Axioma de lo absurdo

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Los campanazos de las 6 de la tarde traen consigo a un cardumen de corderos que se van acercando hacia las puertas del templo a paso medianamente lento, portando miradas perdidas y cabezas bajas. El hato hipnotizado por el sordo y seco sonido se ve atraído como clavo oxidado hacia una gran calamita dogmática. La calle llovida forma en el asfalto espejos negros embrujados que reflejan pasos de muertos en vida. Miserables y desposeídos sin paraje yacen sobre la calzada de aguas morenas pidiendo monedas y misericordia y haciendo brutal contraste con la opulencia de los clérigos. Una bofetada a la pobreza y a la lucidez. Los feligreses se persignan la frente al traspasar la entrada fastuosa de la casa murmurando y murmurando.

Dentro imponentes efigies y motivos coloridos, fastuosos, fétidos. El salón, de nave rectangular, luce en el fondo al nazareno crucificado, gigante y sufriente, que posa en lo alto. Y rodeándonos grandes ventanales multicolor que portan figuras de santos y simbologías. A los lados, anchas y gruesas columnas de exquisito mármol. Y el presbiterio imponente junto con el ábside semicircular forma parte de la cabecera de la nave. Todo de magnífica arquitectura. Frío y opaco. De fúnebre semblante.

El cura se hace presente, bendice el altar y saluda a la asamblea, y da por iniciada la sesión. Túnica blanca y lentes gruesos de aumento que parecen el culo de una botella. Tiene el perfil de un pedófilo encarnizado. Dos jóvenes monaguillos con túnicas rojiblancas rodean al clérigo en el altar. Uno de ellos carga una campanilla que agita entusiasmado cuando el clérigo termina una sentencia. El otro mece compasadamente un turíbulo, donde quema incienso, cogiéndolo de su cadena. Tierno petrificado.

El sacerdote reclama el acto penitencial en el cual los incautos piden perdón por sus faltas. Miserables, como yo. Sumisos y cabizbajos ruegan. Luego de insulsas alabanzas ordena una oración colecta. Los minutos van tomando la forma de las horas y de lo insufrible. Lectura de testamentos, oraciones, rezos y rezos. A esta altura de la misa el licor dentro de mi petaca de aluminio anda por la mitad. Ron Viejo, no de Caldas, sino de alguna estantería ingrata, me ayuda a soportar el cretinismo, a mí. Lo absurdo. El cura toma el cáliz con vino y pregona que es la sangre de Cristo. Toma un trago. Al pasar la colecta le sonrío a la mujer de frente arrugada y párpados lánguidos que porta la canasta. Pasa sin decirme nada. Prefiero gastar mis monedas en más ron barato. Llegó el momento de la comunión.

Los desgraciados se arrastran como reptiles de cola cortada y pútrida. Comen un trocillo de masa insípida de las manos del clérigo. Casi finalizando el acto pide por la paz y la hatajo comienza por abrazarse. Yo le doy el último trago a mi petaca y emprendo la retirada poco antes del colapso.
Más contrariado que de costumbre voy caminando por un largo trecho, a encontrarme con mis reflejos. A aspirar vahos de poesía y libertad, y tragar y beber obsesiones. Me ajusto mucho mejor a una noche de negra visceralidad que a una jaula de grises barreras oxidadas donde pululan axiomas. Una jaula absurda con finalidad prefijada. Del conflicto entre el llamamiento humano y la irracionalidad del mundo. Del más puro estado de fúnebre reflexión. Pero de un axioma, no. Menos de un axioma del absurdo.

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Mario Abad

Mario Abad (1983) nació en Santa Beatriz, Lima-Perú, barrio capitalino cantera de generaciones de escritores y poetas en las décadas del 50 y 70. Cursó estudios universitarios en Ciencias Económicas y Periodismo. Radicado en Buenos Aires hace 9 años, reconoce a la palabra escrita como el camino definitivo y fin supremo.

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