Yo maté a la tortuga Natacha

Si hubiese tenido jeringas seguro la clorofila se la hubiese inyectado. Un par de veces le ofrecí acelga, más su afición por la lechuga era tal, que no hizo más que rechazar. Hicimos un trato, yo le proveía de su material, y ella a cambio me transmitía mensajes de otros animales que yo necesitaba conmigo, pero a quienes yo no podía acceder. Es difícil comunicarse con los animales, sobre todo si son reptiles. Sus cuerdas vocales tienen otro cuerpo, es muy difícil para un humano reproducir sus sonidos. Pero la tortuga Natacha aprendió a hablar conmigo y yo con ella. Su mirada era paciente. Yo tocaba sus párpados para obligarla a mirarme, veía mi cara gorda y rosada y abría su boca en algo que para mí era como un bostezo, pero para ella era el mayor gesto de empatía que podía articular. El asunto es que en la medida que fuimos creciendo cada cual empezó a desarrollar sus propios intereses. Ella cayó en la lechuga. Yo, en cambio, empecé a preocuparme por el cambio climático. Y así, cuando yo tenía 12, y ella 32, le propuse el trato. Natacha, no nos pisemos la capa entre superhéroes. Yo sé de tu afición por la lechuga. Sé que donde tú te mueves es un producto difícil de conseguir, pero para mí es fácil. Tú en cambio tienes acceso a círculos a los que yo no puedo contactar, conoces gente, tú sabes. No es simple esto que te estoy proponiendo, sobre todo para mí, porque tengo que ponderar tu bienestar con el bienestar del mundo. Sabes que me preocupa esto del cambio de temperatura del planeta tierra, te lo he comentado. Tus amigos tienen información al respecto. Pienso que podemos hacer un trato. Lo que te propongo es que yo te proveo de lechuga, la suficiente para que te mantengas tranquila, y en cambio tú me ayudas a hacer circular cierta información. A todos nos interesa poder seguir viviendo en este lugar. Hay que pensar a largo plazo. Esto yo lo hago por un interés que va más allá de mi misma. ¿Qué opinas? Ella me miró con su parpado gris muy abierto y las pupilas inyectadas en sangre negra. Yo sabía que había tocado su lado débil, era difícil que se negara. No me dio respuesta, pero a la semana siguiente dejé un par de hojas de lechuga en su caja, y a los pocos días los datos empezaron a circular. Chanchitos de tierra sabían cosas respecto a la dotación de nutrientes del suelo vegetal ubicado en el patio. Yo también lo supe. Caracoles habían implementado sistemas de medición altamente tecnificados y precisos de la humedad del ambiente. Yo también tuve acceso a esa información. Hormigas que vaticinaban las lluvias del año entrante. Eso también me llegaba. Fueron años de abundancia. Construí una base de datos de información del devenir de la tierra insuperable. Y lo mejor era que todo era producto de una cooperación entre especies. Yo me estaba preparando para ser la nueva Al Gore, y todo iba viento en popa. Sin embargo en un momento algo empezó a fallar. Natacha había descubierto una nueva sustancia, pero esta vez de aquellas que son nocivas. Todos sabemos que la lechuga no le hace daño a nadie. De hecho nunca hemos entendido porqué podría estar prohibida. En todo caso, su nueva afición era mucho más difícil de controlar. El pelo. Se hizo adicta a los pelos. Oh sí. Todo tipo de pelos, de perros, gatos, humanos, jóvenes y viejos, etc., esto entre lo que yo lograba distinguir. Uno nunca sabe lo que un adicto está consumiendo. Pero el mayor problema era que yo, justamente yo, era una fuente inagotable de pelos y Natacha se aprovechaba de ello. Mi melena era larga y frondosa y botaba permanentemente aquellos ejemplares de pelo que ella consideraba de mejor ley. Para mí era incontrolable. Natacha, apenas veía alguno de mis pelos deambulando, empezaba un afanoso movimiento cretácico por conseguirlo. Y movía su pierna, y su brazo, y su caparazón en busca del pelo caído. Y yo, que en esa época era una lunática obsesionada con el cambio climático, apenas lograba darme cuenta. Fue tarde cuando me percaté de lo profunda que era su adicción. Un día la encontré en su caja, absorta. Sus parpados ya no abrían. Su caparazón aún retenía los fantasmas de las épocas del pre-desastre. Con mi familia buscamos un médico, pero nadie era capaz de atenderla. Por lo demás, tampoco podíamos acudir a centros asistenciales. Ustedes saben, quiéralo o no, yo estaba involucrada en el asunto. La enterramos en el patio dentro de una caja de cartón piedra. Desde entonces siempre me he culpado por su muerte. Creo que si yo no hubiese alimentado su afición por la lechuga, quizá nunca habría conocido los pelos. Pero quien sabe realmente cual fue la causa de su deceso. No hubo autopsia. No hubo Servicio Médico Legal. No hubo nada. No pasó por ventanilla. En todo caso creo los Chanchitos de tierra deben tener bastante clara la causa, pero esa es información a la que ya no tengo acceso. Y si alguien tiene acceso, al menos tengo claro que difícilmente ese alguien llegará a mí. Nunca le dije a Natacha mi verdadero nombre.

Créditos por la ilustración titulada "Madre tortuga", del artísta Carlos Arrojo Naya, pueden visitar su página web aquí y su facebook 




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