Caos

En el sueño, una sombra de lo que soy abre la puerta del departamento y saluda a Guadalupe. La sombra se ríe de su cola pendular. Continúan, la sombra y la perra, por el pasillo mínimo del departamento en calle Merced. La sombra se tiende sobre la cama, apretando la pelvis contra el colchón, porque tiene un dolor –lumbar, cree- que no la deja respirar. Guadalupe gime a un costado de la sombra tendida, percibiendo la pena física de su dueña-mamá, en la que creo reconocerme, pero que no lo soy. La dueña-mamá saca fuerzas de flaqueza y se entristece de que Lupita haya estado encerrada por más de siete horas sola en el departamento. La sombra decide secarse las lágrimas e incorporarse mientras el perro muerde los cordones de sus zapatillas. Camina de vuelta por el pasillo hacia la entrada y saca el arnés del perchero de madera hecho en China. La sombra y Guadalupe caminan juntas hasta el parque forestal. Lupita corre despreocupada. Mientras Lupita corre, la sombra baja la vista y encuentra en el suelo un papel en cirílico. La sombra se esfuerza en reconocer los caracteres. Cuando la sombra levanta la vista ya no se encuentra en el parque. Está en Tesalónica, un poco después de cristo. La sombra empieza a caminar. Durante su recorrido por la ciudad, la sombra llega a un ágora en que participa de una asamblea enardecida. El bando de la sombra pierde siete contra cinco y sus miembros se ven forzados a caminar por Tesalónica con una corona de espinas.

Al día siguiente, en la mañana, Fernando se levanta a preparar el desayuno mientras yo me ducho. Si hubiésemos tenido tele hubiésemos estado viendo el buenosdíasatodos. Pero no teníamos tele. Termino de ducharme y empiezo a comer yogurt con cornfleics. Le pregunto a Fernando si cree más en dios o en los extraterrestres.

A veces volvemos al tema de Dios. Una vez vimos por la tele a una actriz a la que le preguntaban por Dios en un lateshow. La mujer le respondía al entrevistador que creía en una fuerza superior. Le comenté a Fernando que la mujer parecía creer estar zanjando años de lecturas bíblicas. Por de pronto, la fuerza superior se ha convertido en una salida fácil al que no problematiza su fe. Fernando cree que con fuerza superior uno podría estar refiriéndose a cualquier cosa. Hasta el Estado. Hasta la PDI – me dijo. La respuesta de Fernando dejó de ser ridícula y empezó a ser peligrosa.

– Es la noche de la fe- le respondo en el desayuno. Y creo con convicción que lo es.

En la noche voy a una comida de oficina. Celebramos el cumpleaños de una de mis compañeras de trabajo. Todos tienen entre cuarenta y sesenta años. Yo tengo veintiséis. Llego sin expectativas. Fernando no me acompaña, porque dice que no tengo derecho a someterlo a una tortura compartida y yo le encuentro razón. El lugar es un restorán francés, carísimo, en donde no sé si debo pagar mi comida o si estoy siendo invitada. Me aseguro y pido una ensalada que no supera los seis mil pesos y una limonada. Los otros platos bordean los catorce mil. Mi posición en la mesa es incómoda. El grupo de mis colegas de oficina queda en una de las puntas de la mesa. Yo quedo en el costado de la cabecera opuesta. A ambos lados y frente a mí se ubican abogados, viejos y gordos, que no conozco. Miro fijamente la ensalada, preguntándole a los pimentones las razones de este espectáculo; sorprendentemente, los pimentones me responden y me cuentan que tampoco se sienten cómodos, que crecieron en un huerto en Lolol y que me compadecen, pero aún más se compadecen a ellos mismos. Trato de acercarme a la mesa para consolarlos, pero a los pimentones se les nota su resentimiento. Prefiero evitar esa conversación.

En el intertanto escucho que uno de los abogados está hablando de Cortazar. Sorprendentemente, están jugando un juego y el juego es bueno. Se trata de que uno de ellos cuente, en pocas palabras, la historia de un cuento. Gana el que acierta título y autor. El primero de ellos empezó a hablar: “Se trata de dos hombre que se enfrentan en un salón de baile. Uno de ellos es secretario de biblioteca en Buenos Aires y termina matando al otro”. Borges, dijo uno de los abogados gordos. Me interesó el asunto. Discutieron porque el abogado gordo de mi izquierda dijo que se llamaba “El sur”, mientras que el abogado de mi derecha dijo que el cuento se llamaba “Hombre de la esquina rosada”. Entré en la discusión.

Es ambos-dije.

La historia está mal contada.

Uno de los abogados gordos consultó en Google con su celular.

Efectivamente – dijo.

Me integraron a su juego.

Un hombre que se convierte en pez y queda atrapado en la pecera.

Axolotl, Cortazar – dije.

Un hombre que se reconoce a sí mismo cuando niño.

Una flor amarilla, Cortazar también.

Un hombre se enamora en Yalta de una mujer casada.

La dama del perrito, Chejov.

Los conocía. Me entretuve. Pero los pimentones me miraron con cara de lástima.

Cuando trajeron la cuenta la dividieron en partes iguales. Pagué veintiún mil pesos.

Vuelvo a mi casa. Llueve. Guadalupe está acostada en el sillón y Fernando y su primo conversan sobre marcianos. Ignacio cree que los marcianos son unos hipócritas y cobardes, porque en vez de dialogar con nosotros, se avergüenzan y aparecen y desaparecen sin atreverse a dar la cara.

Pienso en lo que me dijo Fernando cuando le hablé del documental de las sirenas. Me dijo que los marcianos y las sirenas son el espejo de soledad de la especie humana y su necesidad de encontrar un interlocutor. Con Lupita es lo mismo. A Lupita le pregunto todos los días si es un ser humano atrapado en el cuerpo de un perro. Es una ser humana quizás, porque es perra. Le pido que ladre una vez si es un ser humano atrapado en el cuerpo de un perro. Lupita me mira. Solo me mira -con sus ojos de aceitunitas de Azapa. Quizás sea un ser humano atrapado en el cuerpo de un perro y obligado a guardar silencio a cambio de permanecer con vida.

Ayer me habló un hombre en metales pesados. Tendría cincuenta años y vestía una camisa de leñador. Me acerqué a “Anarquía, Estado y Utopía” y a la sección de filosofía política. Sin advertir su presencia se acercó a mí y dijo:

Mi problema con la filosofía actual es que ya nadie se admira de la maravilla de la creación. Del milagro de la vida-.

No supe responder. Asentí amablemente y cambié de sector.

La gente se me acerca, me habla y mira. Me saluda como si me conociera. Las mujeres escanean mi ropa. Los ancianos -más que los jóvenes- me persiguen con la mirada. Yo también miro. Pero trato de no hacerlo. Son zombies pienso. O actores. Como en The Truman Show. Pero es imposible. Se requeriría demasiado presupuesto para haber creado una ciudad tan caótica como Santiago. Se requeriría demasiado ego para pensar que toda la ciudad ha sido creada para mí.

Vuelvo a soñar. En el sueño estoy con un traje de dos piezas azul marino, zapatos y chaqueta color crema con el pelo alisado frente a una funcionaria de la Corte Suprema. Estoy en la Corte porque debo hacer mi juramento de abogado y le entrego a la funcionaria mi carné de identidad. Espero unos minutos. La funcionaria me dice que la persona que aparece en el documento no coincide conmigo. Me muestra la cédula y yo en ella veo una imagen borrosa. Le digo a la funcionaria que no veo bien, pero que debo ser yo la persona de la foto. Ella me responde y me muestra de nuevo, con su dedo índice apunta la imagen borrosa. Repite insistentemente:

Ve, no es-.

Detrás de mí están mis padres, mis hermanas y mis abuelas. Todos coinciden en que no soy la persona del carné. Les digo que evidentemente hay un error. La funcionaria se compadece.

Espéreme-.

Al día siguiente, en la mañana. Fernando se levanta a preparar el desayuno mientras yo me ducho. Desayunamos pan con palta, huevo y queso. Es un desayuno de élite. Salgo al parque a pasear a Lupita. Aparece un perro nuevo en el parque. Mientras acaricio al perro negro, quiltro, de orejas puntiagudas, acostado sobre su lomo, su dueño le grita por su nombre: Caos.

La última vez que me sentí comprendida fue por mail. Mi ex me preguntó, después de terminar, por qué a veces pareciera ser que lo entiendes todo. Fue un grito de victoria de mi corazón. En el mail siguiente me preguntó por qué a veces pareciera ser que no entiendes nada. Fue una victoria fugaz.

Acabo de leer un libro que explica todo bastante bien. El autor dice que pocas veces se trata de explicar y dar razones y por eso aconseja vivir para no tener que dar explicaciones. Aconseja también ser el zándalo que perfuma el hacha que lo hiere. Aunque sea la forma más dificil de responder a las heridas.

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