Adelanto: Pantanos de Antimateria

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Decir que todo comenzó con ella es faltar a la verdad. Pero, por alguna razón, cuando vuelvo la mirada hacía atrás percibo en ella el principio de una transformación trascendental, percibo que su inesperada aparición en mi vida la dotó de un nuevo sentido al que me fue imposible renunciar cuando aquel mínimo, pero intenso romance llegó a su fin. Si, cuando todo estuvo acabado, aquel fuego, aquel ardor suave que nacía en mis labios y terminaba en mis testículos, perduró invencible en mi, a costa mía, en contra de mi debilitada voluntad, repitiéndose día a día. Me explico: punto por punto, ángulo por ángulo, en algún momento del día, por alguna seña, aquel calor emergía y yo lo disfrutaba como quien disfruta una droga, alucinando con el día en que volvería a verla, en el que la tendría definitivamente para mi. Absolutamente convencido de que en algún momento podríamos estar solos y mirarnos a la cara y charlar sobre los mundos sin que mediara tiempo o protocolo, ni preocupaciones que nos alejaran de la tranquilidad de la playa en donde la vería, por fin, moverse en el espacio, leer un libro, cenar. Podría, al fin, desencadenar la bestia rosada y cursi que llevaba, todavía en aquel entonces, escondida, de contrabando, a todas partes y podría, al fin, ser un hombre enamorado, comportarme como un hombre enamorado y decir te amo, sin temer que en esas palabras estuvieran contenidas los genes de la sucia adultez que ya no es inocente: la conveniencia, la mentira, la búsqueda de la tranquilidad. En fin, le haría cinco mil veces el amor como una bestia condenada y escribiría como un loco, repleto del fuego terrible que aparecía en mi gracias a ella.

Todos estos son los antecedentes acusatorios de mi estado. El diagnóstico es irrefutable: bobo con vocación de estúpido. Cuando vuelvo la cabeza hacia atrás no me queda más que avergonzarme (aunque por dentro me alegre de haber sido tan genuinamente insensato) por perder, no sólo en esto, sino en otras cuestiones igual de fútiles, tanto tiempo. Me queda, sin embargo, algo que agregar a mi favor: juzgar falta de estilo donde sólo hay honestidad es un defecto del espíritu acostumbrado a vivir en un mundo agobiado por las apariencias.

Decir que todo comenzó con ella es una forma de dotar de sentido el sin sentido del tiempo, la sucesión atómica de fuerzas y quarks que atraídos entre sí conforman el misterio al que llamamos realidad. La verdad es que así como el espacio, que por ser espeluznantemente ancho, carece de un punto de referencia exacto, el tiempo, por ser incorregible e inubicable, tiene su propia gravedad, una caprichosa gravedad que cada quien pone donde se le da la gana. Esta enorme gravedad en la que confluyen los recuerdos, en una extraña relación de causalidad carente de falseamiento empírico, se convierte, mediante una simbolicidad sonora que no vibra en el átomo externo, sino en el interno, como un tigre que se acecha a sí mismo, en lo que llamamos momentos, espacios de inflexión que marcan el paso de nuestras edades. Las aristas en los que se apoya la construcción de nuestro propio círculo, esfera, paralelepipedo, o lo que sea. Tal cual. Mojones que ponemos -o cagamos- en el agujero de la nada para no estar tan perdidos en la oscuridad. De todos modos, una manera mucho más elegante que los dogmas (o las ideologías o las teorías académicas), de encontrar la llave que nos abrirá las puertas de la comprensión para decir “he visto la luz” o para que digan de uno “él ha visto la luz” y el señor Dios termine por llevarnos a un lugar desconocido y aislado en su carro de fuego, lugar donde nos torturarán por haber osado desafiar el conocimiento de Dios todotalentoso.

Aunque, ahora que lo veo en perspectiva puedo concluir que estuve loco. Siete años viajé en la Stultifera Navis sin saberlo, esclavo de mis ideas y de mis emociones. Absolutamente convencido de que imperaba la razón en mi. Siete años dedicado al ocio y al alcohol. Despreciando el conocimiento y sus estatutos. Despreciando a las instituciones que lo propagaban y a los seres humanos que se dedicaban a enseñarlo.

En el Este del Cono Sur, entregado a la autodestrucción y a la política, a la música, a la poesía y al delirio, a la investigación humana de lo Hondo, o lo profundo, o la superficie de lo que no tiene nombre, buscaba razones. Cuando las encontraba me enfurecía, y rabioso comenzaba a roer los fundamentos de esa idea, clara y precisa, que me obligaría a alejarme del placer que me producía construir mi relato sobre las aristas dudosamente épicas de la estupidez.

De todas formas, si he de comenzar, he de comenzar por el principio.

                       ¿Pero dónde está? ¿En los Pantanos de Antimateria?

Quiero decir que una noche, en una esquina, en un bar, en una conversación, frente a un plato de comida que los transeúntes miraban con deseo y que provocó, fue la causa, el color material de la sentencia que terminaba por transportar, en las manos de un sujeto contratado para esa tarea, el mismo plato de pernil a las mesas de las otras personas que nos rodeaban, de manera tal que siendo yo el primero en pedirlo, me vi obligado a ser sujeto de la Influencia, testigo y profeta de ella, pues lo anuncie: Voy a pedir esto, en media hora estaremos rodeados de lo mismo. Cinco o seis platos de pernil más fueron pedidos: señor deme lo mismo que está comiendo ese tipo de allí. Es que el plato era bastante grande. Un pedazo de pernil con papas fritas, comida para bestias. No un pedazo de jamón (cómo extraño los jamones, no sabes cuanto).

Quizás sea este el episodio principal. Escrito sin seducción. Sin siquiera una pizca de deseo retórico. Sin embargo, ocurrió otra cosa, mientras se me borra el estilo en mi cabeza, y canto canto canto para escribir escribir. Si. Después sonó “por una cabeza”. Nos acordamos de Buenos Aires. Observamos a la violinista que estaba un tanto loca. Una violinista LOCA tocando en su instrumento “por una cabeza” y las pulsiones de la persecución se desataron. Era la segunda vez que la escuchaba de músicos diferentes en circunstancias similares ¿acaso eran de la misma escuela de música? Las pulsiones del destino. Las pulsiones de la muerte

Tercera cosa: combatiendo estas últimas semanas con un inmenso deseo de morir. Cuarto asunto: combatiéndolo mirando fotografías. Resistiendo a duras penas la angustia de la pérdida. Semanas de Perdida. Pérdida de Tiempo, Pérdida de Amigos. Pérdida de Vasos. Pérdida de Estilo Narrativo. Perdida de Ideas. Incluso Pérdida de Ciudades. En suma, morir. Pérdida de Recuerdos. Pérdida de Correos Electrónicos. Pérdida de energía subiendo la montaña del Huerquehue para no llegar a ver los Siete Lagos. Pérdida de bosques enteros consumidos por el fuego. Pérdida de energía terráquea expulsada por volcanes infinitos, evidencia de la OTRA TIERRA. Pero no. No hay Pérdida. La Pérdida no existe. Es una consecuencia del individuo. La Totalidad no asume la pérdida, pues la Totalidad es invencible y el tiempo no corre solo hacia delante, está en todos lados. TODOS LADOS TIEMPO TIEMPO.

Si.

Tiempo para ceviche mirando el mar

Tiempo conquistando

Muchachitas en boliches porteños

Tiempo para emborracharse

Tiempo para conversar con una banda de choros

Delincuentes, ladrones.

Tiempo para ser rechazado

Tiempo para perderse sin perderse

Tiempo para robarse una guitarra

Y desatar un “escándalo”

La guitarra fue devuelta al día

Siguiente.

Insultos, ofensas que se tragan porque parece ser, sucede que es una buena historia que contar. Bombas de luz.

¿Qué es una bomba de luz? Bomba de luz es un acto que revela verdades que de otro modo demorarían demasiado en mostrarse claramente a nuestros ojos. Con un costo emocional altísimo. O quizás, pequeño. Nervios y nauseas por la mañana, datos empíricos de La Angustia. Los truenos. La voz de las nubes gritando en el día nublado. Celebración de la Madre Tierra por la llegada del otoño. Nubes que tapan el cielo. No dejan ver algo que en Santiago no se ve de todas maneras: las pecas luminosas de La Bóveda Celeste.

Podría describirlas. Pero creo que es inútil. Será inútil adjuntar imágenes al texto de la novela. A la novela para ahorrarse las hojas que ejecutan la descripción en la conciencia del sujeto, ese, usted, yo, aquellos que leen.

U otras cuestiones. Triples amores. Amores en constante conflicto. Amores sin eternidad. Sin ejecución. Amores sin sexo. O con un sexo lento. Un espasmo físico que hace temblar la memoria. Que hace recordar lo bello de ese cuerpo. O lo bello de “los cuerpos” acariciados, besados, bebidos, comidos, cogidos, congelados en la sima del recuerdo, en la cima del recuerdo. Y buscar, en cualquier cima, en el abismo, aquel amor que no es esclavo. Un amor que no exija obediencia. Un amor ausente de prejuicios. Un amor en donde depositar la angustia.

Puedo describir intensidad de ojos. Pero me siento atrapado. No puedo decir la verdad sin herir. Sin derramar la sangre que debe derramar el texto. Sin que el acto de escribir me regale sus consecuencias, su ridícula victoria: La Miseria. Arriba, la luz de la luna se proyecta. La luna de perfil me sonríe como el Gato de Cheshire inclinando su cabeza como un Buho. Buho-gato. Un búho gato solo puede estar loco. Sabiduría e Instinto Irreprimible no convergen demasiado bien. Han de comerse en platos separados.

  1. Grandes. 2. Pequeños Dulces Pequeños. 3. Pequeños Dulces Intensos Inocentes. 4. Intensos Astutos Infinitamente Sensibles. 5. Caóticos Enormes Intensidades Internas. 6. Los Ojos del Olvido. O.O.

Entonces, temo dirigirme hacia el lugar irremediable. Allí donde está una parte de mi esencia. Una apuesta insensata en donde fueron gastados tantos años. ¡AÑOS LUZ DE INSENSATEZ!encible y el tiempo no corre srancible y el tiempo no corre hscie lagos. Pla de mca. UNa r escribir. Si. Despumto, en media hora

            Si,

            Insensatez para ejecutar La Memoria

            Insensatez para ejecutar La Paranoia

            Insensatez para ejecutar La Astucia

            Insensatez para ejecutar Una Escena en un Teatro de Buenos Aires

            Insensatez para conservar a Los Amigos

            Insensatez para ejecutar La Tolerancia

Entonces esquivo. Soy un jugador de futbol. Soy el equilibrio perfecto entre Maradona y Pelé. Soy un ignorante del Futbol. Soy una persona que esquiva las modas con talento. Una persona a la que le duelen los tobillos y las rodillas por los golpes. Una persona que bebe. Una persona que fuma. Una persona que coge. Soy exáctamente cualquier persona.

Violentado por falta de sexo tuve que recurrir a la retórica para obtenerlo. Convencer a alguien de tener sexo con uno es de lo más humillante. Sobre todo si las caricias en realidad son eficientes, efectivas, repletas DE AMOR y de DESEO, pero una idea, una mala idea, una mala idea producida por malas decisiones, una mala idea consecuencia de malas experiencias, detiene el placer vaginal: lo transforma en un conflicto. No me hagas el favor, por favor, de no disfrutar esto que te hago con la pelvis. Quiero decir que allí había humedad, pero en la electricidad cerebral habían desiertos. Entonces fui obligado a moverme lento: muy muy muy lento. Y así, obligado por la circunstancia sufrí los espasmos. Tuve un terrible ataque de epilepsia. Una epilepsia placentera producida por las malas ideas de las malas experiencias. Y mi amor, mi amante de ese entonces, de ese día, en aquel verano, gimió levemente, me dijo que había llegado. Pero yo me sentí mal, me sentí pésimo: Utilicé la retórica para manipular, para lograr satisfacer mi necesidad friccional. Por eso es que la evito cuando escribo. Ella, fue ella la que se comió mi retórica con su orgasmo. Su vagina se comió el estilo. Se lo engulló. Todo mi esfuerzo físico es ahora literario, retórico. Para lograr una penetración satisfactoria, debo, quiero decir, DEBO, recurrir a la retórica. DEBO tener malas ideas para sentir el espasmo. UN ESPASMO epiléptico. IMPOSIBLE DE DETENER. Y para escribir, DEBO recurrir al cuerpo. DEBO sentir angustia. DEBO tener deseos de beber. DEBO tener deseos de fumar. DEBO haber cometido un error, para no desear detenerme. Y ESCRIBIR en la locura. Pero incluso así. Incluso así deseo evitarlo. Y tratando de evitarlo lo único que logro es La Acumulación.

Era un sexo que yo creía merecer. Deberíamos recalcar que me sentía manipulado por su ausencia, por su reticencia. Los besos, los abrazos, las palabras, las hormonas que expelían nuestros cuerpos no podían evitarse. Pero ella insistía, profanaba su cuerpo con la mente, incluso mentía, para obligarme a la lentitud.

Es que nos conocimos por primera vez en un ascensor. Nos habíamos visto antes. Pero nos conocimos allí. Allí, mamíferos y animales, nos sentimos por primera vez. Ella me sonreía y yo sentía por dentro, derramándose, eso que una mujer, cuando quiere un hombre, le hace sentir: La inmensa potencia de su sensualidad inigualable. Me entregó un cuento. Horas después de nuestro encuentro a solas en el ascensor. Estaba tan cerca y tan peligrosamente cerca que yo no pude hacer nada. Mi nerviosismo no me permitió ejecutar aquel talento del lenguaje. Humano talento creativo de todos nosotros, los que destruimos la Tierra. Y yo leí y fui conquistado, paulatinamente, con cada enunciado. Cada sintagma era para mi una erección en potencia. Finitos, como en un cuento, conté las palabras como los días. Cada palabra o era un día que faltaba para el Acto o la cantidad de veces que podríamos realizarlo. Y ante la imposibilidad lo olvidé. La olvidé hasta que me pidió mis poemas y un vino chileno. Me sentí poderoso porque sabía que tenía el Poder. Nos juntamos en Almagro, en Lo De Roberto, aquel Buenos Aires que amamos hoy. Bebimos vino. Compramos un gato. Cociné. Y lo hicimos libres. Pero yo tuve que volver y ella se enamoró de un Gringo.

Cuando volvimos a coger ya no era la misma. Aunque la producción de hormonas era igual. Más madura. Más profunda. Pero igual de intensa. La culpa. Culpa yo sentí las primeras veces y ahora estaba libre de ella. Culpa ahora tenía ella. Su soledad. Su tristeza. Su vulnerabilidad. Su fortaleza. Me enamoré. No irremediablemente. La fuerza de las emociones depende de los “cuantas veces antes” ¿Cuántas veces antes sentiste lo mismo y fracasaste? ¿Cuántas veces antes sentiste lo mismo y tuviste éxito?

Pero no bailamos tango. Lo escuchamos mientras yo me acercaba a su cráneo. Y olía su cabello sitiándome con el poder de dominarla. Porque lo tuve y lo tenía hasta que ella supo quien era. Y entonces ocurrió lo que pasa: se equilibran las fuerzas en la conciencia. La fuerza de uno es el desastre de otro. El desastre del otro es la fuerza de uno. La pura Violencia sin Comunión. Entonces yo me remití a mi mismo. Y comencé a contar los granos de la arena.

Imagen de portada.
Título: Antimateria. Óleo sobre tela 80X100
Autor: Sebastian Lazos Morán
web: Lazos del Surrealismo

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