El conflicto en Crimea y la nueva relación Rusia-América Latina.

Hace casi diez meses estallo en Ucrania una sublevación que no tan sólo acabo con un gobierno sino que además ha provocado el surgimiento de un nuevo estado conocido como el Estado Federal de Nueva Rusia, el resurgimiento del cáncer nacionalista, la ampliación territorial de la Federación Rusa con la unión de la Crimea y un enfrentamiento frío pero directo entre Ucrania, Estados Unidos  y la Unión Europea contra la Federación Rusa y la República Popular de China –o de cierta manera el BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica-.

Este conflicto, que se engloba en el escenario mundial, no por casualidad es contemporáneo a la Guerra Civil Siria, al conflicto con los fundamentalistas yihadistas del Estado Islámico de Irak y el Levante, hoy se encuentra en un momento definitorio al acercarse una posible tregua entre las fuerzas sublevadas y los leales a Kiev.

No es que haya vuelto la guerra fría, no sé trata de un libreto sacado de algún capítulo de The Simpsons donde Lenin sale de su mausoleo revivido y diciendo “muerte al capitalismo”. Definitivamente estamos lejos de aquella situación por más que haya ciertos parecidos geográficos, discursivos o de otra índole. Estamos muy lejos de volver a reeditar la lucha entre Socialismo vs. Capitalismo.

Lo que sí, hoy estamos frente a un proceso de reacomodamiento que entremezcla  la seguridad nacional para Rusia, la disputa por la hegemonía a nivel mundial para China y la necesidad de Estados Unidos y la Unión Europea de buscar una salida rápida a la mayor crisis económica-financiera de la historia que afecta particularmente al Viejo Continente y de impedir la reestructuración hegemónica mundial.

Más allá del reacomodo a nivel geopolítico mundial que se está generando, resulta interesante reflexionar cómo el conflicto naciente en la Novorrusia –nombre histórico de la región- ha introducido de una forma sutil y silenciosa a América Latina y el Caribe a ser participe de ella. Si seguimos con atención los sucesos que han ocurrido desde noviembre del año pasado hasta acá, se hace evidente que el factor latinoamericano, antaño estático patio trasero de los EE.UU., hoy es un actor autónomo y dinámico en esta coyuntura mundial.

Este actor, no es uno en sí o un todo homogéneo, sino una división representativa de las tres corrientes de dirección exterior de los países, corrientes que tienen que ver con el desarrollo local y su relación internacional. Por un lado, están aquellas posiciones autónomas en mayor o menor grado, representadas por los países que componen el MERCOSUR y la ALBA, aquellos posicionamientos intermedios o bisagras representadas por Chile – y tal vez México- y finalmente aquella posición aliada política de EE.UU de mayor o menor jerarquía como lo es la gran mayoría de Centro América, además de Colombia y Perú, a la política exterior de las oficinas de la Casa Blanca.

Estás tres formar que han adquirido nuestros países para insertarse en el campo internacional se ven evidenciadas por la posición que cada país latinoamericano tomó en el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas sobre la adhesión de la República de Crimea y la Ciudad de Sebastopol a la Federación Rusa, las declaraciones oficiales derivada de los distintos ministerios de relaciones exteriores, las visitas en la región de Vladimir Putin y Xi Jinping en el marco de la Cumbre BRICS y la necesidad rusa de escapar a las restricciones impuestas por EE.UU, la UE y otros países tras el rechazo a la expansión rusa en Crimea, buscando en los mercados latinoamericanos una salida, o la contracción europea que los impele a persuadir a los países candidatos de Moscú a ampliar sus mercados. Más allá de la pronta tregua -quizás momentánea, quizás definitiva- es evidente la emergencia.

A diferencia del pasado, hoy el otrora estático patio trasero estadounidense al que no se le permitió ningún gobierno no subordinado a los postulados de la Casa Blanca, y menos aún, independencia en la política exterior, hoy se ve –por lo menos entre los países más grandes e importantes- más dinámico, más interactivo y más interesante, no tan sólo para nosotros mismos, sino para la comunidad internacional, que ve como la incidencia diplomática y económica se transforma en una emergencia con proyección a futuro.

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