Cuadro Plástico: Un cuerno y un Diente

Estoy en un Hotel de la calle Bolivar con la Sansona. La noche impunemente acecha afuera y canta el tango de los inocentes que se deslizan por la feria del día domingo en San Telmo.

De vez en cuando me toco el ojo izquierdo que hace dos semanas estaba morado y me palpo el diente que me sacaron. A todos les dije que fue un asalto, pero eso no es cierto.

Vivo por las noches, pero me alegran las mañanas. En las mañanas camino por la ciudad y me gusta la gente que intenta mover al mundo, aunque el mundo lleve siglos moviéndose solo. En las mañanas me acuerdo de mi padre que tomaba desayuno mirando la ventana y bebía el té con un aire reflexivo comiendo pan con huevo; casi siempre estaba solo.

De todas formas, no lamento estar lejos, pues mi única patria soy yo mismo: Soy el Estado por el que los populares romanos lucharon, soy el objeto de todas las ambiciones, soy la primera persona que “ve” el mundo. Y a veces siento que todo lo amo, pues todo me sorprende.

Ayer me enteré que el hombre había acabado para siempre con una bestia africana. Una bestia que lo supera en fuerza, en grandeza, en enormidad, pero que no abrigaba pasiones demoníacas porque no conocía la muerte. Tranquila, agachaba la cabeza en la enorme sabana de su continente y sólo temía al reflejo que el viento le entregaba para anunciarle la época de la sequía. No conocía la muerte y por tanto no deseaba más poder que el que le daba su cuerno hermoso y negro.

¿Quiénes acabaron con él? ¿Fueron los mismos africanos? ¿Fueron los ricachones europeos o norteamericanos que ambicionaban su marfil para llenar con polvo el vacío enorme de sus vidas?

Pero ese no es el punto. Yo vi cuando saltó el blanco fantasioso que era mi diente. Con el que comí todo lo que aparece a la hora del hambre. Pan, carne, tomate. La palabra tomate es una de mis preferidas. Me produce curiosidad e intriga ¿Acaso el fruto rojo y blando merece ese nombre? Iba así lentamente cayendo, despidiéndose de mí con profunda tristeza. Mi pobre diente se exilió de su país que era yo. Imitó a su padre que era yo. Se perdió en una escalera como yo. Viajó solo a un lugar desconocido como yo. No soportó el camino delirante que elegí porque era un diente prudente, un buen y útil diente. Mi diente perdido era un Gran Diente.

A mi diente le gustaban las comidas que hacía la Sansona. Se regocijaba en su mano exquisita. Su buen gusto con los condimentos, las salsas que hacía para acompañar las pastas. Mi diente se sentía bien cuando el hambre se acababa en un buen plato vacío y seguía regocijándose cuando la botella que nos acompañaba aún no terminaba. Disfrutaba más con botellas chilenas; Santa Emiliana, Casillero del Diablo. Vinos muy ricos que se consiguen a bajo precio, ojala siempre un Cabernet Sauvignon. Acá, en cambio, hay que pagar más por un vino rico. En Chile esos vinos se te quedan en la boca, te la dejan un poco seca, son ásperos y poderosos. Acá no, acá son un poco lánguidos y les falta fuerza. Sobre todo considerando que el Malbec es la especialidad de la casa. Y el Malbec, aunque sea muy apreciado en California, no es igual que un poderoso Cabernet hijo del viento frío que nace en el Pacífico y que golpea en la Cordillera para devolverlo al valle central haciendo secar las uvas con la dureza que esconden las alturas.

¿Pero por qué llegue a esa conclusión? Todo eso me lo comunicó mi diente. El vacío que dejó en mi boca, la fealdad poco elegante de un tipo como yo significó la urgencia. Yo no quería parecer sin diente. Y tuve un duelo, pero no duró mucho. Un poco escribo esto para disculparme del buen diente que se me fue. Porque lo extrañé un tiempo pero lo olvidé demasiado rápido. Tenía que llenar ese vacío. Y ahora me siento culpable.

Las dentistas que me atendieron eran muy lindas, y eran gentiles. El que terminó la operación fue la eminencia del departamento odontológico del Hospital Rivadavia. Y también era gentil. Tenía la humildad del sabio y la prudencia del que sabe que lo que trata no es un mero dato, ni un pedazo de plástico. Y emanaba esa profunda seguridad que no tiene que ver con las posesiones de afuera. Es la profunda seguridad del que se domina a sí mismo, del que es emperador absoluto de su propia vida.

Todos me preguntaron qué me había pasado, a todos les mentí. La verdad sigue siendo verdad aunque uno la esconda. Y mi mentira no era por capricho, era por necesidad. El error me llevó por un camino hostil y desde el momento en que la violencia se llevó consigo mi diente, yo supe que en mi camino no quería ni hostilidad ni caos, porque ya los había vivido mucho, supe que quería para mí a las dentistas gentiles que me atendieron.

¿Y cómo es que se obtiene, sin perderlas después, a las dentistas gentiles? Eso fue lo que me pregunté todo el trayecto que hace el colectivo antes de llegar a mi casa. Estaba claro que mi poderosa abyección no atraía a las gentiles dentistas, pero algo de mí sí. De todas maneras algo tenía yo que las atraía, pero eso pasa siempre. Seguramente les pasa a quienes han sido atravesados por los sables del tiempo y no parecen un solo ser, sino que muchos. Y algunas repeticiones, algunos espejismos, alcanzan a nombrar el sustantivo en el que algunas dentistas gentiles se identifican. Pero el problema no era ese. El problema es cómo hacerlo permanente. No obtuve ninguna respuesta, pero sí un cita con la solución para el espacio de mi boca que seguía vacía. Me compré un libro de Proust y me puse a leer. Al otro día me cansé de Proust y compré un Julio Cesar. Y después un Moby Dick, y después un Henry James. Pero en el fondo, seguí leyendo a los padres: Nicanor, Henry Miller, Bukowski.

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