Lapidación

Yo no sé si ustedes algún día pudieron ver. Elevar la frente, ponerla en la perpendicular del paralelo superior del universo o de la tierra. En realidad, es la tridimensional de la nada, la diagonal que acusa a ciertas galaxias de no tener ni sur ni norte, la que hace que en el desierto de Atacama, de vez en vez, un destello azul venga a la tierra como si las estrellas fueran agricultoras o lanzadoras de semillas luminosas, como si jugaran béisbol entre ellas con su luz. Pero, una vez, un camión enorme pasó por mi casa: como aquel que pasa por tu casa y dice que uno le tiró una aceituna [ayer pasé por tu casa y me tiraste una aceituna]. Trucos monstruosos que te llevan por el desierto y hacen como si en el lado izquierdo de tu cuerpo [tu cuerpo mirando hacía adelante] hubiese ido alguna vez tu padre; y llorando tu cuerpo le dice al padre: estoy muy emocionado de vivir esta aventura contigo antes de dejar de ser niño, antes de dejar de ser tu hijo y pase, yo mismo, a ser mi propio padre.

Pero había un ex militar. De la fuerza aérea. Este era el que hacía los contratos. Era el que nos lideraba. Este soldado nunca estuvo en la guerra. Pero hacía como si sí, como si ser enorme y saber cocinar salchichas a fuego lento fuera la guerra. Misericordia: al menos, hacía parecer que sí y eso es un talento teatral que hasta el mismo Sun Tzu valora: oficiales del ejército chileno, esclavos de la oligarquía a la que sonrientes le chupan el pico. Lo cierto es que no. Éramos tres los obreros contratados desde Santiago. A mi, la casualidad me permitió ver los contratos. A mi, la casualidad me permite escribir esto. Y, debo confesarlo también, porque otros han muerto haciendo cosas menores, a mi, la casualidad, no me dejó morir.

Yo supongo que la casualidad todavía desea que viva. Y si en realidad soy honesto, sospecho que es Dios el que desea que viva en mí mi propia llama. Y por eso sospecho que me desea solo e itinerante.

De pronto, en Calama, se asomaron los escombros de lo que, a la luz de la noche, parecía un cementerio de metal. En la mañana supimos que era todo lo contrario; un hospital de camiones. Allí dormidos, a 5 grados bajo cero, los grados bajo cero del desierto en pleno verano calentaron al hijo del dueño. Allí, frente a mí, se masturbó impunemente esta pequeña bestia. Uno que tuvo desde un principio un contrato mejor que el mío sólo porque había sido adoptado por los dueños. Impune, interdicto, porque yo no era nada más que un obrero en pleno Dakar sin facultades contractuales para acusar a nadie, derramó su líquido dentro de sus pantalones. Yo, en cambio, me desarrollaba en plena desventaja como si fuese una ameba.

Alguna vez nos llevamos bien. Alguna vez bebimos de la misma cabra. Alguna vez se me ofreció, como si para mí fuese un premio, sin paga alguna, escribir un relato de nuestro viaje para la revista de aquella empresa. Como tenía que cuidarme a mí de mi mismo y a mi padre de mí, acepté. Aunque sabía de antemano que bueno…. no estaba aceptando del todo. Si no hay paga, no se entrega el talento ¿Pero qué le importa el talento a gente que come de la mierda ajena? Creo que hice, quizás no hice, una o dos hojas de word. Me robaron incluso mis apuntes [Hasta ahí llegaba la inteligencia militar de nuestro militar]. En mis apuntes yo no había escrito nada significativo. Recuerdo una sola cosa enorme: Las carreteras parecen dragones negros. Todo lo demás era mentira. Era para que ellos creyeran que estaba escribiendo algo. Era para que ellos pensaran que todo lo que yo estaba anotando ellos podrían saberlo luego para atenazarme. La mentira más memorable fue esta: “El militar que nos acompaña es un buen capitán. Cerca de Copiapó, detuvo toda la faena para que, en equipo, bebiéramos de una sopa que el mismo trajo [en sobrecitos] para comer de unas salchichas que el mismo trajo [en sobrecitos] para calentarlas sobre una hoguera a gas que el mismo trajo [en sobrecitos]. Me sentí muy aventurero esa noche [en sobrecitos en los que se pajea el hijo del dueño porque no tiene ninguna mujer en la que encallar].

Pero nosotros sí. Debíamos encallar en Calama. Ahí fue donde la conocí: no sé si era una mujer o un portento de caderas. Lo cierto es que en su talento de promotora de bebidas energéticas, dentro del campamento del Dakar, no podía concebir copular, enredarse, con un obrero, con un camionero lleno de polvo como yo. Lo cierto es que en su mente ella imaginaba, porque no era ingenua, que sus caderas le procurarían no, obviamente, uno de los primeros motociclistas [no era tan insensata como para esperar enredarse con los campeones], pero quizá uno de los últimos, uno de los no célebres, de aquellos que a su favor a penas tenían la valentía, el dinero gastado, la aventura. Así, ella podría decir que ESTUVO con alguien que compitió en el Dakar y se enorgullecería de que alguien quisiese enredarse con ella [o con sus caderas, se decía, procurando no mentirse]. Poco, muy poco se imaginaba el amor. Aunque, según propia confesión, para ella el amor era parecido al desierto de noche y, a veces, parecido al desierto de día: tanto calor produce espejismos; Tanto frío despeja el cielo, lo deja sin humedad y las estrellas se ven más brillantes y un río blanco cruza el pantano negro de la antimateria escurridiza.

Todo esto ocurrió una noche cuando ya nos encontrábamos en Arica. Entonces mi padre, a pito de nada, estableció conversación con un francés. Un francés duro, con cara de nazi, hierro hecho fibra, huesudo, ágil: era un mercenario. Uno de verdad. Había estado en la guerra del Congo. Había sofocado, bajo órdenes, una revuelta revolucionaria de congoleños armados sólo de machetes; llegó en helicóptero y con unos diez, según él, asesinaron a toda la guardia pretoriana del líder de los rebeldes: eran unos 500 congoleños, dijo. Dio detalles de lo que había ocurrido. Dijo que esta tropa de africanos armados con machetes ya había establecido su control en la mayor parte del territorio. En la televisión no paraban de dar noticias de su avance imparable hasta que EEUU decidió actuar; ahí se acabó todo. 10 hombres bien armados son más que 500 armados con machetes. Esto lo contaba con entusiasmo, estaba claro que esa experiencia no lo conmovió. Eso lo contaba con orgullo. Luego dijo que había estado en Irak. En Irak tuvo que, por órdenes, ver cómo lapidaban a una muchacha de unos 12 años porque la sorprendieron besándose con un chico de 14; ambos musulmanes chiitas; PERO ERAN DEMASIADO CALIENTES PARA VIVIR en el desierto de IRAK sin tener que apagar su propia conciencia para dejarse dominar por Alá. No intervinieron porque el Derecho de las naciones ocupadas no se los permitió.

Esto si que lo emocionó. Era como un robot. Era el jefe de seguridad del Dakar. Por eso yo mentalmente lo identifiqué con el luminoso nombre de Robocop. Pero bien, Robocop, en Irak, cogió el woki toki y preguntó al mando, mientras conducían a la pequeña mujer hacia la muerte, si detenían aquel acto macabro. No, respondieron desde el mando. Es su Derecho. Esto está regulado legalmente. No podemos interferir con sus leyes. Pero nosotros teníamos armas, y tuvimos que vigilar que todo aquel horrendo episodio se desarrollara con normalidad, decía Robocop, casi derramando lágrimas. La ley irakí, o el libro del corán, o los fans del chiitismo, condenaban a la niña a morir lapidada por haberse besado con un chico de su edad. El chico fue condenado a 60 latigazos. La enterraron en un hoyo hasta la cintura. Así no se podía mover. Con el primer golpe el chico gritó, un grito, un aullido, un llanto más amargo que el dolor físico, dijo el mercenario. La persona que, según la ley, lanzaba la primera piedra, tenía que ser el líder de su familia. Su padre levantó una gran piedra y la lanzó. Su madre levantó la segunda piedra y la lanzó sobre su hija. Luego todo el pueblo. El sacerdote, Alá, el corán, lo hicieron después. Estaba todo en conformidad. Ahora podremos descansar en paz. Alá no nos abandonará. Ahora no hay pecado en nuestro pueblo. El sacerdote se sintió satisfecho.

La angustia, la muerte y los viajes me ponen cachondo, pero trato de tener cierta dignidad, trato de obtener lo que deseo sin hacer demasiados derrapes, aunque inevitablemente termine derrapando. Sin volar, sin descuidar el trabajo ¿Cómo se llamaba? Laura y era brasileña. Había una razón para ese portento de caderas. Y estaba allí, en pleno desierto, con una tormenta de arena y un sol tan seco e impiadoso que daba alegría ver cómo se movía con sus folletos en su stand. Habían otras chicas, eso está claro. Pero yo tiendo a ir una por vez. No soy un inversor inteligente en lo que respecta a mujeres. De todas formas, con el tiempo uno aprende que es mejor diversificar las inversiones. Repartir con equidad miradas lascivas [en realidad debiese decir significativas, pero soy un obrero honesto y creo que es mejor decir lascivas] es un juego entretenido que, a mi entender, las mujeres aprenden a practicar muchísimo antes que uno. Digamos que, por así decirlo, lo llevan en la sangre. Quizá no. Quizá sólo aquellas mujeres con las que compartía miradas lascivas aprendieron antes y el resto, bueno, el resto es un campo inexplorado, continentes enteros de piel sin imaginaciones desnudas, o episodios semi románticos o episodios ya, derechamente, eróticos, sexuales.

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