Reseña: John Cage – Indeterminación

Después de tanta agua pasada por el siglo XX, el siglo XXI se ha posicionado como el siglo de cierta reestructuración, de un constructo ajeno a la modernidad que caracterizó los dos siglos anteriores, y al mismo tiempo, como un siglo de construcciones alejadas de las ideologías que rigieron el mundo (tanto occidental como oriental) hasta hace poco. Pero más que un siglo con sus posiciones establecidas, se ha construido en sus inicios como un siglo de la indeterminación.

John Cage, influenciado por el clima posguerra, los problemas de un arte establecido desde trincheras demasiado estrictas, tal vez, construyó su mundo teórico-musical y literario desde el estudio de setas salvajes y la filosofía Zen. Y, principalmente, su principal preocupación fue el Sonido. Para Cage el sonido siempre existe, ya sea como silencio o dentro de su propia verbalidad, constituyendo así una idea cercana a lo que Derrida manejaba desde su famosa frase “no hay nada fuera del texto”.

Pero, a mi parecer, la temporalidad es una variable esencial. Tiempos actuales, de indeterminación, autosupresión del Yo, de hombres y mujeres “alejados de las ideologías”, de inseguridades, de agonía social (tal como Byung Chul-Han expresa en su texto “La Agonía del Eros”[i]) no posicionan favorablemente a Cage. La indeterminación que lo sustenta, que lo posiciona y lo levanta es también la ambigüedad de nuestros tiempos, la construcción de un mundo abierto a lo cuasi pornográfico de las relaciones humanas, la excesiva importancia de la información y la caída del arte y las humanidades en general. Esta indeterminación de Cage tampoco es consistente con lo que la literatura debe significar. La literatura, en especial la poesía, como constructo directamente relacionado con lo pasional del hombre (vale decir, con su razón y su actuar lleno en búsqueda de su “verdad”), no puede estar categorizada por la inseguridad de la indeterminación. No es posible dar pie a tragar cualquier cosa como digna de ser incólume al juzgamiento. No juzgar, acto característico del budismo Zen, es uno de los mayores problemas de la sociedad actual. Slavoj Zizek, filósofo esloveno, caracteriza con una humorada bastante cierta esta situación en la sociedad actual. En “Amor sin piedad: Hacia una política de la verdad”[ii], hace un acercamiento entre la caracterización de Max Weber hacia la ética protestante y el espíritu del capitalismo (ya que, bien sabemos, Weber establecía una directa relación entre la ética de esta práctica religiosa y la ética del propio capitalismo), ironizando que el propio Weber podría, en vista de nuestros tiempos, publicar “la ética budista y el espíritu del neoliberalismo”.

El desprendimiento no es la característica propia de la literatura ni de la filosofía. Sino todo lo contrario: el compromiso férreo, el “arrojo al mundo” como construcciones de cierta pasión del pensador, son aquellas cosas que dan importancia al texto como tal. Ortega y Gasset, en “Estudios sobre el amor”[iii] plantea que un hombre lleno de teorías en su cabeza es completamente distinto a lo que define a un teorizador. Un filósofo, un teórico, mantiene sólo una idea en su cabeza. Y es precisamente su compromiso intelectual y pasional frente al mundo.

Nuestros tiempos requieren precisamente lo contrario a lo que Cage plantea en Indeterminación: necesitamos reencontrar la veta creadora alejada de los caminos de la información como verdad, alejada de filosofías orientales que sólo llegan a hacer que ejecutivos cansados no se den cuenta de la brutalidad del mundo al descansar su “espíritu” haciendo yoga. Necesitamos recuperar la pasión que cientos de seres humanos perdieron autoconvenciéndose de que eran sujetos “alejados de ideologías”, y que entraron a un mundo de teléfonos celulares inteligentes y subdesarrollo, llenos de abundante ideología. Por la misma razón la poesía de la ambigüedad no es más que un aliciente a la constante y creciente destrucción del propio espíritu que se supone llega a reconstruir.

Zindo&Gafuri ha publicado “Indeterminación” de John Cage, bajo la traducción y la selección (al azar, según la tradición de Cage) de Patricio Grinberg. Es sorpresivo tener a Cage traducido al español, pero agrada el acto en sí por lo necesario que es observar esta realidad desde la “espiritualización” que da sentido al desarraigo social actual. Tal vez la única observación al formato serían ciertos argentinismos que aparecen de vez en cuando, y que a cualquier latinoamericano le parecen curiosos.

Como palabra final, sólo queda decir que no es posible evadir la posición del sentido en sí misma, sino que el móvil más profundo del artista es robarlo a mano armada. Aquí es donde entramos en lo complejo de leer y escuchar a Cage. Juzgar no es un juego del ego, sino de la propia dignidad humana.


[i] “La agonía del eros” Byung Chul Han. Herder, Barcelona, España, 2014.

[ii] “Amor sin Piedad: Hacia una política de la verdad”, Slavoj Zizek. Editorial Síntesis, España, 2004.

[iii] Estudios sobre el amor, José Ortega y Gasset. Biblioteca Edaf. España, 2006.

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