Editorial de Suda la Lengua

 

¿Qué hace al ser humano, ser, más allá de una simple demostración de su libre albedrío ante la voluntad, algo que dice, cuenta y calla?

Con el pasar de los años la sociedad se mueve y transforma dentro de nuevas disputas sobre la opinión pública, el sentido común y lo común de la doxa cotidiana, armando un espectáculo fascinante de burradas publicadas en cuanto pasquín o diario serio se encuentre por ahí, construyendo relatos efímeros e insustanciales, tan parecidos a un comentario shitstorm del internet y del internauta.

Tan común es que, ante las mismas debacles de la existencia, el relato más pronunciado no es la llegada de la futilidad, sino el no poder gozar como el mundo disfruta (al parecer) de ese goce. El diario vivir a expensas del tiempo retira y recicla esas ansias ante el placer, suprime las voces de curiosidad sacando velos de interés y arrojándonos pornográficamente a las redes más viscerales del neoliberalismo, donde somos carne económica, donde somos carne en busca de carne. Nosotros, al fin y al cabo, también somos otra expresión del dinero.

Entonces, ante este hastío constante, que disminuye a pasos agigantados la labor de la decepción (porque en este mundo si has de decepcionarte, ha de ser ante ti mismo, no ante el mundo corroído), el agónico Eros deja de mostrarnos el ritmo de la cultura y de la cordura, deja de poder darnos la luz que otros dispararon al aire. Este agónico Eros ya no puede salir como la bengala lanzada por Rimbaud, De Rokha, Rojas o Pizarnik. Este Eros muere y nosotros (el mundo) lo estamos matando.

¿Qué hace el arte? ¿Qué hace el artista? Sobre todo, ser responsable de la voluntad de su punto de vista. Con la revolución digital cualquiera puede tomar una fotografía, ya sea de un atardecer en la playa, o del propio culo frente a un espejo. Pero, ¿qué diferencia a la imagen (que se constituye como realidad en estos días) sacada por cualquier cámara de celular, de la fotografía de Salgado, Larraín o Rojas de Negri? Precisamente, el punto de vista, que es un arte en sí mismo.

El escritor, el cineasta, el artista visual o el dibujante tienen la misma característica, esa voluntad férrea del hablar y decir a viva voz que el mundo se está yendo al carajo. Pero los perdemos de a poco, porque el Eros se nos va: la estructura erótica que da el potencial más bello a la obra del artista, aquella pasión que da el arché a la obra más profunda, muere en la falta de curiosidad ante la cultura, aquel eslabón que nunca se alcanza pero cuyo gusto radica en su búsqueda constante.

Desde aquí hay que levantar la voz: hablar desde lo erótico de correr un velo para observar el deseo mismo, desde subir la escalera de un librero para alcanzar el volumen deseado, desde el piso de la voluntad de querer animarse a retratar el mundo. No desde la comodidad de lo visceral entre la imagen y el ojo.

 

 

Imagen: El caminante sobre el mar de nubes. Caspar David Friedrich. 1818

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