Cuento: Entre la espuma

Cuando nos acariciábamos acostados en el sillón del living en silencio, yo lo miraba y volvía a tener la certeza de que lo amaba. Y ese descubrimiento no tan descubierto me conmovía. Él, que se había acostumbrado, me recomendaba que no me pusiera maquillaje.

Ya no lo amo pero hoy tampoco me maquillo. Hay otro motivo.

Son las tres de la tarde y Ramiro, el viejo de mi novio, me saluda con entusiasmo. Qué puedo hacer, trato de ser seca aunque me cuesta. Él me preparó varios asados. Me trajo souvenirs de la Patagonia. Yo le traje souvenirs de Machu Pichu. Le digo sí, sí y le tiro una sonrisa que se queda en la mitad y subo las escaleras hasta la pieza. Ahí está Ignacio: gordo, peludo, en pelotas, en la cama.

––Vení ––me dice con ternura.

Me quedo quieta sin poder pronunciar palabra alguna.

––Dale, vení, hermosa.

Se me anuda la garganta al verlo tan inocente, sin que se de una puta idea de que estoy a punto de darle el peor de los balazos y que en mi historial él no va a ser más que esa cabeza de ciervo que tiene colgada en la pared.

––No puedo.

––¿Por qué?

––¿No leíste mi mensaje?

––No, ¿qué decía?

––“Tenemos que hablar”.

––¿Por?

––Vine a cortar.

Agarra la bata azul que está colgada de la cama y se la pone. Se sienta en la silla de la computadora.

––¿Por qué, Eli? ¿Por qué querés cortar?

Está pensativo, no parece enojado.

––Ya sabés que venimos mal.

––Sí, sí. Pero eso se puede solucionar…

––No, lo intentamos y no hay salida. Esto es tóxico, ya me cansé.

Me mira dubitativo mientras agarra a la perrita negra del suelo y se la sienta.

––Te amo ––me dice––. No quiero que se termine.

––No podemos seguir así. Es mejor cortarlo ahora antes de que se ponga peor. No tiene sentido seguir juntos.

––Entiendo… Pero, ¿sabés? Lo nuestro fue más fuerte que lo mío con Julieta.

Estoy por quebrar. Porque la realidad es que todavía no superó lo de Julieta y ya pasaron cuatro años.

––Voy a extrañar el olor de tu pelo ––empieza.

––Justo ahora te ponés poético.

––Voy a extrañar las salidas al Ombú. También voy a extrañar que te bajes la gaseosa en el cine ––improvisa enternecido.

––Agradecé que te lo estoy diciendo en persona. Parece que se puso de moda comunicarlo por mensaje.

––Dame un último abrazo, Eli.

Le concedo un abrazo armonioso, los brazos son lo único flexible que tiene.

––Esto es lo más difícil ––dice.

Se arrima a la computadora y lo veo borrarme de Facebook y todas las páginas en las que nos tenemos.

––Listo ––balbucea.

Se para y se queda mirando el armario con una tristeza inmensa. Quiere llorar pero el orgullo no le permite hacerlo frente a mí. Entonces, se mete en el baño. Me quedo mirando a la nada sin saber qué hacer.

Sale y bajamos las escaleras. Me abre la puerta. Me despido de Fémur, que es una divina, el ser más dulce dentro de esa construcción a pesar de su rabia. Cómo la voy a extrañar. Salgo a la calle. Me pongo los anteojos de sol. Doy unos pasos hacia el lado equivocado. Boluda.

Agarro el camino correcto, el mismo desde hace tres años, el camino desierto que me lleva hasta la parada del 44. Casi siempre camino con él por esa vereda. Caminaba. Pero esta vez me cruzo con un tipo que me dice “qué linda”, seguido de un tipo que me dice “estás preciosa” y demás. Como si se hubiesen enterado de mi nuevo estado de la red social. Yo sabía que no convenía que hiciera ese trámite delator tan rápido. No sé si reírme de lo absurdo. Lo que no pueden ver es que detrás de los anteojos de sol hay unos ojos horrendos, demasiado irritados.

Veo cómo se esfuma mi primer novio serio. También veo cómo se esfuma la relación de él con mi hermano: esas sonrisas, esa complicidad entre ellos. Camino mirando para atrás, me voy a chocar con alguien.

Viajaba todos los sábados hasta allá. Él a mi casa no iba nunca. Cuando yo llegaba, jugábamos a la Play o veíamos una película de terror (que eran las únicas que lo enganchaban). Costaba convencerlo de hacer otra cosa y de tener una conversación que no fuese sobre los nuevos aparatos que planeaba comprarse. Salíamos esporádicamente y solo al Ombú, que quedaba a tres cuadras de la casa, o al cine. Alguna vez, cuando caminábamos en silencio hasta el Ombú para hacer una merienda especial ahí, yo viajé y me metió el dedo bien hasta el fondo por entre uno de esos vestidos que tanto le podían. Me dijo “acá estoy” y me devolvió al aquí y ahora.

Me acompañaba hasta la parada solo cuando no le daba paja. Me dijo un par de veces que no usase ropa de groncha (es decir, calzas negras lisas y una musculosa celeste) y que no, que no me cortase el pelo. Pude, por fin, comprender por qué me dijo que iba a extrañar el olor de mi pelo: por lo que me había dicho varias veces, que olía a sucio por no lavármelo todos los días. Porque él se lo lavaba todos los días, el escaso pelo que le quedaba a sus veinticuatro años lo celebraba.

Ignacio había dejado la carrera de farmacia. Ahora solo trabajaba cagando a los tipos que tenían moto con seguro. Y lo sabía. Para él, eran todos lo mismo, un grueso de villeritos que solo querían sacar unos mangos con una moto estropeada a drede. No había conversación, no había proyectos. Sí había celos suyos y ganas de ponerme celosa cuando hablaba de la ex y de que mi amiga Marisa, con la que se hablaban y se juntaban, sí le haría un pete a diferencia de mí.

Si hablaba de alguna piba que andaba con alguno de nuestros amigos en común, le decía “puta”, “porque la puta fue a comprar las gaseosas” y yo le decía que por favor no la llamara así. Si encima era la novia del amigo. Y él seguía. Un par de veces lo vi violentarse con la abuela. Me asustó. Decía que no lo podía evitar. Teníamos miedo que le pasara conmigo. Me dijo que lo había vivido con la ex. Y me aseguró que igual siempre ver a una mujer llorar lo traía a la realidad. Discutimos un par de veces porque no estuvo para mí cuando me premiaron por mis fotografías: una de esas veces me gritó completamente fuera de sí y lloré. No llegó a volverse físico. Me abrazó y me pidió perdón con cara de animalito asustado. Alguna vez me dijo que cuando fuéramos de caza a San Luis me iba a dar un conejo muerto para que jugase con el cadáver al igual que él. Porque me hablaba de lo que le hacía a los animalitos y se le escapaba una risotada. Alguna vez me apuntó con la cosa cazapalomas jodiendo. Alguna vez el dardo rozó a la perra.

Va a ser raro de golpe dejar de viajar los sábados arriba del 44, dejar de pasar al lado del cementerio de Chacarita, de la estación de tren, de las fábricas. Dejar de merendar tostadas de pan negro y capuchino light de la Virginia. Que hacer el amor deje de significar “hacer capuchino”. Que “hacer capuchino” deje de significar hacer el amor. Dejar de cantar canciones de los Beatles con el padre. (Ese padre que me vio en ropa interior haciéndole una paja. Hijo de la abuela que nos vio copulando y dijo que yo era una mugrienta por el simple hecho de hacerle el amor a su nieto. Y mi abuela que encontró el semen de Ignacio sobre el sofá y no dijo ni mu). Dejar de escuchar sus comentarios antisociales. Dejar de ver a la única persona que me conoce desde hace ocho años además de mi familia. Dejar de ser la única que soporta su carácter desde que se le murió la madre hace cuatro años. Me acuerdo de cuando tenía miedo de que él me deje y él me decía que no me preocupara, que seguramente lo iba a dejar yo a él.

 

 

Give it to me baby, a-ha, a-ha!
Give it to me baby, a-ha, a-ha!
Give it to me baby, a-ha, a-ha!

And all the girlies say I’m pretty fly (for a white guy).
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, cinco, seis. 

Cumplo veintiún años y esta es mi primera fiesta de espuma.: la Headshot party en Groove con todo el metal, rock, lo industrial y el punk internacional de varias décadas. Un sábado diferente. Lo que escuchaba nuestro papá en el auto cuando teníamos cinco años. O bueno, el mío. A mi lado está Hernán, el chongo con el que salgo desde hace tres meses, que labura en Mercedes Benz. Es el que pinta los autos. Con esas manos con anillos y esas uñas quizá demasiado largas. Pero me gustan sus caricias de poeta amante del color negro de piel pálida, pómulos pronunciados, ojos celestes y pelo castaño con rizos hasta el cuello. Por ahora, estoy comprando su cara medieval. De princesa vegetariana. Con Marisa, Sergio, Cata y su novio sacudimos la melena al son de la canción. Una Speed. Otra Speed. La Plaza Italia nocturna.

Hay una pantalla gigante que pasa todos los videoclips de estos temas retro y a veces no nos movemos. Miramos las historias retorcidas detrás de cada videito. Por ejemplo, este de un raperito blanco feo que baila mientras recorre con su Cadillac un barrio de negros y latinos. Es un gangsta novato que se mete en la cultura hip-hop no porque realmente le guste, sino porque está de moda. Los otros se le ríen en la cara. Cuando bailamos, vamos rotando. Sacudiendo con gente diferente. Yo solo espero que pasen Depeche, mi banda favorita. A Hernán también le entusiasma. La boluda de Cata se puso una remera con la bandera de Estados Unidos. Pero por lo menos encaja con el lugar. Yo claramente no. Con un vestido azul que cubre un cuerpo sin tatuajes con una cabeza sin piercings de la que nace un pelo largo y virgen. Hernán y mis amigos del laburo en el McDonald´s tienen noche, se nota: son vampiros sedientos que siempre piden más.

Voy al baño a arreglarme y cuando llego ya se ve un poco de espuma. No le doy bola. Sigo bailando. Hay un grupito que ya se empieza a copar. Un primer acercamiento. Marisa agarra del piso y se la tira a Sergio. Y se vuelve una guerra íntima entre ellos dos. Cata y el novio se besuquean. Termino cediendo. Le soplo la espuma a Marisa en la cara y me engancho demasiado y quiero que haya para todos. Que los cinco reciban su porción. Y es que llueve espuma. Cada vez más. Se comienza a formar una masa que te da la bienvenida, te saluda, te abraza, te cobija. Es limpia. Huele bien. Pero intoxica. Empezamos a saltar todos agarrados. Hernán me da un beso con sabor a detergente. Empujamos a terceros. Él se cae al piso y lo ayudo a levantarse. Seguimos pogueando los seis agarrados en el gigante de la masa que se agranda y se agranda, multiplicándose, reproduciéndose. Igual que la adrenalina. Es un monstruo de vida propia. Me llega un mensaje de él preguntándome a qué hora salgo del boliche, así me pasa a buscar. Le digo que falta poco.

Los chicos se empiezan a cansar y se hacen a un lado. Se quedan al lado de la barra tomando algo. Me miro en el espejo que está justo detrás de los licores y tengo el pelo despeinado con pedacitos de espuma. El vestido mojado. El corpiño negro húmedo. El maquillaje corrido. Soy la hija del de la película It. No me calmo. Quiero más.

Se escuchan los primeros acordes de esa canción que me llama. Hernán se fue a saludar a unos amigos. Sergio me extiende la mano. No rechazo la invitación. Nos mandamos y siento el rock, lo siento. Lo vivo. Yo soy ese bajo. Muto en esa letra de Three Days Grace que me sé by heart. Me mareo con el desfile de caras extrañas. Empujo gente porque sí. Me limito a ser una más que se deja seducir por el ritmo vertiginoso. Que se contagia. Me choco con el elenco de zombis y ángeles caídos. Pierdo una pulsera. Se me llena la cara de jabón. Estoy al límite. Y me gusta. Por un segundo me ahogo pero busco la salida y la encuentro. Me salvo por segundos. Escupo las burbujas. Me limpio la boca. Me vuelvo a meter. Soy una enferma. Y qué. Hay una confianza ciega. Sergio es testigo de muchos chistes y desbordes. Nos miramos mientras ––en lugar de cantar la letra–– la gritamos. Él también lo vive con intensidad. Puedo verlo. Somos uno. Sigo saltando y me conducen con violencia hasta la otra punta. Perdí a mi compa.

Dos minutos y salgo. Me dejo drogar por las pompas. La canción está por cambiar y veo que a lo lejos los grupos de amigos tiran a algunos al piso y los arrastran tipo escobita. Que no me hagan eso, por favor. Hay un loco disfrazado de algo que no distingo. O no está disfrazado. Las orejas se me llenan del líquido. Empujón. Casi me tropiezo y me estrello. Lo veo a Sergio en la barra esperando algo. El mozo barbudo le entrega dos camparis. Mierda, de golpe un dedo me penetra. Me estremezco. Se me cae la mirada del naranja resplandeciente al piso sucio. Tarado, pervertido, grito. Pero la música suena fuerte. Quién carajo fue. Rápido, tan rápido. Se evaporó. Miro en todas las direcciones. Hernán no fue: no era su dedo de uña afeminada. Busco al culpable entre la multitud para desatar mi furia.

Me encuentro con la nada. Al igual que el maquillaje y la suciedad del pelo, el del dedo se perdió entre la espuma. Igual que yo en el recuerdo de las caminatas con ese mismo vestido y los trucos de “acá estoy” y la sonrisa socarrona de aquel primer amor que me decía que me lavara la cabeza y que no me maquillara para que no se me corriera. Y no me gasto en reprimirme porque entre tanto jabón puedo tener los ojos destruidos sin levantar sospechas de alguna clase de dolor profundo.

Me peino mejor el pelo y camino hacia una silla chota esquivando los charcos más los vasos, latas y botellas. Me siento y se me acerca un pibe medio borracho, que me tira un piropo seguido de otro pibe que me tira otro. Pienso, pienso mucho. Esta vez no me dan ganas de reírme. Debo de tener una de esas caras expresivas, que dejan ver las emociones en un estado tan puro como el de alcohol etílico porque me miran y se van. Como si yo echase espuma por la boca.

A la salida, hace frío. Mucho frío. Miro. Dijo que ya había llegado, que estaba afuera. Y ahí está: apoyado contra una pared con la campera negra de cuero. Uno más de los de la puerta. Me acerco y Ramiro me saluda con un beso de esos que a mí me gustan, con lengua, hasta el fondo.

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