Maldito duende Le Troquiano

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El poeta y prosista español Federico García Lorca concibió y desarrolló una teoría estética originalísima: “La teoría del duende”. El duende envuelve la fantasía y la magia, lo digno y auténtico, lo visceral y lo brutal. Esta esencia va mucho más allá de la técnica, la formación y la maestría, corre en las venas y quema la sangre y se vomita como bilis. “Es un poder y no un obrar. Es un luchar y no un pensar” (Textual de Lorca). Cada arte tiene su propio duende con formas y maneras distintas y el creador, para llamar al duende, tiene que desgarrar su voz, su pluma, su pincel, empobrecerse de facultades; tiene que alejar a su musa y quedarse desamparado. En lo sombrío. Sólo así puede que el duende llegue. Lorca, alguna vez, acudió a una presentación de la cantaora Pastora Pavón en Cádiz. Él dijo que su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y sinceridad. De eso se trata. Existen también lugares que poseen esa magia, donde pululan poetas malditos que cargan consigo a “duendes moribundos que arrastran por el suelo sus alas de cuchillos oxidados”. (Expresión de Lorca). Uno de estos lugares privilegiados se encuentra en el límite de los porteñísimos barrios de Almagro y Abasto. Yace entre el tango, la bohemia, los inmigrantes, la clase trabajadora y los centros culturales. Tiene el nombre de “Le Troquet De Henry”, un bar cultural que tiene unos 8 años de vida y que está a sólo dos cuadras del agresivísimo Centro Comercial Abasto.

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Es viernes por la noche y en definitiva un día propicio para adentrarse en ese mundillo lascivo. Frente al bar las mesas de madera vieja posan sobre la vereda en donde empiezan a concentrarse poetas, escritores, pintores, cineastas, periodistas y dibujantes y pacientes del hospital psiquiátrico José T Borda. Todos malditos. Todos habitués. También estudiantes y algunos curiosos que pasan a tomarse una cerveza fría a bajísimo precio. Incluso desde fuera del bar se puede apreciar la orgía de sonidos que se forma. Los cristales chocando unos contra otros, el bandoneón de Troilo, garganta con arena y Polaco Goyeneche, voces aguardientosas debatiendo fervorosamente sobre literatura y poesía y demás sonidos negros. Todos sonidos de ese color. Este lugar está plagado de sinestesias. Y es en las raíces de esos sonidos, ese misterio, donde descansa el duende.

El salón principal está plagado de breves poemas escritos en pedazos de papel multicolor que van adheridos a los muros. También se puede observar dibujos y retratos hechos por uno de los tantos habitués. Una rocola situada en una esquina y un par de antigüedades le dan carácter al lugar. Frente al antiquísimo tocadiscos se ve una escalera que lleva al sótano. Parece abrazar las puertas del mismo Hades. Los más lúbricos están inmersos ahí. Sobre la barra se aglutinan vasos medio vacíos y miradas perdidas. Es un desfile de decadencia. Exquisita decadencia. Uno de los tantos parroquianos, Aldo Saliva, poeta, escritor y crítico literario conversa con otro muchacho en un rincón. Se escucha apenas nombrar a Rimbaud en la gravedad de su voz. Al lado de él otros poetas más, conversan pausadamente. Todos amigos entre sí. La música de Tom Waitts, en esta ocasión, hace retumbar las paredes pintarrajeadas y sucias. De manera abrupta apagan la música. Expectativa. El actor, músico y poeta surrealista Ganimedes Muriel entra a escena llevando puesto un casco de minero, un mameluco, y un velo viuda. Vocifera un poema indescifrable. Tal vez haga falta sensibilidad para apreciar su arte surrealista o poseer los instrumentos para decodificar el metatexto o, el poema, es verdaderamente un bodrio. Termina la actuación del poeta Ganimedes y la gente lo aplaude de manera escueta. Pasa la gorra, saluda a los locales, y procede a retirarse del bar. Suben nuevamente el volumen de la música. Ahora lo que se escucha es la parafernalia psicodélica de The Doors. La lisérgica música entusiasma a los parroquianos.

Sentado al lado de Aldo, apoyando un codo sobre la barra y descansado la cabeza sobre su puño, en señal de desaliento, es “El Polaco”. Otro poeta maldito. Decadente y depresivo. Sus ojos brillosos tienen, en realidad una tonalidad grisácea. Distópicos.

-Me hace recordar a Peralta Ramos. Quien decía que era actor, poeta, músico y demás. Al final era todo eso, y no era nada. Es una mierda- Despotrica el ruso.
-Vos escribís peor- Añade mordazmente Aldo.

Del otro lado de la barra, el bartender ríe a carcajadas que retumban como tambores de guerra. Corpulento y con barba poblada, usa un sombrero de mimbre y una camisa floreada color campari. Su nombre es Pancho Chiroque y trabaja en el bar sólo un par de veces a la semana. Maldito. Publicó un libro de ilustraciones con otros pintores que fue a parar a presentaciones en Moscú ganando menciones. Siempre lo narra a manera de anécdota. Y cuando lo hace se le hincha el pecho.

Las voces se contienen entre sí y las cabezas voltean compasadamente, un segundo, cuando ven pasar a la marbusa de rizos color fuego acariciando sus finos hombros y espalda pecosa, cejas pobladas y falda corta, cuando se pierde entre la multitud las cabezas, y la mirada, vuelven fijamente al turbio vaso.

El baño es un desfile de gárgolas empolvadas que dan vueltas en círculos. Las paredes pintarrajeadas con frasesy graffitis insulsos acompañan a algunos pequeños dibujos de Goya y Blake con motivos demoníacos que representan la Divina Comedia. De ese inframundo –del terrible 9no círculo- parece emerger Charlie Curado “El negro”. Cineasta y guionista, es uno más de la jauría. Otro maldito. Se acerca al grupo con los ojos dilatados, sonrisa retorcida y un par de gotas de sudor que le adornan la frente.

La tertulia prosigue y las horas también. Las mujeres cometen su desfile y algunos cazan a sus presas como aves de rapiña. La música va bajando sus decibeles y el bar va cayendo. Como la noche misma. De a pocos se van evaporando. Quedan algunos malditos guitarreando y cantando algo de Víctor Jara, ya con la persiana del bar baja. Los primeros e inoportunos rayos del alba, que arremete sin tregua, van penetrando por pequeños ventanales empolvados. Como flagelos vitalicios. Odiosos. Los cantores del inframundo se van desarticulando y emprenden la huida. De a uno y de a dos. Otra noche más, igual a muchas. Nos despedimos pero el bar no queda vacío. Queda la locura, queda la vesania, clavada de uñas y dientes. Queda el duende. El maldito duende le troquiano.

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Mario Abad

Mario Abad (1983) nació en Santa Beatriz, Lima-Perú, barrio capitalino cantera de generaciones de escritores y poetas en las décadas del 50 y 70. Cursó estudios universitarios en Ciencias Económicas y Periodismo. Radicado en Buenos Aires hace 9 años, reconoce a la palabra escrita como el camino definitivo y fin supremo.

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