Un minuto de silencio, por la UDI que está muerta.

Perseguir a un fantasma siempre es un acto poético. Esa virtud insuperable que es la paciencia, valor cardinal de los que promueven la “gran política”, no puede menos que aplaudirse. Ejemplos en la literatura, nos recuerdan que es cierto; la tozudez con la que el protagonista de “El Viejo y el Mar” de Hemingway o la procesión incontrolada de Tzukuru Tazaki son paciencias admirables en búsqueda de un porvenir acaso más deseable. La inolvidable Mamba Negra de Tarantino, capaz de soportar  años en estado de coma y perseguir luego a cada uno de sus victimarios con precisión y estilo, refuerza el ideario. Pero en estas persecuciones dramáticas, las ganancias siempre son dignas de vitorias pírricas. Y es eso lo viene haciendo la UDI, mitad del entero que conforma nuestra oposición: años de persecución de su propia identidad. El fantasma que la nubla es sagaz y omnipresente: es el partido de Pinochet,  de la Dictadura, la represión y las bandas militares. Son los que se sientan en el Congreso con escaños designados,  que responden al llamado de la justicia y de sus Tribunales ninguneando sus jueces, las leyes y las pruebas de las violaciones a los DDHH. Y escapa de estas características, rehuyendo de su propia ontología, pretendiendo engañarnos como si fuéramos noveles pergenios. Y tanto da el cántaro al agua que casi lo han logrado. El abanderado que se paseaba en camioneta reclamando por la injusticia hacia el Senador Pinochet, por allá en el año 99, casi fue presidente. El  Alcalde de las playas de mentira, del Mapocho navegable, cual río francés sustentable y pretencioso, el de la nieve falsa y los botones de pánico. Lavín, su único estandarte medianamente decente, tal vez el más paciente de todos. Con él nace esta idea de maquillar a la UDI y convertirla en algo que no es. Se ha puesto pestañas largas para ver sus ojos más grandes, más sinceros y honestos. Se ha puesto un rubor parecido al rojo de la izquierda, menos fuerte y apasionado, pero que quita esa palidez insoportable que toda ala derecha lleva en el rostro. Los labios marcados con un carmesí intenso, seduciendo al hombre bobo que le mira las piernas a sus Diputadas, guapas y livianas. La peluca que cubre sus calvicies de hombre viejo en  la política, con visos de futbolista, porque el fútbol encanta tanto al chileno. La ropa también es parte del disfraz: colores vivos y señales de multiculturalidad abundan en las tenidas desde el 2000 en adelante. Se viste cool, pero también entiende que no puede presumir de su vestuario. Porque a su vez es popular, de la gente. Y así se arma este adefesio, falso y encantador, con ropas prestadas y maquillaje abundante. Se ve bien y encanta a algunos municipios y circunscripciones. Le sale preciosa la palabra poblador y en sus abrazos en la feria expele humildad. Es cercana y progresista, por eso, cuando advierte tanta injusticia de este perverso sistema, se Rebela en twitter y otras redes sociales. Así viene engañando con sus ideas progresistas.  Pero, de repente, cuando más se espera de ella, se le cae el maquillaje, en medio de Palacio. Y aparece su furia, su homofobia y su desgracia. Cae la peluca, porque en su cabeza aparece la neura incontenible ante tanto roto con poder en el Congreso. Las pestañas no soportan el ancho de sus ojos viendo a tanto malagradecido de lo que hizo por nosotros el gobierno militar. Y aparece en majestad lo oscuro y lo siniestro. Y en medio del gran baile del nuevo Chile, que cuestiona la telebasura, el show de la Teletón y pide más igualdad, inclusión y educación gratuita, se cae borracha de estupidez en medio de la pista. Agónica, olvidando que se encuentra en el Gran Salón del Congreso Nacional, ese que fue clausurado por la Dictadura, pide un minuto de silencio por el Violador, el Diablo, el Asqueroso Dictador Pinochet.

Pero el minuto de silencio debiera ser por ella, por la UDI que está muerta. Ella, putrefacta y apestosa, sin maquillaje. Aparece sin vida el cuerpo de la UDI. Por un minuto, se ha escuchado su delirio desesperado en el inmenso silencio de la vergüenza incómoda.

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