La Caravana

La Caravana nunca dejaba de andar, su existencia estaba basada en el principio ancestral del perpetuo peregrinaje. Un momento de descanso significaba afectar el virtuoso equilibrio que la mantenía con vida, a salvo de “Inti”, nombre común asociado a la estrella oculta tras el horizonte, sinónimo de muerte, mal, infierno. Eran nómadas, descansaban andando.
Por el desierto más grande del planeta, conocido desde siempre como “T’iyut’iyu” (arenal), se desplazaba constante y deforme la expedición. Como un gran reptil atorado con un camello, surcaba una cicatriz pasajera sobre el suave manto de fina arena blanca, un legado fugaz de su paso por aquel océano de sal. La Caravana no se detenía. La cola del “Ekeko” (Dios de la abundancia y la fecundidad, ídolo popular venerado por los “Runas”, la gente) era bulliciosa y vibrante. A la retaguardia eran desplazados ladrones y asesinos, esclavos y prostitutas, toda la lacra que chorreaba una sociedad en continuo tránsito por subsistir. Era común escuchar melodías sagradas de arrepentimiento y dolor, blues transmitidos desde otros tiempos y lugares del cosmos. Eran cantos que desgarraban e inspiraban al mismo tiempo. Entonados como un gran coro de muerte daban consuelo a los caminantes que, bajo las estrellas, las lunas y la noche eterna, veían transcurrir sus vidas.
Al centro se desarrollaba la vida como en un antiguo feudo andante, un Castillo acarreado por súbditos moribundos era el alma del lagarto, donde habitaban los “Inkas” (hombres de nobleza). Organizados en una asamblea, discutían sobre lo indiscutible y se aprovechaban con virtuosismo de su posición privilegiada. Los “Runas” formaban la masa de la aldea. Llevaban una vida común dentro de lo posible, cantinas, bohemia, teatro callejero, cultos profanos, sexo vagabundo. Los ancianos en sus carruajes mortuorios se mantenían vivos para transmitir sus historias como marinos en viaje vitalicio. Todo transcurría en procesión.
Al cruzar el vasto arenal, el grupo de avanzada liderado por “Los Exploradores” tomaba distancia para marcar el rumbo. Por un estrecho cañón flanqueado por inmensas murallas de granito, guiaban el cortejo. Este pasadizo oculto les permitía rodear las empinadas montañas “Puka yana” (rojo oscuro que tiende a negro), una verdadera cordillera de cumbres gélidas y cráteres volcánicos inflamados, eructando fuego y rocas. Los Exploradores, únicos conocedores del itinerario, eran expertos lectores del “Janaxpacha” (mundo de arriba), auténticos astrónomos del futuro, capaces de traducir los mensajes del cielo para guiar a su pueblo a la salvación. Eran un puñado de hombres a cargo de toda una civilización errante, cuyo talento y conocimiento habían sido adquirido por herencia. Durante eones fueron trazadas y perfeccionadas estas rutas, un genuino legado de supervivencia. Sólo conociendo los secretos del “Muyu Pachan” (Círculo entero), la caravana podía avanzar al ritmo adecuado para mantenerse a salvo de Inti y su infierno de muerte.
Saliendo de la garganta de piedra se extendía desde sus pies hasta el lejano horizonte una planicie grisnoche cubierta de rocas y desechos volcánicos. En el centro, bajo una tenue neblina, se alzaban los restos de una cúpula blanca. Dos bóvedas más pequeñas, una de cada lado, aún seguían en pie, escoltando a la mayor. Eran tres elefantes blancos, carcazas de un lejano y olvidado asentamiento, quemado y convertido en ceniza estéril por el poder conmovedor de la estrella que les acechaba sin misericordia.
La caravana, estirada como víbora, seguía su marcha en descenso hasta depositarse sobre la amplia meseta. Lentamente volvía a su estado de inflamación y prolijo desorden. En dirección a las cúpulas podía sentirse el revuelo y una exclamación generalizada que brotaba desde el abdomen de cada habitante de esta raza errante. La multitud era guiada hasta rodear el sitio, de forma conmovedoramente dispuesta. Entonces tenía lugar el único descanso permitido a lo largo de la tenaz órbita a la que permanecía atado este extenuado pueblo.
Era un sitio de culto, un templo sagrado para los Runas. Según contaba la leyenda allí habrían llegado los primeros hombres, viajeros provenientes de los confines del “Janaxpacha”, quienes posaron en este valle sus naves e instalaron estas tres cúpulas para asentarse y proliferar como colonia. Tan ignorantes como ingenuos, desconocían el poder de “Pacha K’anchay” (Luz universal, la del sol), y murieron carbonizados al amanecer del día siguiente. Solo un grupo reducido sobrevivió, una cuadrilla de exploradores cuya misión era darle la vuelta al inhóspito planeta. Vivos por gracia del azar, pronto descubrieron que “Tuta” (la noche) era su único hogar y fiel aliado contra las llamas de Inti. Luego de meses de deambular volvieron a la pasar por la chamuscada colonia. Desde entonces desfilaban siguiendo al ocaso como si fuese Dios, su salvador.

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