Cuento: Las flores que crecerán en el rosal

“Amar es como conducir un auto viejo en mitad de la noche”, explica Jordi mientras atravesamos la ciudad en un Volkswagen negro. “Siempre al borde de la catástrofe”, completa. Sonríe como los que saben de qué hablan. En el semáforo rojo dedica una mirada lenta para atrás. Su novio, que es ecuatoriano, va perdido en el celular: la piel color café iluminada por el brillo de su pantalla, resalta los rasgos suaves y, por sobre todas las cosas, la diferencia de edad que se llevan entre los dos. Jordi vuelve a hablar y las palabras se le escurren de la boca de una manera que nunca llego a acostumbrarme. Prolonga, pesado, las vocales. Claro, él es catalán y como todo catalán su español es raro. Y además, su apellido se pronuncia muy distinto a como se escribe. Termina en “i ge” pero se dice con “ce hache” final. El semáforo se pone verde y Jordi no para de hablar nunca.

Jordi suelta el volante para acomodarse el poco pelo que, a esta altura, baila inquieto y escaso en la frente del catalán. Va distraído y no por eso baja la velocidad. Vamos volcándonos como agua adentro de un vaso que se tambalea: para los costados con el ir y venir de un volante sin dirección mientras Jordi arregla, con cierto heroísmo, su peinado azabache. Su mano vuelve a sostenerlo y el auto endereza. El año pasado perdió un brazo en un accidente y aun así, mutilado, sigue manejando. Perder una extremidad no significó un traspié, y como diciendo: “No hay que dejar que la pena te devore en casos de dolor”, Jordi no repara en precauciones. Con la misma, y única, mano agarra firme el volante y cuando lo necesita, pasa los cambios o mira el celular. Podría haber alquilado un automático, o un chofer, o decirle a su amante que trabaje por él. Pero no, imagino su respuesta si alguien le pregunta por que maneja: “No seas cobarde, tío. Si no puedes conducir un coche significa que has muerto”.

Un día, en una charla, le preguntaron cómo veía Buenos Aires. Él, un tipo que estudia las ciudades como si fueran Dioses, respondió que era como un huevo frito. Un huevo frito con la yema intensa y todo lo demás, disperso. Retrató, aquella vez, el descuido y la necesidad del ser humano. Yo, como asistente de esa charla, solo pude pensar en aquel intendente de Santiago del Estero que cocinó un huevo frito en la vereda de una plaza para mostrar el calor que hacía en su localidad. Después nos entrevistamos, lo entrevisté, y ahí nos conocimos. En ese momento tenía otro novio, igual de joven pero rubio, nórdico. Tenía todos sus miembros todavía y de su boca salían palabras mucho más punzantes. Ahora atravesamos tres avenidas en veinte minutos. Jordi, mientras maneja, clava sus anteojos redondos en el reflejo del espejito retrovisor una o dos veces:

-¿Sabes qué pasa? -me habla a mí aunque no me mira-. Un día miras para atrás y te das cuenta que tu vida es, y ha sido, una puta mariconada. Y no me refiero a que si te gusta este tipo o aquella chavala. Hablo del peso que te aplasta hasta convertirte en lo que eres.

Le mete al auto. Estamos volviendo del segundo día de una cumbre de comunicación en el centro del tórax de la ciudad. Cerca del río. Está todo tan gris que lo único que sobresale es el cariño imaginario que se le puede tener a la melancolía porteña. A tanto bardo de sangre caliente que oficia de conexión entre todos los corazones que están rotos y no saben cómo volver a arreglarse. Aturde, también. En Buenos Aires aturde la certeza terrible de no llegar a ser nunca lo que soñamos. Solo intermedios grises. Jordi pone música y en la radio explota algo de cumbia, pero de la de ahora. La escucha unos segundos y salta de banda a una am. La deja y antes chista. Mira lejos: El fuelle de su respiración suena agitado y frena el Volkswagen en seco para indicar que llegamos a destino. A mi destino, ellos siguen. Su novio emite murmullos que no se distinguen entre el barullo de afuera y la voz de Jordi que suena como un eco enlatado adentro del auto. Acá se separan nuestros caminos hasta su nueva visita a Buenos Aires.

El mudito ecuatoriano, inerte, con menos de dos docenas de años o no mucho más, representa un trofeo, o una carga para Jordi. O más fatal aún: Ambas cosas a la vez. Puedo verlo, auto detenido a la derecha de una calle poco transitada, con su único puño apretado sobre su pierna mientras el otro revuelve los archivos de su teléfono; un sociólogo catalán con un muchachito espigado, un fruto sin madurar de la patria latinoamericana que, hasta donde yo sé, es casi autista. ¿Habrá una relación perversa maestro-alumno?, ¿Habrá amor?, unos segundos impiden cualquier otra cosa que no sea una despedida. Segundos de eternidad -uno, dos-. Saludo a mi amigo con un abrazo y me bajo. Piso la calle y siento el frío en la cara. Jordi pone primera, segunda muy rápido, y obliga al auto a esforzarse para salir fuerte, casi lastimando el asfalto. Haciendo chillar un poco las gomas. Como si no fuera homosexual, como si no fuera catalán, se aleja doblando a la izquierda y se pierde en la ciudad.

ii.

A veces pienso que el tiempo pasaría más rápido si nos alejamos un poco de aquellas cosas que nos hacen mal, que nos llevan a perdernos un poco cada día. Que terminan siendo imposibles de atravesar y, de una vez y para siempre, dejar atrás. Una de ellas, para mí, es el amor. Y no el amor posmoderno. No ese amor frágil y mentiroso que nos hace buscar los campos floreados y los ríos de cariño. Me refiero al amor que anida en lo más oscuro de la profundidad. En el sentimiento central de todas las certezas: Perderse escribiendo, darse un tiempo para recordar la infancia, soñar con ser algo, aguantar el dolor de tripas cuando no llegamos a serlo, el miedo helado a la soledad. Pero después pienso que es imposible alejarse, tan dañino, tan severo.

Hoy escribo mucho y tupido. Corto, conciso. A lo Carver o eso me gusta creer a mí. Con detalladitos. Detalles, aunque muy lejos la verdad. Todo está en los detalles. Una pierna que se mueve acelerada, alguien que se suena los dedos, un dedo que revuelve el hielo dentro del vaso de whisky, un puño apretado sobre una pierna. Detalles. Toda la vida habita en ellos.

Me entero, por un mensaje a la deriva en mi teléfono que Jordi murió. Es martes y llueve. Está oscuro y sigue frío. Chocó con el auto en una carretera cerca de Madrid. Espero que no haya sufrido, que el dolor no haya sido tal como para que haya dejado de pensar que el amor era como manejar un auto a los pedos por un camino a ciegas. Ordeno un poco, después apago la luz y atravieso, a oscuras, la sala. Me tambaleo, con una pierna dormida por estar todo el tiempo sentado en forma de “P” y, un poco, claro, por la pena terrible de la muerte. El olor dulce, picante, devastador de la noche lluviosa no deja nada de pie. Dos hidrógenos, un oxígeno y las lágrimas que no quiero dejar de derramar sobre las sabanas de mi cama.

“Cuando me veas nuevamente no seré yo”, dice el enano del cuarto rojo en una escena de Twin Peaks. Esa imagen es la primera que viene a mi cabeza antes de dormir y, como una secuencia de sueños pero en el cuarto intermedio de los mismos, veo al catalán en otra visita a Buenos Aires; con otro niño como amante y el mismo muñón como extremidad izquierda. Este hombre entrenado para domesticar el dolor de estar vivo ahora, en mi cuadro mestizo de vigilia-sueño, se ríe como si realmente fuera feliz. Cierro los ojos, los aprieto en sus huecos con fuerza y puedo oler, en ese momento, las flores que crecerán en el rosal del jardín una vez que pase este invierno congelado.

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