OCHO

Supongo que cuando era chico, el número ocho revestía cierta importancia
Por ejemplo, si mi madre me preguntaba cuánto la quería,
yo le decía: ocho.

Quizá no sabía contar hasta más allá
O quizá, como me gustó pensar alguna vez,
Si uno da vuelta el ocho, para cualquier lado, es-como-el infinito

Es que quizá algo de eso hay, o no.
Es que así-como-que-no-quiere-la-cosa, han pasado ocho años.
Desde que de Cuba nos avisaron que ya no te íbamos a ver entrar de pie.

Ocho años, desde que el día después de mi cumpleaños, con la caña que caracteriza su celebración
uno atendía el teléfono y a uno le decían que Santa Clara, que el agua
que una piscina, que el corazón, que no tenemos branquias,
y Feliz Cumpleaños

Y todxs nos volvimos profundamente locxs, como correspondía, o no.
Y te decíamos, que hacíamos llamados quién sabe para qué.
Y yo seguí haciendo eso mucho tiempo. Todo este tiempo.

Y dije varias veces “ahora es cuando”, como alguna vez lo dijimos.
Y siempre había una ráfaga o cualquier cosa que te traía por acá, o no.
Pero a uno le gustaba pensarlo así. Una ráfaga o el desorden.

Es que además el orgullo de los 18 años o 19, no fue buena receta.
Rompí unilateralmente con las tradiciones.
Y todos saben que las tradiciones son para lidiar con los muertos.
O no.

Que el desconocimiento cuando es colectivo desespera menos
Come menos la carnecita de uno. Pero qué iba a saber yo de eso hace ocho años.
Y te metí en un rollo que ni sabes, ni tienes posibilidad de saber.

Yo solo despreciaba las tradiciones porque conservan
Qué iba a saber que entonces hay que inventar unas nuevas.
Qué iba a saber que eso uno no llega y lo hace.

Convengamos en que ahora igual voy a cumplir 27.
Que lo hablamos también alguna vez y dijimos

Morir, no morir, drogas, lsd, revolución, drogas y revolución, rock’n’roll.
No haberse muerto antes. No morir después. Matarse sino. No matarse.
Pelear. Eso siempre. Hay que haber hecho algo antes. Sino no matarse. Nunca se trata de matarse. Todo depende. Consumo. No a la familia. Sí, quizás. Si no fuiste un rockstar no vale. Drogas. LSD. Morir. No morir.

Convengamos en que dijimos cosas distintas.
Pero que también me contaste un sueño, uno en donde sonaba de fondo Imagine.
Y ya estábamos todos muertos: Tú, yo, el Italo. Dormidos, río abajo.

¿Era ese sueño una premonición? ¿De qué?
Faltaba aún un año o más. Pero la cosa es que había un río.
Y drogas, sueños, muerte y rock.

El río como alegoría de la vida. Y sin embargo, acá era como la sustancia de la muerte.
Pero no digamos sustancia.
Era acá como el plano por el que se deslizaba y en ella nosotros.

Y, todas, todos lo sabemos: un río puede ir tranquilo, pero jamás quieto.
Y nosotros nos deslizábamos, y tú ibas primero, lo dijiste, lo recuerdo.
¿qué significa eso? ¿qué importa?

Y recuerdo, aun con mi memoria esquiva, tu cara cuando lo dijiste
Nunca pensaste en muerte alguna, sino en el agotamiento de una larga jornada.
Siempre quisimos pelear y agotarnos en ello.
Tú más que yo, disperso como siempre estoy.

Pero convengamos en que igual voy a cumplir 27, y aún no me he muerto.
Y hace ochos años tú sí. Con agua, con Cuba, lejos.
Pero estás, loco, aunque suene cliché.

Es que por acá no nos cansamos tampoco. O nos cansamos de otras cosas.
Pero a la pelea le seguimos haciendo. Y al lsd también.
No es que estemos perfecto, pero ya no pensamos en morir [tanto].

Quizá una de las cosas que más me moleste, es que a la ida yo no le tomé el peso
Esperando la vuelta. Ansioso como siempre. O despreocupado.
La cosa es que el presente se me hacía escaso.

Pero qué tal si ese río fuera puro presente. Y la muerte lo mismo.
¿Qué tal si en ese río nos deslizamos siempre
Pero sólo cuando ya no podremos volver a decirlo
Lo vemos, o lo rozamos, o metemos la punta de los dedos?

Supongo que el ocho aún reviste cierta importancia
Por ejemplo, hace ocho años eres desorden puro, presente puro.
Y hace ocho años pongo nombre a todo lo que puedo,
Para ver si así podemos volver a hablar.
Puedo yo volver a hablar.

Todo este tiempo olvidando que habría que callar
y dejar que a la voz de uno acudan todos,
todos los que flotan ahora, aquí.
A ver si podemos hacerles justicia, Rasta.
A ver si les dejamos hablar.
A ver si nos traen los sueños y los vientos, y los gritos y las armas.

No se recuerda lo que habita el presente
Se le abre paso.

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