La mirada de Jesú

Lo del pela es ese lugar donde las penas se van cantando. Y bailando con los mismos de siempre: con los de la parroquia y algún que otro invitado copado.

Julián se sienta sobre una silla mirándonos sobrador a nosotros ––los escabiados–– y la rubia bordea la silla y le juguetea y van reaccionando y coordinando sobre la marcha. El tipo es amigo de Seba y Manu; tiene barba, un tatuaje enorme de un dragón en el brazo y un cuerpo de tepartísenocho. Me lo apreté hace un tiempo: antes de que se pusiera con la de la barra, que es un bagre. La rubia, en cambio, es dirigente de manada y, qué se yo, es muy fina: una diosa total. No es rubia teñida, creo que tiene veinticinco y, al igual que nosotras, no tiene pilchas lindas. Pero sí tiene algo que la hace fina y calculo que es por eso que se afana el bar. Entonces, lo saca a Julián de su comodidad y siguen improvisando, solo que ahora bailan: ella se mueve con gracia y su rosario blanco tiembla y tiembla. Ese rosario que no se saca nunca, que es de careta porque con suerte la habré visto dos veces en la misa. Alguno le canta “mucha ropa”. Julián le pone más ganas hasta que el baile explota. Como al pela le gustó lo que vio, entrega una birra, que ella comparte con los de la mesa. Es decir, con los otros dirigentes nada viejos. Y suena el eco de “un aplauso para la rubia”. Y claro que le aplauden. Y pasa otra mina que nunca vimos con otro tipo que nunca vimos.

Seguimos escabiando hasta que a las tres se arma el baile en serio.

Entre todos, corremos las sillas para hacer espacio. Y cuando la música empieza a contagiar, como somos veinte personas dentro de una ratonera, nadie le mezquina unos pasitos a nadie. La rubia, por ejemplo, tiene mínimo tres tipos alrededor haciéndole fiesta. Y yo, a Tati y la humareda de los puchos que me hace mierda.

Con Tati seguimos sentadas en las pocas sillas que no están dadas vuelta. Hoy no venían los pibes y la conchuda aprovechó para peinarse para atrás con unos invisibles y bañarse en un perfume fuertísimo. Hoy, que no vino el noviecito.

––Che, ¿te contaron? La rubia se garchó a Seba, Manu y Toto ––suelta mi amiga mirando al mujerón moverse.

––Na.

––Te lo juro. Todos los dirigentes. Primero a Manu. Después a Seba. Y después a Toto. Nosotras nos vamos de acá y ella se los garcha. Así como así. Depende de cómo pinta.

––Pero… No sé… Yo creo que viene para pasarla bien nomás. Como que los calienta y se manda a mudar. Ese tipo de mina.

––Ay, Miru. Te estaría faltando calle…

––¿Se los garchó? ¿Será por eso que le dedicaron una fogata en el campa de Tandil?

––Sabé que sí.

––No importa. La rubia la tiene clara. Y Seba está para entrarle fuerte. Boluda, cómo me gustaría ser la rubia para compartir mesa con esos tres.

––¿Mesa nada más? Ja, ja. Me parece que a Meli también. ¿Viste cuando estamos en el grupo y va y lo abraza a Seba apoyándole las tetas esas? Está regaladísima.

Asiento y chupo el daiquiri que me regaló el pela.

––Sebaa ––la imita.

––Sh. Bajá la voz que Jesú te va a escuchar ––le digo.

––Ay, esta Melisa… ––suspira.

––Ay, Melisa ––Sonrío––, vos sí que sos ligera.

––Ay, Melisa… ––sigue Tati con picardía.

––Qué puta que sos ––lo completo.

Porque así es nuestro cantito de la amistad: “Ay, (complete con algún nombre de algún gato del grupo). ¡Vos sí que sos ligera! Ay, (complete con algún nombre de algún gato del grupo). ¡Qué puta que sos!”.

––Hay que esperar nomás ––dice Tati––. Unos añitos más y quizá compartamos carpa con ellos.

––Si siguen estando y no se van para otro grupo.

––Claro, claro.

––¿Cómo te ves con los de manada?

––Yo quiero estar con los rover.

––Mm, ¿te parece que podrías manejarlos? Yo elegiría a la manada, que son más chiquitos y…

Viene un pibe y la agarra a Tati y Tati se presta al baile. Yo sigo en compañía de la humareda y el daiquiri. Seba, en la otra punta, en compañía del güisqui. El mismísimo Jesús con un piercing en el labio y los dientes carcomidos por la nicotina. Pensativo. Inalcanzable. Nos tiene cagando con los proyectos que deberíamos armar y no armamos. Somos unos rover vagos. Deberíamos ir a hospitales a disfrazarnos de payasos o a geriátricos a hacerles compañía a los viejos. Y yo solo voy a la iglesia por las facturas gratis. Bendecimos la merienda y me abalanzo y es una guerra para ver quién agarra más. Todos tienen algún mambo familiar o algún tipo de adicción a algo. Por eso, Seba dice que soy la más normal del grupo. No entendió nada: le doy a las facturas. Como y no engordo. No como Melisa. Mejor dejo de mirarlo porque, por más que esté lejos, dicen que si mirás mucho a alguien se termina dando cuenta. Y encima mañana temprano voy a tener suficiente tiempo para verlo en esa misa a la que los dirigentes nos hacen ir cuando algunos de ellos no van. Mejor que no vayan esos algunos.

Se me acerca un tipo pintón, rubiecito de ojos miel.

––Miranda, ¿no?

––Eh, sí. ¿Cómo sabés?

––Soy amigo de Julián, Seba y Manu.

––Ah, mirá.

––Soy Martín ––dice medio serio, medio en pose.

Tincho me invita una birra y bailo un rato con él ese cuarteto. Se mueve con gracia. Me gusta. Soy la rubia. Me dejo llevar. Me deslizo. Tati se divierte al lado mío. De golpe, Tincho baila con Tati y yo, con Julián.

––Eii, hace tiempo que no te veía por acá ––me dice con esa boca que destila alcohol barato.

––Sí, sí. Estoy yendo más a otro barcito.

La de la barra nos mira. Un amigo viene con la camiseta del rojo y me abraza.

––¡Qué hacés, piba!

Y empieza a meter púa por unos tragos mal hechos que nunca garpé. En eso, se acerca este Tincho con una birra en mano y me pregunta:

––Linda, ¿querés flores?

Y asiento. Si son de ese papi, de las que se fuman y las otras.

Prometieron que se armaba una buena previa. Paso por lo de Tati para que me preste algún vestidito porque si hay algo que no tengo es ropa de noche. Con suerte tengo ropa. Vendí gran parte de mis cosas en la feria de Parque Centenario para sacar unos buenos mangos para el último campamento. Era eso o que mamá vendiera los discos de Sandro. Doy vuelta el armario de mi amiga y termino eligiendo un bodi negro de encaje con una pollerita roja. Caminamos para lo de Julián, que queda a unas seis cuadras. Toco el timbre y aparecen el anfitrión, Tincho, uno alto y uno más. Sobre la mesa, hay vino en cartón y ferné. Sentadas, hay cuatro chicas más grandes, de unos veintipico. Todas con los labios pintados de rosa, de rojo o lo que se te ocurra. Todas chupando.

––¿De dónde se conocen? ––pregunto pasando la vista de ellas a los tipos.

––Por una amiga ––responde una de flequillo––. Viqui.

––¿Cuál Viqui? ¿La rubia?

––Sí, ¿la conocés? Somos amigas del Normal.

––Se, la conozco de la parroquia. ¿Y no vino con ustedes?

––No, se veía con el chongo… ¿Ustedes también son scout?

Tati y yo asentimos. Tincho agarra el vino y nos sirve a todos. La miro a mi amiga y le tiro una punta para ver si se acuerda de ese hitazo que inventamos. Su cara me da el sí.

 

Se cree que lo tiene todo

Labura y es caballeroso

El beso a mí no me lo saca

Que se vaya a pajear a la casa

 

Pero con el tinto caigo

Ay cómo caigo con los pibes con el tinto

 

––Me gusta tu top ––me dice una de pelo corto––. ¿Cuántos años tenés?

––Diecisiete.

––Ah, sos chiquita…

Me violentaría pero chupo un poco. Julián habla del laburo en la fábrica de aromatizantes y lo garca que es ese fulano. El calor pegajoso del verano es mortal. Tati se entusiasma charlando con una de las chicas sobre la nieta de Víctor Sueiro, que la conoce y es rarísima. El alto trata de levantarse a la de pelo corto y no tiene idea. Me aburro así que chupo.

––Bueno, nosotras ya nos vamos… ––dice la de flequillo––. Nos vamos a bailar.

––¿Cómo? ¿No vamos todos juntos?

––Vamos a Ayelén. Es a partir de veintiuno, ustedes no podrían pasar.

––Ah… No importa. Nosotras también tendríamos que ir yendo, ¿no? ––le tiro a mi amiga––. ¿No íbamos a lo del negro después de esto?

––Na, quedémonos un ratitín más ––dice Tati con el vino en mano––. Después vemos.

––¿No se quieren quedar? ––pregunta Tincho a la de flequillo.

––No…

––¿Seguras?

Asienten. Nos despedimos de todas con un beso y algún buen deseo.

Tincho cierra la puerta y le dice al alto:

––Las espantaste, gil.

Todos nos miramos en silencio. Julián, desde su lugar, dice:

––Bueeno…

Y se baja los pantalones. Tiene unos calzoncillos blancos. Tincho, que ahora está parado al lado mío, me agarra de la cintura y me empieza a comer la boca. Besa bien. Pero siento las miradas de todos clavadas en mí y paro. Lo miro indecisa.

––Dale, cogételos ––propone Tati––. Si ya estás en pelotas…

––¿Qué?

––Cogételos.

Lo dice seria, lo dice en serio. Me examino. Debajo del encaje, se me ve algo de piel. Tiene razón. Ya estoy cansada de que todas las noches sean iguales. Y esto está pintando. Además, los amigos de Seba están fuertísimos. Quizá porque son los amigos de Seba.

––Mm, podría salir algo, sí ––tiro.

––Linda, no sos virgo, ¿no? ––pregunta Julián receloso.

––No, ¿vos no estás con la de la barra?

––Ble, pero no importa.

––Vamos para la pieza, ¿venís? ––pregunta Tincho a mi amiga.

––No, ya estoy con alguien.

––Dale, no seas cortamambo.

––No, no. Vayan ustedes.

Y la felicito internamente porque ya llevan dos años. Pero tampoco se queda sola. El alto se queda con ella.

Julián, Tincho y el otro me escoltan por la casa chorizo hasta donde está la cama. La madera bajo nuestros pies cruje.

––Mirala a la niña exploradora ––se sonríe Tincho.

––Ja, ja…

––¿Ya te pegó el vino que caminás así? ––bardea Julián.

––Callate, pelotudo.

Es una cama grande estoy algo nerviosa estoy medio peluda pero es mi día de suerte soy una diosa yo no soy yo sigo pensando en eso yo no soy yo soy muy sexsi a cualquier chica le gustaría estar con estos tres papis la tía dice que soy linda que puedo tener a todos los que yo quiera cuantos más mejor todos juntos a mis pies y las otras boludas se fueron a Ayelén se lo pierden qué bueno que no tengo veintiuno me tiro en la cama mierda es dura como una piedra Tincho y el otro se quedan afuera Julián se sienta junto a mí y empezamos a chapar estoy mareada pero no sé si por el vino o el beso.

Sobre la mesita hay dos cds agarrados por una gomita.

––Che, tengo el pelo suelto y es incómodo. Me lo voy a atar. Perá.

Me pongo la gomita. Es de las que lastiman pero si no después con los demás se me van a ir los pelos a la cara y no se puede.

––Vos relajá, ¿sí? ––dice Julián.

––Sí, Seba.

––¿Qué?

––Nada.

––¿Te querés coger a mi amigo Seba?

––Ajá…

––Ay, nena, qué sucia que sos. No sabés cómo te agarro toda.

Me arranca la ropa y se saca el pantalón me recorre el cuerpo con la mano dos minutos y estoy acostada con su pija en la boca el que no sé cómo se llama nos mira apoyado contra la pared llena de humedad y se ríe la pollera y el pantalón en el piso mi bombacha amarilla sobre la mesita con las colillas y los forros.

––Dejá de reírte que me la re bajás, gato ––tira Julián––. Así no se puede.

Tincho se tienta.

––Basta ––sigue Julián––. Déjense de joder los dos.

Pero en el fondo Julián también tiene algo de risa y ahora se empiezan a concentrar se suma Tincho y me acaricia y mete los dedos y algo me calienta pero me quedé con la risa por qué se oía la risa pide que le agarre la pija se la agarro y la sacudo mientras sigo acostada con la pija de Julián en la boca lo que larga es insoportable de lo fuerte que es pero me gusta sentirles el cuerpo, que los dos tengan un cuerpo de papi, de gimnasio pero no la estoy pasando tan bien como con mi ex se acerca el otro y sin más me la mete con el forro y empieza a cogerme me duele y quiero gritar quiero decirle que no que no estoy tan excitada para eso pero no puedo sigo con la pija de Julián en la boca quizá lo mío no es el show son muchos quiero uno solo con flores de las de los enamorados.

Libero la boca y justo cuando estoy a punto de hablar escucho una voz familiar, que dice:

––¿Melisa?

Sigo mareada. Me llega un potente olor a faso. Pero no veo nada porque tengo a los tipos que me tapan. Forcejeo y ellos se corren sorprendidos, también, por la voz. Y, ahora sí, en el umbral lo veo en cueros con un rosario blanco que no es suyo colgándole del cuello… Seba, que con cara de shock absoluto sacude la cabeza ante la verdad y murmura:

––Ah, no…

Imagen de Portada: mechakraken

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