Annel Onisse: 5 poemas leídos en el Segundo Círculo del Infierno

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1

 

Si no estás dispuesto a todo

no te acerques demasiado,

porque haré un postre con tus sales,

tus fluidos serán adornos en mis dientes,

cada gota de tu sudor caerá y

apagará la luz de mis pechos,

que como dos rosas ya abiertas

volverán una vez más a recibirte.

Tus espasmos y gemidos los guardaré

donde protejo mis temores,

así siempre sabré dónde están.

Lo que no sabré dónde esconder

serán mis deseos, mi lujuria.

No podré evitarlo: se notará,

se olerá, será un grito de piel,

y contra la evidencia de mi cuerpo caliente

tendré que luchar, mi fiebre ocultar,

porque el rubor de mis mejillas me delatará.

Y todos sabrán que quiero que estés aquí, en mi cara,

en mi boca, en mis pechos, en mi vientre,

en mis muslos, en mis pliegues tibios y

en mi pelvis: golpeando violento en mi pelvis,

te quiero incansable y eterno en mi pelvis.

 

 

 

2

 

Te invito al festín en que

dos dulces uvas comerás.

Tu par de diosas hoy vendrán.

Haremos jugo con tu néctar;

ven, carne fresca comerás.

Nosotras, ambas, dadivosas,

espléndidas, majestuosas.

Dulces gritos te daremos

y una y otra te probaremos.

Yo profano ya tu boca

con mi lengua jugosa, bífida,

mi saliva caliente, roja;

ella baja a tu entrepierna,

te fornica con su boca

y tú ya ves sólo estrellas.

¡Es mi turno! le grito,

aspirando tus perlas gemelas.

Tú, cayendo al abismo

borracho de placer.

Como dos hembras salvajes

que pelean por su presa,

una monta ya tu vida y

la otra posa su caverna

en tu boca y tu cabeza.

Te retuerces y es calor

de cabalgata y sudor.

Somos dos, somos tres,

sin testigos, sin anillos.

Tus manos nos amasan

y te haces infinito.

Mientras embistes a Eva

por dos y al unísono,

ambas te miramos:

son los ojos lujuriosos

que nos ordenan, ahí vamos,…

Tus hembras mimosas

ya te quieren dentro de ellas,

y quieren líquido, evidencias.

Te miramos, nos besamos,

bocas llenas perversas de placer;

te enloqueces, encegueces,

te desarmas, te doblegas.

Yo y ella mutuamente nos

acariciamos y nos regalamos

estocadas de querer.

Tú te paras, nos dominas

mostrando tu puñal;

te derramas, te haces vivo

y nos das nuestro festín.

Yo te beso y la beso,

ella te besa y me besa,

como un pacto celestial.

Hoy cenaste, te cenamos,

tus musas, tu sueño de a dos,

tus demonios aún sin domar.

 

 

 

3

 

Siempre dispuesta para ti,

la entregada, la ofrecida

más allá de la cordura.

Bebidos y locos somos en

esta noche elegida e impura.

Probando mis cavidades

viajaste al extraño, al

rincón virgen y engañado;

llegaste a la esquina

del recodo más estrecho,

la vereda más oculta,

la no conquistada,

la sucia, la peor hablada,

la más negada, la nunca usada.

Me vuelcas la vida y

me pones de espaldas;

me tienes, subyugada;

te apropias de esa entrada

y me tiendes, y yo derrotada.

Un animal veo en tus ojos

cuando hurgas por ella,

conquistas mi gruta,

violentas mi oculto portal,

horadas, clavas,

rompes, penetras;

yo río, sí,

río, doncella,

suave al comienzo;

yo gimo de miedo;

conquistas mi trono,

y yo ya te siento

abriendo el camino

que estrecho se ha vuelto.

Ardiendo mi cuerpo,

mutando el dolor

te entregas cautivo;

yo me rindo y tú

te mueves incauto;

suspiro contenida

en quieto quejido;

el miedo se ha ido

y llega profanador

el hereje, el profano;

soy yo la que ahora suplica,

la que del dolor se rió

quiere ahora más fuerza,

lo quiere todo, entero;

exploto, me quemo,

descubierta ahora estoy;

mi entrada, mi pudor,

me arde, me gusta,

me excita, me conquista;

ahora mi cómplice el

placer infinito me dio;

lo uso, lo busco,

cuando la fiera que llevas

reposa en su nueva guarida,

mi otro templo de gozo,

que ahora, desde ahora,

lo domestico y ya es mío.

 

 

 

4

 

Somos seres impares esta noche,

doblemente me tocan y

veinte dedos me ultrajan.

Y yo aquí con los ojos dormidos

cumpliendo quieta mis deseos.

Me amasan cuatro manos,

dos arriba explorando mis pechos,

dos abajo, hurgando a oscuras,

cavando lo húmedo y eterno.

Dos bocas me succionan,

una arriba donde se amamanta,

la otra abajo donde la vida brota.

Juegan con mi carne

y se retuercen febriles

frente a frente, y yo,

sí, yo, la misma y en el medio.

Tomo sus puñales, generosos,

venosos, febriles, ganosos.

Los dos míos a la vez,

les acaricio a los dos la vida:

suave al comienzo, en silencio,

elijo a uno y pruebo su daga,

saboreo su dulzor, lo beso;

luego tomo y pruebo al otro;

muerdo al uno y masco al dos.

Soy su presa, lo siento,

me devoran, me tiendo,

dos vidas me van llenando,

de costado me atraviesan

y al medio ellos se encuentran;

en mi interior se regocijan y yo,

empalada, clavada por ambos,

juntos y al mismo tiempo,

inmóvil yo también me lleno;

¡hambrienta! me reclaman,

yo, reina y satisfecha me siento;

estallan, me inundan, exploto.

Acuerdan entre ellos seguir y

quién vuelve a profanar primero;

yo, hembra en celo, me trepo al primero

que me embiste nativo y llego al cielo.

Al otro lo bebo, largo y lento, mancebo.

Mientras uno me empuja, salvaje,

y me embiste hacia adentro,

viene ahora el bebido y me toma.

Me mareo y con toda su furia

me da lo mío y yo me muero.

Nuevamente al medio para dos,

y yo sigo ganando en este duelo;

los miro golosa y nuevamente

los enfrento con mis dos entradas,

frente a frente, el par, los como,

los beso, los trago, me invaden,

los absorbo, los calmo y digiero.

¡A ver cuál es el primero en mí!

grito desgarrada y al unísono.

De mi urgencia hambrienta

llena y satisfecha ya me encuentro,

salpicada de vida y sin tormentos;

los tuve a los dos, mis hombres sedientos,

ahora vacíos, exhaustos, contentos.

Han dado vida a esta mujer hembra

que vuelve a clamar por otro encuentro.

Ninguno es mi dueño ni sueño con ello;

sólo volverán a darme vida, fluidos y tiempo,

cuando mi cuerpo caliente necesite de ellos.

 

 

 

5

 

Sentada frente a ti,

abierta a los caminos,

te dejé ver mi alma

que empapada te esperaba.

Sentada frente a ti

con las piernas estiradas,

acercaste lento tu boca;

tu lengua sucia ya estaba.

Sentada frente a ti,

yo sólo te miraba;

te acercaste con tu mano

que traías ya salada.

Sentada frente a ti,

ya el calor no soportaba,

y vino tu daga a clavarme;

yo ya estaba preparada,

no sentía ni frío ni dolor,

sólo que me desbordaba.

Herida mortal en mi alma

que jugó sin pensar en nada.

Tu daga, oh, tu daga.

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