Búnkeres de Abasto

Iba cayendo la noche de un caluroso miércoles de Enero en el porteñísimo barrio de Abasto. La temperatura rasguñaba los 38° y el sol se iba hundiendo en el ocaso entre los edificios que se asientan sobre la calle Corrientes. Los últimos rayos de luz se dejaban posar sobre el candente asfalto que desprendía espesos vapores. El ventilador del departamento de Mauricio no funcionada y Mauricio recién despertaba con una afilada resaca después de una larga noche que duró hasta casi el medio día. Este vivía en la intersección de las calles Sánchez de Bustamante y Sarmiento, en pleno corazón del tanguero barrio de Abasto, rodeado de bares de mala muerte, centros culturales, ebrios muertos en vida, neuróticos, desposeídos y restaurantes peruanos y un leve olor a fritura que se impregnaba en el aire procedente de estos comedores. Toda una fauna.
Mauricio no fue a trabajar esa tarde. Se dio por despedido.

Mauricio trabajaba -hasta ese momento- como playero en una estación de servicio en un acaudalado barrio capitalino de casas fastuosas, autos finos circulando y hombrecillos de saco y corbata con expresión de estúpida satisfacción. De prendas color pastel. Sin embargo, las mujeres que pululaban por ese acaudalado barrio eran plásticamente hermosas, magníficamente plásticas. Mauricio las veía caminar con sus sonrisas perfectas, sus cabellos almendrados y sus hermosos tobillos que descansaban sobre sus zapatitos de tacón alto, galopando como hermosas y carnosas potras. Un festín para los ojos, sin dudarlo. O también las admiraba de cerca cuando las veía llegar a la estación de servicio montadas en sus lujosos autos de origen europeo. Mauricio quería que estuviesen montadas pero sobre él.

-¿Cuánto le pongo, doña?
– Medio tanque de Premium.

Y Listo. Esa era toda la interacción.

El trabajo era una real bazofia y él lo sabía. Pero había que pagar las cuentas, la renta y la escuela de periodismo -que al menos le daba un ápice de patético anclaje- Y claro, había que comer. Al menos, le gustaba el olorde la nafta, una dulce melodía para sus fosas nasales. A veces se ponía a inhalar los galones vacíos que yacían tirados en la trastienda de la estación. Mauricio disfrutaba secretamente de ese aroma.

Mauricio despertó con el cuello pegajoso, la camiseta húmeda y algunas gotas de sudor descansando plácidamente sobre su frente. La habitación era un horno y Mauricio era un puerco cocinado a la cerveza. Cocinado en su propia cerveza, dicho mejor. Mauricio se sentó al borde de la cama, se estiró hasta la mesa de luz y cogió un cigarrillo. Lo encendió. Le dió una larga calada, exhaló y luego lo apagó. El humo se extendió por toda la habitación de manera imponente.Vió el reloj colgado en la pared frente a la cama. Las manecillas marcaban casi las 19:30 horas. Puteó entre dientes, exhaló resignado y se dirigió a la cocina caminando tambaleante sobre hojas de libros tirados y destarlados. Abrió la nevera e inspeccionó rápidamente. Poco por aquí, nada por allá. Tomó los últimos 2 trozos de pizza fría que quedaban de la noche anterior y los engulló ahí mismo, parado frente a la heladera con la puerta abierta y tomó la botella de cerveza de litro que parecía haberlo esperado impaciente durante todo el día. La bebió. No duró ni 5 minutos. Se quitó la ropa, la tiró al suelo y se dirigió a la ducha.

Pegado en la puerta del baño había un gran afiche de Hemingway que Mauricio siempre miraba cada vez que se sentaba en el inodoro. El viejo canoso y barbudo parecía mirarlo fijamente a Mauricio con media sonrisa canchera mientras él estaba ahí sentado haciendo lo suyo. Mauricio lo miraba directo a los ojos, también. Los dos se miraban sin decirse nada. Parecía que el viejo lo supervisaba mientras el muchacho hacía sus asuntos allí sentado en su trono. Un viejo considerado. Un viejo considerado y atento. Mauricio se tomó una ducha fría, se vistió y salió a la calle. Ya para esto la noche había caído. Pesada y húmeda. Nuevas gotas de sudor yacían trepadas sobre la frente de Mauricio. Sin trabajo y sin expectativas de nada se aventuró a la calurosa y salvaje noche de Abasto, al menos tenía un par de pesos en los bolsillos para comprar unas cuantas cervezas frías y una que otra porquería.

Mauricio fue caminando sin rumbo por la calle Sarmiento. Debido a la ola de calor y el excesivo consumo de energía hubieron cortes de luz. Las calles Anchorena y Jean Jaures, transversales a Sarmiento, quedaron a oscuras y algunos parroquianos enfurecidos cortaron calles y quemaban llantas en el asfalto en son de protesta. Hermosa distopía, pensó Mauricio. Varios patrulleros daban vueltas por el barrio con sus lucecitas azules titilando. Los bares de los Centros Culturales ya iban abriendo, los supermercados iban cerrando por seguridad, los desposeídos yacían sentados en la caliente acera pidiendo limosna y Mauricio ya iba saboreando otra noche fatídica pero lasciva. Mauricio se sintió mareado, tuvo náuseas y sudó frío. Tuvo que sentarse en la vereda con la espalda contra la pared junto con otros desposeídos. Hipoglucemia, Ataque de pánico o crisis de ansiedad, una raya más al tigre. Sacó un chocolate derretido de su bolsillo, abrió el envoltorio y lo engulló, esperó unos minutos mientras el azúcar hacía efecto. Su visión era borrosa y percibía a la gente pasar de un lado al otro de la calle, algunos lo miraban curiosos y otros con indiferencia. El piso estaba caliente como una sartén ardiendo sobre un anafe aquella calurosa noche de miércoles de Enero.

Luego de un par de minutos pudo levantarse, respiró hondo y siguió camino con cautela. Llegó a la esquina de la calle Bulnes y Juan Domingo Perón y entró en la mítica Tanguería. Se sentó en la barra. El recinto estaba lleno. Lindas porteñas se posaban sobre sus sillas con los codos apoyados sobre la mesa mirando hacia el estrado con miradas destellantes. La Luz tenue y sugerente iluminaba sus pieles impolutas. Pidió un vaso de vino y una empanada de carne. La mujer de la barra era una cincuentona amable que siempre servía un extra de vino en la copa de Mauricio. Lo servía con una sonrisa cómplice. Una buena mujer. Le sirvió el vino y la empanada de carne. Mauricio comió esa empanada como si fuese la última vez que comería una empanada. Pidió otro vaso de tinto, sorbió su copa, la saboreó como saboreaba los besos de su huidiza amante Helena, también, como si fuese la última vez, porque cada vez podía ser la última, y se volvió al estrado donde yacía el viejo bardo tanguero entonando versos tristes añorando tiempos pasados que parecían mejores al son de acordes de guitarra que parecía añorar lo mismo.

Tal vez, esta noche podría tener un poco de suerte, pensó Mauricio. Tal vez.
Le dio el último sorbo a su copa y salió del bar de los bardos tristes. Caminó calle abajo sobre Bulnes hacia Corrientes. La calle tenía corte de Luz. Estaba oscura como boca de lobo. La Luna parecía estar a sólo metros de Mauricio, parecía estar sobre la cabeza de Mauricio. Iluminaba las tristes pisadas del muchacho. La arquitectura empolvada de los viejos edificios yacía mustia y olvidada. Persistía el calor y seguían desprendiéndose vahos sobre el asfalto. Al llegar a la avenida se detuvo un segundo a pensar a dónde se dirigía, dobló a su derecha y se dirigió a otro bar llegando a la calle Gallo. Tal vez esta noche tenga un poco de suerte, volvió a pensar. Aquel viejo bar era una casa ocupada desde hace 17 años. Un viejo y oscuro bar de poesía donde otros bardos tristes entonaban otros versos tristes. El dueño de aquel viejo y oscuro era un poeta boliviano que radicaba hace un par de milenios en tierra argentina.

Mauricio era un habitué de aquel bar. Entró y atravesó el salón. Se sentó en la barra y pidió una cerveza grande de litro. Los poetas recitaban sus versos a la luz de la ténue y mustia lamparilla sobre el escritorio en el estrado. Los vapores emanaban de los sudorosos clientes que tensaban el nudo en la garganta y apretaban los puños desgarrándose el alma, Mauricio pensó en Helena. Siempre huidiza, siempre indiferente.
El desamor y el rechazo en Mauricio.

Entonces se abrió la puerta del baño que quedaba junto a la barra. El baño era un convención de gárgolas parlanchinas con las pupilas dilatadas y las narices empolvadas. El Polaco salió de allí mismo. El Polaco era amigo de la casa. Amigo de todos. Se acercó a la barra y le dió una palmada en el hombro a Mauricio y se sentó en la barra al lado de este.

-¿Qué contás, Nefando? – preguntó El Polaco
-Sin trabajo, sin mujer, sin ventilador y con los calzoncillos mojados . Lo usual– respondió Mauricio sin quitar la mirada del estrado y acariciando su vaso de ginebra
-Ya somos dos. Pero yo si tengo trabajo
-Tengo el presentimiento que mi suerte podría cambiar esta noche
-Suerte con eso, entonces. Mientras tanto llamemos al Causa.
-Venga.

El Causa era el proveedor de cocaína de Mauricio y del Polaco, de la cuadrilla en general. Un gordillo bonachón con seseo al hablar -y no era español, sino del andino país peruano-. Resultaba algo cómico, vale decir. El Causa siempre “traía la alegría” como él mismo solía decir. Y era verdad, traía la alegría al menos por una noche entera. El Causa llegó casi de inmediato en su taxi negro y amarillo manejado por su chofer. Todo un hombre de negocios. Mauricio y El Polaco hicieron una limpia y eficiente transacción, 1 bolsa de alegría por 3 billetes con la cara de Julio Argentino Roca. Hizo su clásico seseo: “Zí, zí, zí, grazias, noz vemos, chao”, embarcó su figura rolliza en el taxi negro y amarillo, el chofer pisó el acelerador y desaparecieron entre los vapores de la ardiente noche porteña.

Desfile al baño. De a uno y de a dos. Había más gente dentro de los destartalados baños haciendo sus faenas que fuera de ellos en el salón y en la barra. Más versos tristes de los poetas mientras la cerveza se iba calentando. Sorbieron sus copas de cerveza caliente y las golpearon contra la barra. Saludaron al poeta boliviano tras la barra y emprendieron caminata rumbo al clásico bar de la calle Guardia Vieja. Cruzando la avenida Corrientes Mauricio empezó a sudar frío y se sintió mareado nuevamente. Se le emtumeció el brazo izquierdo y tuvo ganas de vomitar. Probablemente otro ataque de pánico. Trato de controlarse, respiró hondo. El Polaco le brindó su pequeña botella de whiskey que este cargaba consigo. Malén le dio un buen sorbo. Después de un par de minutos no parecía calmarse.

-¿Cómo te sentís ahora, Nefando?
-No puedo respirar. Siento que me ahogo.
Mauricio se recostó contra el tronco de un árbol. Se puso de cuclillas.
-Entonces tomá un poco más. Te sentirás mejor.- Dijo el Polaco con su voz aguardientosa mientras estiraba su brazo alcanzándole la petaca a Mauricio.

Este tomo otro buen sorbo. Su respiración pareció regularse. Escupió en el suelo y se levantó lentamente. La crisis no llegó a su cúspide. La suerte parecía, por fin, estar de su lado, aunque sea por un momento. El Polaco le arrebató la petaca a Mauricio de un manotazo y se embuchó la petaca como si hubiese sido la última petaca del desierto. Las gotas color ambar chorreaban por las comisuras de sus labios mientras sostenía a lo alto la botella de dulce elixir a la luz de la brillante luna de ese caluroso miércoles de Enero. Sorbió y sorbió hasta la última gota. Quitó la botellita de su boca y soltó un potente aullido de tono aguardientoso con esas cuerdas vocales oxidadas por la ginebra y el whiskey. Parecía un grito de dolor más que un aullido. Se secó la boca con el reverso de la mano y rió. Su risa era la vesania. La demencia y la furia. Fue hermoso.

En la puerta del bar de Guardia Vieja y Gallo estaban los mismos de siempre. Ansiosos e impacientes: Chicho, Charlie Curao, Pedrito Chiroque, Massi 1, Massi 2, el Tano, el flaco, “Gotas” y Tano.
Al ver llegar a Mauricio y El Polaco con los ojos desorbitados y muecas estos saltaron de sus asientos efusivamente. Sabían que traían consigo. Miel para las abejas. Pasada la media hora de la llegada de estos los otros estaban en el mismo estado. No era gratuita la fama de Mauricio como traficante de poca monta en aquel bar. Era injusta pero no gratuita. El bullicio y el pandemonio empezaban a poner incómodo a Mauricio. Empezó a sudar frío.
Otra vez no, por favor- imploró el infeliz. Apareció Aldo Saliva. Aldo le hacía honor a su apellido. Cuando hablaba escupía a quien tuviese al frente. Pidió una porción de pizza. Se puso a conversar con la cuadrilla. Los minúsculos trozos de queso salían disparados de su boca mientras hablaba. La conversación abarcabó desde Rimbaud hasta Roberto Bolaño. Se le escuchó decir: “El poeta es un huérfano nato” citando a Bolaño en sus Putas Asesinas mientras volaban por los aires otros trocito de queso mozzarella mientras los otros trataban de esquivar aquellos proyectiles de Saliva.

Frente a la barra, al lado izquierdo del salón junto a la vieja y empolvada rocola había un grupo de chicas que conversaban amenamente. Comían cosas vegetarianas. Hippies, pensó Mauricio. Lindas, pero hippies. Una de ellas era una rubia de dreadlocks y vestía un conjunto color perla. Ligero y simple. El vestido le llegaba hasta la mitad de los muslos y dejaba al descubierto sus pantorrillas en forma de diamante. Eran unas hermosas pantorrillas hippies. Ella parecía hacer contacto visual con Mauricio. Este no mantenía la mirada fija y la agachaba. La alzó, la miró directo a los ojos, ella cruzó las piernas se quito el cabello del hombro con su mano derecha y se volvió hacia sus amigas y siguió conversando. Mala suerte, no, pensó Mauricio. Una hippie, eso sí. Mauricio se volvió a la barra y pidió una empanada de carne.
-Sólo quedan vegetarianas, Mauricio-Le dijo la cajera.
-Entonces dame una ginebra, por favor.-

La puerta del bar se abrió de par en par y entró Helena. El carmín de sus labios y sus cabellos encrespados rebosaban de belleza aquella noche de Enero. Vestía una blusa ligera y una falda minúscula. Lucía unas hermosas y contorneadas piernas. Tiró al suelo el cigarrillo que fumaba y lo piso. Atravesó la puerta. Las miradas iban hacia ella como clavos oxidados atraídos hacia una calamita. Era magnífica. Helena y Mauricio jodieron dos veces anteriormente, sin embargo, ella siempre le fue esquiva. Siempre indiferente, siempre huidiza. Esta podría ser mi oportunidad, pensó Mauricio. Hoy podría ser mi día de suerte. Talvez con un poco de esa suerte tan esquiva y añorada podría tocarle uno de sus descubiertos y pecosos hombros o pasar la yema de sus dedos por su espalda sinuosa de pardos lentigos sin morir en el intento. Helena pasó al lado de Mauricio. Este hizo un sutil gesto saludándola. Ella no lo miró. Se detuvo un segundo, volvió hacia su izquierda, volvió a su derecha, regresó a la puerta y salió. Encendió un cigarrillo. Parecía estar esperando a alguien. Mauricio dudo por un momento en salir y hablar con ella. Se animó. Se acercó a la puerta y vió que llegó un mamón con aspecto de estúpida satisfacción. Se acercó a Helena, le dió un beso en la mejilla, ella sonrió y se fueron juntos.

Mauricio regresó a su lugar en la barra y pidió otra ginebra. La cuadrilla conversaba efusivamente. La conversación iba desde Rimbaud hasta Roberto Bolaño…

La noche se disipaba. El cielo explotó y cayó una violenta lluvia sobre la noche porteña. Los amantes y los poetas se iban perdiendo entre los vapores de la noche. Mauricio caminó de regreso a su departamento en la esquina de Sanchez de Bustamante y Sarmiento.
Tal vez mañana sea mi día de suerte, dijo Malén en voz alta, mientras se sacaba los zapatos mojados y se echaba en su cama. Un resorte roto le hincaba la espalda. Los párpados de Mauricio se hacían pesados. Estaba echado boca arriba. Los tenues rayos de luz del alba empezaban a penetrar por las hendijas de la persiana. Caía la mañana de un lluvioso jueves de Enero.

Imagen de portada: Mario Abad

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