombres mayores tienen pico”, esa diferencia entre pichula y pico quería conocerla, merecía saberlo y había trabajado para disfrutar esa diferencia que aquí estaba, a centímetros..

Le susurré al oído que me llevara a un motel porque la señalada fiesta sólo era una excusa, y llegando allí viví una noche de ensueño tal y como me la imaginé, como la necesitaba, como mi intuición me lo prometía, con él fui una vasija de placer, me dejaba hacer, me invitaba a recorrer, me desvistió, lo desvestí, me preguntaba qué quería, cómo lo quería, hasta dónde lo quería… fui hembra en celo por primera vez, mis orgasmos fueron volcánicos, fui pasiva, fui activa, lo monté y lo cabalgué empalada furiosa y golosa, y quería más, y más, a ratos escuchaba mis propios gritos, mis gemidos, mis ruegos de más y más, descubría el placer que me regalaban todos mis rincones, era un hombre 20 años mayor que tenía un enorme pico como jamás imaginé y que me lo regalaba a mi entero gusto y antojo, un pedazo de carne enhiesta, dura, viril, gruesa, que recién conocía y ya me volvía loca, era bienvenido a mi vida, era mi urgencia de años y jamás volvería a exigir menos, olfato, mordiscos, lengua, nos bebíamos, lo comía, me comía, era hacer el amor y culear, era tirar y garchar, era todo en un sólo cuerpo de a dos, sus manos de hombre me daban vuelta y me ponían en posiciones distintas y deliciosas, nada que me hizo dejó de gustarme, todo lo que me hizo lo volvería a repetir… mis 16 años lo pusieron frenético, no paraba, no sé si porque estuvo mucho tiempo acumulando ganas o porque temía que ese sueño se acabara de improviso, era como si nos hubiésemos puesto de acuerdo para tragarnos la vida, el mundo. Esa noche a las 10 de la noche salí de mi casa como niña y regresé a mi hogar a las 4 de la mañana convertida en mujer… esa noche, le puse norte y brújula a mi vida sexual para el resto de mi existencia, esa noche fue la tecla que me hacía falta, ahora entendía, y desde ahora “me entendía”, nada volvió a ser lo mismo desde entonces y me sentía graduándome con honores en el altar de la sexualidad, de la mujer, de la hembra, de mi femineidad, de la dadora de placer y, sobre todo, de la vividora y gozadora de placeres propios, íntimos, a los que nunca más iba a renunciar.

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Annel Onisse

Annel Onisse, 11 de marzo de 1980. Poeta y narradora chilena, oriunda de las pulsiones y fantasías sexuales de la mujer heterosexual. Ha creado una prolífica obra, a partir de imaginarios e historias del cuerpo erótico, narradas en contextos citadinos. Su letra, se articula sin pudores y sin falsas moralinas, brindando a sus lectoras y lectores, la voz y el espacio de esa mujer que vive su sexualidad intensamente, en una sociedad chilena de supuestas influencias culturales laicas, pero con evidente dominio sesgado y obtuso de la iglesia católica y la derecha económica, que niegan el placer femenino y la posibilidad de decidir sobre su cuerpo, en cuanto a territorio de goce y de gestación. Annel Onisse busca romper con el discurso moralizante en relación al cuerpo femenino y sus posibilidades expresivas en el sexo, cautiva a lectores masculinos, que en ciertos casos, confunden literatura erótica con prostitución; Imaginan que por el solo hecho de narrar sus historias, se convertirán en poseedores de su cuerpo. Ahí esos lectores, niegan la posibilidad de placer del cuerpo femenino, para convertirse ellos en protagonistas y generadores del placer. (figuras públicas: poetas, actores, políticos, músicos e “intelectuales”). La dominación y el ejercicio del poder, sostenido de manera insistente por la iglesia católica a lo largo de su historia, donde el cuerpo es visto como un vehículo sucio, ocultable y castigable, que entorpece el desarrollo espiritual, pero donde los actos de pedofilia a lo largo de su historia, han marcado sus prácticas abyectas y ocultas. Es el propio cuerpo el que se encuentra colonizado: La Iglesia ha despreciado su carácter material convirtiéndolo en algo impuro. El énfasis puesto en la persuasión de seguidores y sometidos, por la vía de la imposición de un cuerpo valórico cerrado, censurador y castigador, junto con creencias e ideologías que configuran un sistema dogmático, con el fin de conseguir y perpetuar un estado de hegemonía, condicionantes del pensamiento y la acción de los individuos. La poeta y narradora Annel Onisse, subvierte la falsa moral católica, posiciona y empodera a la mujer en las prácticas sexuales que son parte de la naturaleza humana, actos milenarios que hoy, han abierto sus piernas para que cada lectora-lector, libe y se inunde con las aguas que mueven al mundo. Rodrigo Alonso Molina Meza Director Teatro Rabia- Escena Independiente.

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