Órbita: etnografía de un evento.

En-Orbita

I

Digamos que de alguna forma conseguimos la acreditación para entrar como prensa desde Sudalalengua. Digamos con mayor precisión que de no ser porque se trataba de la primera versión del evento, de su necesidad de darse a conocer, del deseo –imagino- de prolongarlo a una segunda versión, un medio nuevo y medianamente extraño, nunca hubiera conseguido acreditación. Pero ahí estábamos. Digamos también que esto tiene por título etnografía porque quiere situarse del lado de las sensaciones, antes que del juicio; del lado de la descripción antes que de la crítica; del lado de la observación antes que de la autoridad.

Listo pues. Habiendo ido a acreditarme como corresponde al incrédulo, es decir, el primer día posible, estaba listo para tomar el bus a la hora que despunta el día sábado, o sea a las 15 horas, en el último bus que permitía llegar a Radio Moscow. Alcanzo corriendo el costado del edificio de la Telefónica, me encuentro con J., me entero por ella que no existía descuento en los buses para prensa; lo lamento. De todas formas vamos sentados, con calor, pero sentados.

15 horas y llegamos con buen timing para Radio Moscow. Buen timing significa tiempo suficiente para comprar una cerveza y pasar por los sellos. Vamos por lo primero mientras de fondo suena Guiso. A pesar de la sed, una momentánea decepción recorre mi garganta al enterarme que la única marca es Corona.

Cerveza en mano, vamos por los stands de sellos. De inmediato se roba la atención Slovenly Recordings, atendido por un gringo buena onda llamado Peter Menchetti, que fue clasificado como emprendedor discográfico por el festival (lo que, a su vez, clasifica al festival). Tenía el gringo unas joyitas de bandas, como Acid Baby Jesus, con un sonido entre sucio y misterioso venido desde Grecia; o Choke Chains, gringos menos originales, pero con harta potencia; también un compilado con punk (We’re loud), sacado de cassettes de los 90’s, para patearte neuronas.

15.45. Mientras escuchamos más del Slovenly parte Radio Moscow, y para allá nosotros. Corresponde prender la pipa y centrar la atención en lo que sucede en el escenario Skylab, nombre de la primera estación espacial estadounidense. Y también abajo, en el escenario permanente: el público. El sonido era impecable o eso me parecía, uno de los mejores que se escucharían ese día. Radio Moscow agarra bien firme el cráneo y te lleva. Lo que es movido es la cabeza y su proyección en la columna, por eso, invita a saltar, antes que a bailar. Mientras nos alejábamos yo pensaba con los ojos chinos: Grande Radio Moscow, sólidos y un poco pernos.

16.30 justito y se da paso a The Holydrug Couple, banda chilena de rock psicodélico o dream pop (como dice su Wikipedia en inglés), que toca allí exactamente donde hay que tocar y que suenan increíble –¡bravo Sacred Bone Records!-, pero que por toda imaginación poseen una gran calidad técnica. Momento preciso, por cierto, para ir a conocer las instalaciones de prensa que prometen enchufes, wi-fi y agüita. ¿Cuánto cliché cabe en un solo cuadro, en una sola sala?, pienso mientras me intento concentrar en enchufar el cargador, tomar nota, tomar agua y pasar piola con los demás prensa. ¿Cuánto cliché cabe en uno mismo? –me pregunto ahora.

Entre las 17 y las 17.45, más cerca de las 17 eso sí, llegamos nuevamente al Skylab, donde está tocando Crocodiles. La banda de San Francisco tiene algunos problemas con el audio, especialmente con los micrófonos, pero tiene también un swing, una cadencia post-punk, que hace explorar otra región de la psicodelia. Son otras partes de los cuerpos las invitadas al movimiento, lo que repercute también en el público. Junto con ser más, también mostrará otra soltura, un desparpajo diferente. No es que sea necesariamente otro público, sino que es movido de otra forma.

Ya desde el cliché-sala-de-prensa sabíamos que se venía una seguidilla de bandas que ver, así que no había duda que al terminar pasábamos directo a Dead Meadow. También estaba claro que las pantallas durante el día no agregaban nada al espectáculo, sino que además de pequeñas, parecían de aeropuerto al decir de J., anunciando constantemente las bandas “por venir” desde las 12.30 aunque fueran las… ¿qué hora era?… La hora ya importaba menos, pero debían ser las 17.45. Comenzó entonces la banda de Washington que evoca otras conexiones, induce a otros juegos con la percepción, a los que nosotros profesionales cartón en mano, jamás diremos que no. Diferentes son los movimientos que provocan y así también los grupos que se forman en el público, otra la mixtura. Por momentos el despegue agarra seriamente, haciéndole honor al nombre del festival, aunque sin duda la oscuridad y otro tipo de luces habrían potenciado el empujón que nos daba el insistente sonido de los Meadow.

De todos modos somos arrojados a A place to bury strangers. De comienzo, como es costumbre, despliegan una energía que deja chiquitita a la de los espectadores, quienes llegábamos más bien pegados desde el Sputnik (el otro escenario que, correctamente, le guiña el ojo a los rusos). Descargando mucha rabia contra los instrumentos, APBS logra meterlo a uno en la locura, superada siempre por el delirio de los propios músicos que se entregan literalmente para ser devorados por el público, bajando del escenario y siendo devueltos con mucha dificultad.

De pronto, un quiebre. Cumbia. Cumbia psicodélica. Los Mirlos. Cumbia amazónica del Perú, como dirá innumerables veces la banda. Y el público baila. J. baila. Uno mismo baila. Quién no baila con Los Mirlos. Y este quiebre se vuelve un articulador, algo que vendrá a dotar de sentido a la apuesta, o al menos a proponer desde dónde entender la unidad. Bailan entonces todos, todas y tocan Los Mirlos sorprendidos y agradados de que un lote grande de jóvenes drogados festejen aún las canciones de sus padres, o abuelos incluso.

A Los Mirlos, les sigue Camila Moreno. Les sigue a esa hora porque Los Jaivas, quienes inicialmente debían tocar, no pudieron hacerlo y su reemplazo, Aguaturbia, sólo podía actuar a las 14.30 dado sus compromisos con Woodstaco. Y si Los Mirlos fue una articulación, Camila Moreno fue otra. Esta vez de clase. Junto a ella y la noche, es decir, a la posibilidad de vestir de noche, llega masivamente otro público. Estirado, bien vestido, bello y suficientemente progre, cae a los pies del Mala Madre, que por cierto suena limpiecito.

Arribada entonces la burguesía y sin VIP a su haber, espontáneamente las ratas nos juntamos en el baño, y allí es otro mundo. Todos lentos y con la interacción dificultosa, entramos a tientas y salimos mojados, como renovados o acicalados, dispuestos en definitiva a enfrentar la tiranía del canon con la cara fervorosa y los ojos chascones. Emerjo entonces a encontrarme con J., y veo al fin ya todo oscuro, cómo luces, aviones y estrellas se mezclan en el cielo del Espacio Broadway. Perfectamente podría decirse que estamos en órbita, tripulación. Y sin más, el concepto agarra fuerza.

II

¿Cómo se define entonces la psicodelia? Decíamos que en Los Mirlos encontrábamos un articulador, algo que nos indica lo común. A primera vista (también en google), la psicodelia tiene que ver con el intento de expresión de estados asociados con el consumo de sustancias psicoactivas, alucinógenas, etc. ¿Quién podría negarlo? Pero, el punto es ¿qué tienen en común esos intentos? Dicho de otro modo: ¿qué hay en Los Mirlos?…

Un pulso.

Algo que va por al medio dirá J. Es decir, algo que no tiene que ver con las ondas más altas ni más bajas, ni en tono ni en volumen, sino algo que atraviesa, que arrastra. Por eso el público, uno mismo en tanto público no es que se mueva, por el contrario más bien es movido. Por eso funciona también Camila Moreno, porque tocando solo el último disco algo de eso logra captar, en su referencia al trip hop que, por lo demás, la está salvando del declive de la guitarra de palo.

Habiendo comido algo en los pocos carritos que había (que a pesar de ser como los de Pio Nono se disfrazaban para lxs Bellxs de foodtracks así bien en inglés), e imbuidos ya en las luces y en la hora que debía ser, pasamos con el público a Os Mutantes. Acogen voces, ritmos, tambores llegados del Brasil, que juegan con el pulso desde varios ángulos, moviendo caderas y cinturas. Debían ser el cierre de un paso triple por sonidos más latinoamericanos, que se vio frustrado por la falta de Los Jaivas, y que hubiera invitado a éstos a hacerse cargo directamente de su pasado psicodélico. Las pantallas y los juegos de luces a esa hora ya distaban de ser el aeropuerto de la tarde y la oscuridad difuminaba su tamaño. Para ese entonces, las luces se centraban directamente en las cabezas de lxs asistentes.

Amablemente guiados se cae en The Sonics, quienes con toda su trayectoria, nos agarran arriba y nos mantienen allí. Movidos ahora al ritmo de un rock’n’roll bien punk y ruidoso, la soltura y la oscuridad es la tónica. Es probable que se alcanzara aquí una cima de ese pulso que arrastra, con gritos y bronces, con la energía desbordante que desde el escenario encontraba eco incluso en los ya parcialmente-derribados-cuerpos.

Tan arriba de la ola estaban los Sonics, que terminan y el público se resiste. Entonces viene como un arco invertido del cual no nos alcanzaremos a recuperar completamente. Föllakzoid y Atom hacen lo suyo y lo hacen bien, pero el paso desde los Sonics no es tan fácil. Me hace preguntarme si sería buena la idea de escenarios paralelos, aunque creo que no, que una de las cosas que me gusta del formato es la alternancia, la posibilidad de verlo todo, la innecesidad de elegir. Quizá el problema del orden radicaba en lo que venía a continuación: El mató a un policía motorizado.

Es que si bien Föllakzoid agarraba el pulso y lo pegaba, lo hacía recursivo, lo redoblaba como suele permitir la electrónica, los del policía motorizado, hacían algo raro con él, algo así como neutralizarlo. Sin duda tenían un público cautivo, que incluso corrió cuando sonaron los primeros acordes, sin embargo, enfriaban aquello que se había formado entre el público, las bandas y los alucinógenos. De hecho, bastante antes de que terminaran, ya se acumulaban personas medianamente ansiosas frente al Sputnik.

Y entra The Dandy Warhols como a las una de la mañana. El público aplaude, la banda se instala. El micrófono no funciona. Entonces, hay un diálogo desde algunos asistentes, desde lo que queda de algunos asistentes. Que no se escucha el micrófono, que le falta a los bajos, que le sobra a los medios. La banda intenta arreglar o que arreglen ciertas cosas, sin embargo, uno de los Sonics que anda orbitando al lado del escenario les dice que están bien, poniendo cara de que no entiende qué volá nosotros. La banda sigue, suena mejor, pero el micrófono falla a ratos. Finalmente, se asienta el sonido, se agarra la onda, buena parte del público queda a merced de los instrumentos de los Warhol. Ahora bien, quizá el cansancio, quizá el orden, quizá los problemas de audio, quizá la performance, o quizá que todo ya se trataba de aterrizar, pero al parecer ni el público ni yo en tanto público, quedamos tan arrojados al espacio como con los Sonics.

Se van, y con rapidez la gente emigra. Sobre todos los de los buses populares, o sea, nosotros. Alguien con chaqueta naranja dice que el último bus es a las 2 am, y no a las 3 como decía la web. ¿Qué hora es? Las 2. Más rápido corre la gente y se arma una tensa fila, siempre a punto de colapsar en una fratricida guerra por subir al bus y no quedar a la deriva en la carretera entre Santiago y Valparaíso.

Efectivamente implosiona. El que parece ser el último bus desarma la línea y ahí van los cuerpos tratando de salvarse solos. Sin embargo, aparece una mujer, esta vez sin chaqueta naranja, que dice que para qué corren y desesperan, si viene otro bus. Su confianza le da credibilidad y se arma otra fila, menos tensa esta vez.

Rendidos todos, nos depositamos finalmente en el asiento del bus que, cortés y popularmente, hará paradas antes de llegar a Plaza Italia. Ya ido el efecto de la música y otras cosas, sentado, cansado, quizá demasiado joven para mi edad, le pregunto a J. que cómo definiría entonces la psicodelia, mientras pienso que, sobre todo, el próximo año deberían tener otra cerveza.

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Des Armes

Hugo Sir, 27 años. Sentenciado (como) sociólogo. A veces escribe.

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