Cuento: 2+2= 25

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––Tengo ganas de comprarme una tanga ––le comento a mi amiga.

Con Stefi solo se puede hablar de sexo o inversiones y ya tiré algunas ideas y no sé qué más decir. Tres años de charlas sobre ella y su novio o sobre lo que hace durante sus veraneos en Punta del Este. Cuando le cuento algo un poco más personal se me ríe en la cara, pero cada tanto me dice que me quiere.

––¿Vas a dejar de lado los calzones de la abuela?

––Uso bombachas normales, Stefi. No me jodas. Solo quiero algo diferente.

––Dale, cuando quieras te acompaño a comprarte una tanguita. Vamos por Cabildo.

Me escanea la cara con la mirada. Sé que es para ver si tengo el maquillaje corrido, porque cada vez que nota la más leve imperfección del labial o la máscara me nterrumpe y me avisa, con urgencia, porque si no me encargo yo, ella ya tiene el dedo levantado para resolverlo.

––Che… vamos a salir después, ¿no? ––le pregunto––. Me vine vestida así con esa idea.

––No, no creo. Mucha fiaca con este frío. Lo más probable es que solo nos quedemos chupando. Pero después te podés coger a Mauro, si querés. No tengo problema. Tenés la casa a tu disposición.

––Primero tengo que ver si me gusta, o me resulta atractivo.

––Ah, no está bueno. Pero dicen que tiene una pija enorme.

No me sorprende el comentario: está como esperanzada, desde hace un mes que me quiere presentar a este muchacho. Y desde hace dos años que tiene la fantasía de que yo me enganche con algún amigo suyo o de su novio y salgamos los cuatro a algún restó de Martínez y planeemos un viaje a Nueva York, que ella ya conoce pero yo y el novio todavía no.

No conocía la casa de Fran, es enorme. De puta madre. Tiene tres pisos con varios televisores de esos que hacen que te internes en el sillón y la misma cantidad de máquinas para hacer ejercicio. Mi amiga siempre me dio a entender que la había seducido esa parte de él: la parte de su familia, llena de políticos.

Desde que llegué que la sharpay blanca no para de ladrarme.

––Y sigue… ––me quejo.

––Es hasta que la acariciás… ––me cuenta––. Después, se calma.

No la acaricio ni en pedo. Los pocos sharpay que conocí me cayeron mal. Como el de Tamara, que es negro y en una fiesta con los chicos de la cole, en su casa, casi le pega un tarascón a uno. Yo lo vi, el pibe no; bailaba como si nada. No se lo dije, lo dejé disfrutar de su paz. Y Tamara también vio lo que pasaba y se llevó al perrito.

––¿Dónde queda el baño?

Me lo señala, enfilo y la perra me sigue con sus ladridos y gruñidos. Los veo llegar a Fran y Mauro. A Fran no lo veo desde hace un año pero sigue flaco y con el mismo corte al ras. Mauro es pelado a sus veintidós años, desgarbado, no demasiado alto y en su cráneo al descubierto tiene una cicatriz que difícilmente pasa inadvertida. Podría ser un pelado pintón pero no, los ojos saltones no ayudan. Nos saludamos, charlamos un poco entre todos y después de un rato dejo que Mauro lidere una conversación paupérrima. Me muero de la risa hablando sobre Gran Hermano como si fuese lo único que miro y viendo que me cree. Me entero de que labura para una consultora y está a punto de recibirse de publicista. Quizá sepa vender pero yo no compro ni el contenido ni el envase de lo que vi hasta ahora. Stefi se aburre y me enseña el kit, la flamante adquisición que me había prometido que me iba a mostrar. Me saca fotos con las esposas afelpadas, que no apretan, no molestan. Me cago de la risa porque nunca me pusieron unas. Estamos jodiendo.

––¿Seguís haciendo fotos para tu amigo el fotógrafo? ––me pregunta Fran.

––No.

––Mostrale las fotos de tus disfraces a Mauro ––propone mi amiga.

Me saco el chiche y busco en el celular pero de repente me acuerdo de que las borré. Fran pone la pelea de Mayweather – Pacquiao en un televisor gigante y enganchamos la parte del himno.

––Le aposté a mi jefe cuatro mil pesos a que gana el negro ––dice Mauro.

––¿Cuatro mil pesos? ––salto––. ¿Estás loco?

––Si es obvio que lo destroza al otro…

Fran tiene algo así como treinta botellas de todo lo que se te ocurra en la majestuosa barra. Las aprovechamos con un juego. Vamos bastante parejos y, de alguna manera, en menos de dos horas, termino chupando una botellita de Corona, un daiquiri de durazno, un Speed con Melón, un Dr Lemon Absolut y un shot de Vodka Absolut. Stefi, como siempre, se asegura de que esté tomando mi cuota de alcohol. Cuando nos distraemos y nota que todavía me queda un poco, me insta a que me lo termine: piensa en la felicidad de su amiga. Yo acepto para demostrarle que me atengo a las reglas del juego.

Pasan los minutos y sigo viendo todo con mucha claridad. Veo con claridad que seguimos charlando y nadie le presta atención a la pelea. También veo con claridad que este festín de alcohol es solo la previa a un juego que a Stefi le gusta un poquito más. Sobre la mesa hay dos dados con palabras. Los agarra y los tira. No los veo jugando de verdad. Solo me ponen a prueba para ver qué tan amarga soy. Siempre soy la amarga. Empiezan los novios. Les toca “Soplar” y “Oreja” y cumplen, no sin antes tentarse y que nos tentemos todos. Los dados me reclaman. Ahora soy yo quien tiene que rodarlos. “Lamer” y “Prime”. Les dirijo una mirada a los novios. Están de acuerdo en que de ninguna manera voy a hacer eso. Así que vuelvo a rodarlos. “Beso” y “boca”. Como la botellita. Como a los doce. Nos miramos y hay cierta complicidad. En esa complicidad, yo leo que la idea es cumplir y ya. Que ninguno se va a pasar, que solo vamos a reproducirlo porque Fran y Stefi son unos boludos que necesitan paliar su soledad sexual viendo a otros. Por eso, lo intentamos. Y cuando pienso que ya está, que quiero sacar la boca, él lo prolonga, hambriento. Me lo saco de encima. Listo. Ponemos Home Sweet Hell, la misma película que había tratado de ver en mi casa hace unos días. Una comedia boba e insípida, que en su momento abandoné a los cinco minutos. Una historia de infidelidades de ricos mal actuada, que le dije a un amigo que no le recomendaba para nada.

Mauro me besa mientras el protagonista, Don Champagne, se masturba frenéticamente y ese contacto me da un poco de miedo. Yo me alejo, sin ganas. Él se caga en eso. Me agarra y me mete la lengua hasta el fondo como si yo fuese no sé quién.

––No me gustan estos besos.

––No estás acostumbrada, ¿no?

––No.

Los novios se levantan y se van al otro piso sin dar explicación alguna. Tal vez debería irme yo también. Tal vez debería ir a saludar a la abuela de Fran, que duerme a unos metros de distancia. El pibe baja la mano y se mete en mis calzones de abuela. No me importa que me toque. Es como si tuviese puesto un guante, no siento su piel. Lo dejo porque quiero que compruebe que soy la sequía personificada. Y lo comprueba. Cualquier persona con un poco de vitalidad le daría una cachetada, una trompada, algo. Me pregunto en qué momento me habré vuelto tan apática a todo, a la vida.

––A eso tampoco estás acostumbrada, ¿no?

No escuché eso. No dijo eso. Creo que lo miro con odio. Me manosea las tetas como si eso fuese a generar algún tipo de reacción. Sé que no tengo cara de estar caliente. Pero él no me mira la cara. No abro la boca porque si no, lo hago mierda y no es más que un pobre pibe que no sabe dónde está. Qué le habrán prometido.

––Voy arriba ––digo.

––Estoy cansada, me voy a dormir a mi casa ––le aviso a Stefi.

––No. Quedate, che. Es muy tarde. Vas a despertar a tus viejos. Podés dormir en

una de las habitaciones.

––Bueno, pero sola. Completamente sola.

––Tomá, ponete esto.

Un top y un short negros. El short podría hacerse pasar por uno deportivo pero el top tiene un poco de encaje.

––¿Eh?

––Se te van a arrugar la camisa y el jean.

––No importa, duermo así.

Me ruega con la mirada. Yo la miro fijo y le digo:

––Esta noche no me voy a coger a tu amigo.

––¿Por qué?

––No me gusta, no me calienta.

––Ese es el problema. Tenés que relajarte, Gabi. Dejarte llevar… Estás muy

tensa últimamente.

––No me voy a poner tu ropa.

––Mirá que acá encendemos la calefacción y te cagás de calor.

Lo agarro, es imposible discutir con Stefi.

––¿Te gusta el frío o el calor?

Sin entender muy bien a qué se refiere respondo que el “calor”. Me ofrece un gel con cierta chispa en los ojos.

––No quiero tu lubricante.

Me rompe tanto las pelotas que también termino aceptándolo. Ella ordena unas cosas y yo me cambio mientras contengo las lágrimas. Me convenzo a mí misma del hecho de que no son más que un shortcito y un top, no estoy en pelotas: no son un culotte y un corpiño. Además, la camisa es demasiado delicada. Es de un material especial y es un recuerdo del viaje a Francia que hice el año pasado con mi hermanito.

––No te preocupes que no te va a hacer nada a menos que vos quieras ––

comenta––. Ahí te cuelgo lo tuyo en el placard. Hasta las once de la mañana no me

despiertes.

Llego al dormitorio y escondo el envase en un cajón de la mesita de luz. Lo más escondido posible. Ya me quedé a dormir en lo de Tamara, con los amigos del hermano presentes y dormí tranquila. Si dormí tranquila en la misma habitación que un denso borracho que estuvo toda la noche persiguiéndome, en este caso no tengo de qué preocuparme. Me acuesto del lado que está más cerca de la puerta y me tapo bien tapada entre el acolchado y las sábanas. Estoy en mi casa, estas son las sábanas floreadas de mi casa. Esta no es una cama de dos plazas, es de apenas una plaza y media. Hasta que llega el otro y me empieza a abrazar.

––Mirá que no tengo ganas de coger, eh.

No me escucha.

––No quiero ––repito.

Vuelve a acercarse. Puedo sentirlo detrás de la tela. Está muy duro.

––Te dije que no quiero. Si querés, te hago acabar. Pero no me cojas. Por favor,

no me cojas.

Si el hecho de hacerlo acabar lo va a sacar de la excitación, lo hago acabar y punto. Lo hago acabar con la mano, obviamente.

––¿Por qué?

Simplemente no me atrae, pero nunca es fácil decir la verdad. Sobre todo cuando tantas veces te la dijeron a vos y te sigue doliendo. Mauro me mira con ojos tristes de perrito abandonado, me obliga a darle una respuesta:

––Estoy enamorada ––miento.

––¿Sí? ¿De quién?

––…

––Vení, abrazame. No te voy a hacer nada. Hablame sobre él. Lo abrazo porque en el fondo quiero confiar en la bondad de las personas y porque yo también podría ser hombre y ser el pibe.

––Está todo bien, ¿sí? Quiero ser tu amigo.

El pibe tiene tantas ganas de ser mi amigo, que vuelve a intentar metérmelo.

Me alejo todo lo que puedo.

––No.

––Entonces, haceme acabar.

––No, ahora tampoco te voy a hacer acabar.

¿No ve que estoy llorando? Ya estoy completamente asqueada, llego a tocar cualquier parte de su cuerpo durante una fracción de segundo y vomito.

––Sos una guacha. Mirá cómo estás, te vestiste súper provocativa.

Lo fulmino con la mirada y hundo un puñetazo en el colchón y antes de bajar las escaleras infinitas, me despido con un:

––No me sigas.

Agarro mi celular. ¿A quién llamo? ¿A quién le mando un mensaje? Son las cuatro de la mañana y quiero ir a visitar a algún tipo pero, ¿para qué? Para que vea mi desesperación y llorar en su regazo una noche y al día siguiente esperar ese mensaje que al final nunca llega. Mejor algún amigo. Brian vive a siete cuadras, le voy a pedir a él que me pase a buscar, sabe manejar y sé muy bien que no va a intentar nada. Es un divino. Abro el Whatsapp. Ah, justo. Grabación de Brian de hace apenas unos minutos. Duración: 00:20

Primero escucho el audio por las dudas. “Hola, ¿cómo estás? Qué bueno que hace poco volví a tener novedades tuyas. Estoy en Entre Ríos. Un día de estos quiero verte… Disculpame por ser tan colgado” Entre Ríos. Chau.

Hacen cinco grados. La camisa y el jean quedaron en el dormitorio del novio de Stefi y cerraron la puerta con la perra adentro. ¿Cómo carajo hago para recuperarlos? Podría agarrar e irme con lo que tengo puesto más el saco y las botas, que quedaron acá, en el living. Perdí una media en el camino pero no importa. Pruebo de abrir la puerta para ver si, por una de esas casualidades, quedó abierta. Sí, quedó abierta. Puedo irme sin avisar si quiero. No, no puedo cagarme de frío. Me armo de fuerza y subo y toco la puerta. La perra ladra. Fran la reta. Se abre la puerta y en medio de la oscuridad Stefi me pregunta qué quiero.

––Me voy. Me pasaron a buscar. Dame la ropa.

Me entrega la camisa y el jean como si nada, a modo de paquete. Baja conmigo hasta el living. En ese descenso colosal, nadie dice una palabra. Una vez que llegamos a destino, larga la pregunta:

––¿Qué pasó?

––Se me tiró.

Pausa. Las luces están apagadas. Pero algo se ve por la luz que nos llega de afuera, de la noche. Todos los muebles son tan blancos, que se destacan en la penumbra. Stefi trata de buscar en mi cara el resto de la información. Y, en un nanosegundo, parece que en su mente hace un cálculo del estilo 2+2=25.

––Ay, pero tenés que entenderlo… Pobre Mauro. Cortó con la novia hace dos meses. ¡Pobre! Pasa que estaba nervioso. La otra era terrible, lo re forreó. Estaba nervioso y no supo manejarte. Con Andy fue diferente, porque era más grande… Él sí supo.

Está en pánico, se le nota. Le tiembla la voz y pasea la mirada de acá para allá. Si estuviese en un programa de pulsaciones, la eliminarían en seguida.

––A tu otro amigo lo conocí una tarde en un café. Y nos quedamos solos y yo me lo comí porque me gustaba, sin ningún juego de por medio. Y lo otro justo se dio. Mirá, yo nunca lo hice con alguien por lástima o por querer hacerle un favor.

––Mauro es un buen pibe… Jamás te lastimaría. Tamara y yo estábamos

preocupadas por vos. Estabas teniendo actitudes de ––Baja la voz––. puta, de mina que no se valora. Boluda, ¡con Mauro se veían tan lindos juntos! Me daban ganas de sacarles una foto.

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Denise Griffith

Denise Griffith suda desde que nació, un 12 de enero de cuarenta grados en pleno Buenos Aires; y espera, algún día, poder sudar traducciones de autores como Paul Auster. De momento, suda novelas, cuentos y poemas de autoría propia y contribuye a la creación de una Babel del cinismo.

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