2. Charly Gradin

Foto: Pablo Gasloli

Charly Gradín nace en 1980, en la Ciudad de Buenos Aires. Graduado en Letras de la UBA. Fue editor de revista Planta, actualmente forma parte del consejo editorial de revista Mancilla Ambas con una rica y profusa actividad crítica. En 2011 publica Spam, libro de poesía experimental que hace converger sentido y tecnología haciendo uso de las herramientas disponibles en la Web. Los textos de este libro fueron creados a partir de búsquedas en Google. Compilados y editados en forma de poemas o tomados como punto de partida para escribir textos en prosa, han encontrado no poca notoriedad en el medio literario local sobre todo con su poema Peronismo Spam, poema que ha sido presentado en lugares de renombre; la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, el Museo Nacional de Bellas Artes, son algunos de ellos. Compiló y tradujo la antología Internet, Hackers y Software Libres., publicado por Editora Fantasma. Es uno de los autores de Tecnopoéticas argentinas. Archivo blanco de arte y tecnología, publicado el 2012 por Caja Negra. Compiló y tradujo la antología Internet, hackers y software libre, publicado por Editora Fantasma (2004). Integrante de Ludión (“exploratorio [que] dirige su mirada hacia las políticas entramadas en los cruces entre arte y técnica con especial foco en Latinoamérica”) El 2011 recibe el premio Blatt&Ríos que entrega anualmente la editorial del mismo nombre.

1.Tu obra poética consiste en experimentar con Internet: construir poemas con frases que resultan de búsquedas específicas en Google. ¿Cuál es tu relación con las computadoras e Internet? ¿por qué te interesó trabajar con esta metodología?

Empecé a usar computadoras en los ‘80. Cuando estaba en el jardín de infantes, recibí de mis primos, mayores que yo, una computadora que ya era vieja entonces. Era una Texas Instruments; la heredé como se hereda la ropa vieja de los parientes, y quedó guardada varios meses en un placard de mi casa, ya que mis padres no sabían cómo hacerla funcionar. Cuando la encendimos por primera vez, yo me había pasado meses hojeando los manuales y las revistas que venían incluidas en las cajas, sin saber leer, pero imaginándome los miles de juegos con los que iba a poder jugar. Todavía me acuerdo el día en que vino a casa un amigo de mis padres, arqueólogos ambos, que pasaban horas tipeando en sus máquinas de escribir. Su amigo era un químico o geólogo, acompañado por un colega oriental, tal vez japonés, que sabía como conectar los cables y ajustar el televisor blanco y negro, a perillas, para que pudiera transmitir la señal de la computadora. Lo cuento porque me parecía algo mágico, y supongo que  nunca me pude desprender de esa sensación. Todavía me parece algo sobrenatural que estemos usando máquinas para guardar las palabras y decirnos las cosas que queremos decir. Aunque sea tan absurdo como el hecho de que nos entendamos cuando nos hablamos. Y tal vez sea mejor así, y guardemos ese resto de sorpresa, para tener presente que nada es tan natural como se deja ver en apariencia.

Después me pasé muchos años jugando con las computadoras. Empecé a leer, hice la secundaria, vino Internet. Escribí poesía, hice revistas, estudié Letras. En algún momento se me ocurrió buscar frases en Google y terminé armando compilados en forma de poemas. Una de las primeras fue “cae la tarde y”. Los resultados, algunas de las frases que se pueden leer en esas búsquedas, remiten a lugares remotos, momentos imperceptibles, que quizás sólo tuvieron sentido para grupos muy reducidos de personas, como las que pudieron haber compartido un viaje que comentan en algún foro perdido de la web. La web es un océano de textos, muchos de ellos absurdos y opacos, pero también existen en algún lugar textos escritos por personas que sienten nostalgia, y comparten sus recuerdos sobre lugares que también carecen de sentido para nadie, salvo unos pocos destinatarios con los que comparten una misma jerga. La web guarda testimonios que son como destellos de mundos que nunca vamos a conocer. Por ejemplo, las entradas de blogs dedicadas a hacer catarsis por la belleza incomprensible de las baladas de un grupo de pop portugués de la década del ‘70 del que casi no quedan rastros. Podemos sentir el fraseo melancólico de esos temas con solo hojear unas pocas entradas de esos blogs, que se vuelven significativas como se vuelven significativas las fotos viejas o los pedazos de papel manuscritos que encontramos desparramados en la vereda por la noche.

De algún modo, terminé haciendo algo parecido a poemas con esas frases. Y las publiqué en un libro que se llama (spam) (Ediciones Stanton, 2011).

Igual sigo escribiendo ensayos, tomando notas para novelas y cuentos, y para una tesis sobre arte y tecnología en Argentina en los años ‘60.

2- ¿Qué relación crees que hay entre los medios tecnológicos de que dispone cada época y los frutos intelectuales y literarios de los hombres que viven en esas épocas? En este sentido, cómo describirías el panorama actual.

McLuhan decía que los medios son extensiones del cuerpo humano. Los medios electrónicos amplifican los sentidos, permiten ver imágenes distantes y transmitirlas en vivo para todo el mundo. Nos llevan a vivir en una aldea global, en donde la inclusión de cada uno en la vida colectiva se hace tan patente como en las pequeñas comunidades de los tiempos antiguos. Pero ahora se extiende hasta abarcar a todo el planeta. Y se vuelve tan absorbente como podía ser la vida colectiva en la época en que no existía ni el papel ni la escritura, y todo lo que restaba hacer para estar al tanto de las novedades era salir a encontrarse cara a cara con los demas integrantes del pueblo o tribu. Participar era estar a disposición de la mirada y los mensajes que necesariamente saturaban los espacios públicos. Relacionarse con las ideas era poner en juego el cuerpo y todos los sentidos, haciéndose presente frente a los demás, en escenas necesariamente teatrales. Del mismo modo, dice McLuhan, hoy abandonamos el silencio de las bibliotecas, la privacidad del libro y la herencia monástica de la cultura humanista para vivir en un presente continuo de señales enviadas y recibidas permanentemente en todas direcciones. Vuelve la oralidad, según su teoría, y con ella la necesidad de poner en juego todos los sentidos a la hora de entender los mensajes que nos rodean. La mezcla de sonidos e imágenes, hechas de fragmentos y puntos suspensivos, era el rasgo de las viejas sociedades imaginadas por McLuhan y también de las sociedades del futuro en las que vivimos desde hace un tiempo.

Como sea, para McLuhan los medios técnicos moldean las obras de arte. Imaginamos lo que nos dejan imaginar nuestros medios. Del mismo modo en que hablamos lo que podemos usando las herramientas que tenemos a disposición, nuestros sistema nervioso y demás. Nuestras palabras son tan artificiales como los circuitos de una computadora. Son distintos intentos de tomar distancia del mundo, reapropiarse de él y compartirlo con nuestros semejantes.

Esto nos lleva a pensar que no siempre somos conscientes de los medios que usamos. Ni de cuánto nos influyen a la hora de pensar o hablar. William Burroughs definía a la palabra como un virus del espacio exterior, que había acabado por colonizar la mente humana y obligarla a transmitir mensajes de manera compulsiva. Todas sus novelas y teorías sobre son una especie de espejo infernal de las utopías de los medios de McLuhan, y sus nuevas consciencias globales.

Supongo que el arte y la literatura siempre están influidos por los medios. Pero también, que es muy difícil que una época logre esclarecer por completo esa influencia. De ahí la infinita candidez de todos los intentos por pensar el presente y darlo por entendido, de resumir en unas pocas frases los rasgos distintivos de la época. La prensa cultural tiene una facilidad notable para dejarse llevar por certezas siempre en vías de pasar al olvido.

Y en realidad, lo contrario es mucho más potente. La idea de que no termimamos de comprender más que una porción ínfima de lo que estamos haciendo mientras creemos estar haciendo lo que hacemos. Y que de todo eso no puede más que emanar infinidad de riesgos y contratiempos, pero también la oportunidad de que surjan formas todavía inconcebibles para nuestro pensamiento.

3.¿Cómo calificarías la producción crítica literaria en la actualidad en Argentina y Sudamerica? ¿Cuanto de cinismo, de verdad o de valor hay en ella? ¿Cual es para ti la utilidad de su ejercicio, su valor social?

Me supera la pregunta, no podría calificar la crítica literaria latinoamericana actual, y ni siquiera la argentina. Se me ocurre mencionar a la revista Luthor, donde se publican críticas y ensayos sobre teoría literaria muy interesantes. Pero no creo que la crítica sea algo socialmente útil. No más útil que la literatura misma. Leer literatura aporta conocimientos y destrezas, pero también produce muchos otros efectos en los lectores, muchas veces imperceptibles e imposibles de definir, y a los que sería difícil atribuir algún tipo de valor. La crítica acompaña la tarea que realizan simultáneamente todos los lectores, en su lectura silenciosa y desperdigada. Según la famosa frase de Borges, hasta ordenar una biblioteca es ejercer una forma de crítica. Llevado a un extremo, no podría leerse ningún libro, ninguna hoja de papel impresa, sin estar elaborando alguna forma de juicio crítico, auscultando las formas, proyectando sus consecuencias para la formación del cánon del futuro, o su abolición definitiva. La crítica que agrega capas de sentido a los textos cumple una función social. Pero, sobre todo, produce nuevos textos que serán leídos y, llegado el caso, volverán a ser objeto de otros críticos. No sé adónde conduce toda esa cadena de complicidades y malentendidos. Los debates proliferan, y también las miradas sobre el mundo pasado por el tamiz de la literatura. Y eso es valioso de por sí.

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