WE ARE SUDAMERICAN FUCKERS

El comediante argentino Jorge Alís –no siempre uno necesita citar a Haoriú, a Bourdeau o a Jellinek para explicar un fenómeno social- lo ha explicado de manera simple y clara: los chilenos nos venimos creyendo el cuento hace un tiempo a esta parte. Como con gracia lo señala en sus rutinas de comedia, los chilenos hace un rato que nos creemos la zorra. Hablamos más fuerte ahora, creemos que hemos madurado como país y pedimos a gritos y en la calle lo que antes parecía imposible. Ahora nos gusta ganar de visita y creemos que pasar a cuartos de final en un mundial de fútbol es algo abordable. La abrumadora hostilidad que otrora caracterizaba nuestra imagen país, hoy ha sido embellecida por los hipsters y sus jeans apretados y cuerpos delgados, sus botines estilosos y una cada vez mayor oferta programática en cultura, recitales y cine arte. A pesar de ser mundialmente conocidos por estar arraigados al culo del mundo, con un clima envidiable y una faja de tierra –larga y angosta, como nos indica el manual del notero de matinal- que cada 150 años se destroza en esa pugna insoslayable entre las plazas de Nazca y Continental, hasta hace poco creíamos estar más derechitos que los pimientos de la seca ciudad de Copiapó. Y parecía que este sentimiento trasuntaba a nuestros vecinos –hermanos, se supone- y América veía el desarrollo como algo alcanzable. Hace 12 años nada más, albergábamos en Santiago la cumbre de la APEC, con vítores para Evo y el inolvidable canto de “mar para Bolivia”. Hasta en el fútbol, dejamos de exportar solamente brasileños y argentinos. Ahora el peruano, el chileno, ecuatoriano, colombiano y hasta el venezolano se paraban de igual a igual en la Premier Ligue o en la fastuosa Liga BBVA. Pero no, las cosas no son así.

En un ejercicio más autocrítico, pronunciemos, solo para ejemplificar, tres sustantivos propios:

PENTA, NISMAN, IGUALA.

(¿Cuánto aguanta, sin desorden ni molestia, un borracho en una fiesta de gala?)

PENTA.

La crisis de la política chilena ya no aguata la tesis de ser un problema temporal. Las excusas añejas, como encontrarnos en transición hacia la democracia, hoy pesan lo mismo que echarle la culpa al sartén por el panqueque quemado, pues no ha sido culpa de los elementos, si no del escaso manejo, la poca vergüenza y la nula capacidad de adaptación que, como sociedad, hemos demostrado carecer al momento de erigir nuestro modelo democrático. Tanto el modelo económico neoliberal, ya instalado y dando muestras de su eficacia para el 1 por ciento de la población y su descarnada maldad con el resto del entero, como el modelo educacional – tan pobre que hasta la rimbombante Reforma Educacional de Bachelet ha perdido el foco-, han hecho creer, bajo un manto de aparente normalidad institucional, que aquello que parecía aguantar la batalla, sería incapaz de sucumbir como el último guerrero bajo un manto de flechas que cubre el sol: el modelo ético de nuestros representantes parecía intacto y gozaba del eterno beneficio de la duda. Pero el caso PENTA vino a confirmarnos lo que hablábamos a bajo tono en las sobremesas: nuestra derecha, además de ser inepta como ella sola, es pobre como una rata y aparentaba tras los lujos y la papa en la boca una realidad miserable: no tienen plata para vivir la faz agonal y necesitan falsear trabajos –como si no bastara con no hacer el que ya tienen- para poder pagarle, entre otros, a las imprentas de mala muerte en las que nacen sus palomas parlamentarias que adornan nuestra plaza Baquedano cada cuatro años. Tal como no hay ideas en sus programas, no hay plata para campañas. PENTA nos vino a decir lo que queríamos oír a nivel inconsciente: nuestra clase política, esa de pelito rubio y mentón afilado, con apellidos compuestos y que aparentan una cultura exquisita y caballerosidad antigua, también necesitan un raspado de olla para sustentar sus altos estándares. Tal como un adolescente que quiere impresionar a la más bonita del colegio, invitándole cual gañán al mejor cine, y luego al restorán y pista de baile con platita prestada de los padres que a cambio de una noche solos le giran unas 50 lucas, nuestra UDI Popular mendiga millones para sus diputados morosos y acogotados. Esa es la élite de la históricamente conocida como la Derecha dura, la platuda, la poderosa y acaudalada, paltona, acomodada, relajada, y que siempre la supo hacer: un grupo de indecentes inmorales con el culo a dos manos pidiendo plata a papito ISAPRE a cambio de unos silencios cómodos a la hora de levantar la manito en el Congreso.

(El borracho intenta verse bien. Se pone corbata y ajusta sus pantalones. El tiro es perfecto y ha llevado a la tintorería su único y preciado toxedo. Su corbata combina bien, sus uñas cortadas denotan una larga sesión en el baño de su aseado departamento, pues tal vez salta la liebre. El borracho se ha maquillado y viste sobriedad que le pesa pero la aguanta bien. El borracho puede aguantar un rato largo y portarse bien. Promete una buena noche a su compañera, la alegría ya viene, le señala. El cóctel, las luces y baile le hace picar la garganta)

NISMAN, IGUALA.

Lo que ocurre en Argentina, con la muerte del fiscal Nisman o la dramática y, últimamente silenciada, desaparición y probable homicidio de los 43 normalistas de Iguala en México, no hacen más que confirmar la tesis: creemos que al sur de Washington con el tiempo y el derribe de las barreras idiomáticas, culturales, arancelarias y políticas hemos creado un país y una región fuerte, madura y preparada para los cambios que vienen. Por mucho que adornemos nuestras democracias con atisbos de progresismo, igualdad y guiños a la altura del mundo que se nos viene –que en 2050 prácticamente no nos podrá sostener climática y alimentariamente, por si acaso- estos episodios nos vuelven a nuestro lugar con una certera cachetada. Desde una encubierta operación terrorista –tal vez la única en la era post-dictadura en el sur del continente- hasta la manipulación de cuerpos y la burla insuperable a las familias de los estudiantes ideológicamente desaparecidos, aparece con fuerza la convicción de que aún mascamos el polvo cuando perseguimos el fantasma del primer mundo. Tras la bambalina de los poderes y sus palacios llenos de oficinas para que el poder no se desborde, el exceso y la más primitiva de las formas de control logra imponerse recordándonos dónde estamos y porqué nos llaman el patio trasero de Estados Unidos, el tercer mundo, los sudacas, los wannabe.

(El borracho se encontró con sus miedos y decidió alzar hartas copas. Botó vasos, levantó la voz.y pidió disculpas. El traje cubierto de medallas de guerra con olor a moscatel yace sobre una silla mientras él baila sin corbata algún hit de los 90`s. Se le soltó el pelo y ofreció combos. Está como siempre ha sido, como ama ser: en su estado de bonne savage debajo de toda esa mentira llamada norma social. Tiene la boca seca y se siente miserable. El borrachín aguantó la fiesta hasta que la fiesta le pilló la cola)

El eterno comodín del miedo a los milicos, se encuentra desgastado como calzón de cafetera. Los antecedentes que hoy nos hacen ver que la Alegría no está atrasada en algún taco de Vespucio, sino que derechamente ha elegido recogerse cual libido en estado de post trauma son irrefutables: en este país y en Latinoamérica no hay patria, no hay esperanza, no hay ciudad, no hay fe y no hay respeto ni Derechos Humanos. Que cada uno, por separado y en sus respectivas habitaciones profese el amor por el otro y que de cuando en vez en algún asado o fiesta de camaradería se encuentren razones para tararear “What a wonderfull world “ de Louis Amstrong, no significa que ese sea el estado de cosas. Estamos desvistiéndonos y aparecen los malos olores, las fallas, las marcas de esas heridas mal cuidadas, los malos hábitos y al final, lo que nos define y que por lo mismo escondemos, maquillamos y soslayamos cuanto sea posible. El engaño o, si se prefiere leer, el encanto, se ha terminado. El velo en el suelo, la mueca al descubierto.

(El borracho duerme en su cama. El lunes volverá a partir la semana, sin culpas)

Como rezaba la obra maestra de Jorge González + 2, “nos gusta armar siglas bonitas para sentirnos un poco más importantes”. Nos gusta crear mediante ley orgánica constitucional los sub-departamentos, las subgerencias, las subsecretarías, la alta dirección pública y hablar de parlamentarios, el ministro de la cartera, la billetera fiscal, y hasta del eje superior de la calzada. Ahora está de moda la alta complejidad y los expertos en fraudes por conductas ideológicamente falsas. Pero la verdad es que tras ese manto de sofisticación y aparente normalidad democrática, no somos más que un montón de ciudadanos engañados por los que tiene el pelo más clarito y el alma más oscura. Y no parece importarnos tanto. Por eso, a cada fiesta, los invitamos año a año.

 

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