recuento mediocre

barajar las posibilidades
para acabar bajando sin ropa del colectivo.
eso pasa cuando uno se niega a abandonar en el punto cúlmine
insiste en dejarlo morir
en estrujar los paños hasta que los hilos cedan
como cuando se lo deja escaldar
mucho más tiempo del necesario
sólo porque a veces
las escafandras no cumplen con su función
y en lugar de crear una capa protectora
lo dejan a uno en evidencia
vulnerabilizan el cuerpo que sostiene a lo intangible atrofiado
la materia se comporta ahora
de manera errante
(en apariencia: aleatoria)
pero el error es calculado
tan mesurado como los edificios antisísmicos
que se elevan en la panorámica santiaguina
accidentada
accidente del río, de la montaña y del desastre natural
a veces aluvión, a veces terremoto
a veces el agua, a veces la tierra
otras, muy pocas, el fuego
sólo cuando se juntan el viento y los 37 grados secos (fuego en estado de disgregación)
secos como la piel de los viejos
como la humedad nula de las cumbres de los surcos epiteliales.
así era el cálculo del error
un error con las mismas proporciones de un nautilus
y que como tal
tiene la propiedad de extenderse al infinito
y dividirse en incalculables (valga la paradoja múltiple) cuadrantes proporcionales
pero no se erigía a voluntad de la conciencia
optaba mas bien por manifestarse de forma fatal, hinchado de apremio
transformándose en la materialización absoluta e inevitable de lo ominoso
y trastornando cualquier posible salida.
no había tal
ni forma de evadirlo
tampoco formas de argüir
porque cómo se arguye sobre aquello que nace como error
entonces adelante sólo el abismo
y este sí, desproporcionado en dimensiones
porque no todo puede ser áureo
por más hijos bastardos que pueda acoger un nautilus, no todo puede ser áureo
y los abismos derrochan tanta oscuridad que hasta el vantablack de los agujeros negros se vuelve brillante
mientras los neones urbanos pierden intensidad.
las autopistas quedan vacías
los carteles de publicidad actúan sólo como reflectores
y todo devuelve la imagen absurda y grotesca del abismo
tanta elegancia en su vestimenta, tanto terciopelo que absorbe toda la luz
para acabar esparciendo en forma de fractales quebradizos
todos sus fluidos infértiles
sobre un cuerpo que desciende sin ropa de un colectivo en una ciudad que no es santiago

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