Tercer Piso

Todos saben –o imaginan- que la rutina de un médico no es fácil: está cargada de responsabilidades que se sintetizan en la vida –o no- de una persona; pero esto no es lo más estresante, al menos en los años de residencia. Uno va a aprendiendo a cosificar al paciente (y casi escribo “cliente”, tremendo fallido), pierde todo sentimentalismo frente a la persona y, simplemente, la trata. Es posible que el tratamiento sea más efectivo de este modo, es posible que uno sufra menos así, y lo más probable es que este estado simplemente se suceda, sin aviso y sin intención, causa de la esterilidad del ambiente, causa de la imitación de sus mayores. En fin, sucede; y así es como los médicos pasan sus días, atendiendo decenas de personas por hora, traspasando información y recordando síntomas. Lo que también sucede es un proceso de mímesis con el paciente: el doctor también es cosa (no para ellos, que los ven como héroes o rayos de esperanza en los momentos más desesperantes e inciertos de sus vidas), sino para la institución. ¡Qué flor de palabra para semejante trabajo! La institución médica, el hospital, los otros médicos, enfermeros, administradores, la obra social. La obra social, otro tema aparte. Acá sí cabría la definición de “cliente”, acá sí cabría pensar al hospital como un local y a la medicina como un negocio. Pero no estamos haciendo crítica social, así que dejémoslo de lado.

Los médicos que recién ingresan (los residentes), deben cubrir todas las horas: se reparten sus horarios entre ellos, y cuantos más sean, menos noches trabajarán; relación inversamente proporcional. En este hospital son por lo general cuatro residentes del área, así que deben dividirse las noches entre ellos. Casi dos guardias por semana para cada uno. La guardia, para los que no están al tanto, consta de cumplir tu horario habitual de trabajo (hasta las seis de la tarde, aproximadamente) y quedarte toda la noche para cubrir ese horario en el que ya no queda casi nadie, y a la mañana “volver” (si es que se lo puede llamar así al estado de quedarse en donde uno estaba) a trabajar en el horario habitual, de ocho a seis otra vez. Esto significa aproximadamente treinta y seis horas de trabajo seguidas, en los que tu condición humana se diluye hasta convertirte en una especie de autómata que responde al trabajo, no piensa en el afuera (aquel lugar que quedó treinta y seis horas–días, meses- atrás) y se queda dormido inconscientemente en cualquier lugar relativamente acogedor (entiéndase que el relativo de esta persona no es el relativo del lector habitual). De todos modos no es tan grave, porque pasado el primer año de residencia la exigencia cede un poquito (ya queda en manos de los ingresantes) pero sobre todo el cuerpo se acostumbra: los seres humanos nos manejamos por costumbres, y en situaciones extremas vemos que podemos acostumbrarnos a todo -o casi todo-.

América, una colombiana que vino a estudiar a la Argentina por las posibilidades que el país le ofrecía, está en el segundo año de la residencia del hospital Lanari, barrio de Agronomía, área de gastroenterología, segundo piso al fondo. Su “sueldo” no le alcanza para todos los gastos del mes (las comillas no es por menospreciar el monto –que de todos modos las merecería- si no porque todavía no es considerado un trabajo pago, si no una suerte de “beca”. Sí, durante estos cuatro años su paga no responde al trabajo, si no a una otra cosa medio indefinida e indefinible que tiene como resultado ahorrarle plata al hospital y poder exigirle a sus médicos cosas inexigibles en un trabajo en blanco), por lo que varios de los días que no está de guardia en este hospital, cubre la guardia de otro por la que le pagan un equivalente a un sexto de su sueldo, en una corta jornada de doce horas. Buen negocio para quien lo puede tolerar.

El último miércoles del mes pasado, América salió del Lanari y, sin cambiarse (¿para qué? Si tiene suerte alguien en el colectivo le ofrecerá el asiento gracias al ambo, y podrá aprovechar los 40 minutos de viaje), fue directamente a su otro trabajo, en el Hospital Español, centro de la capital. Tomó unos mates en la cafetería antes de empezar, para distraerse un poco, y comenzó con lo suyo. Un compañero le hizo el “traspaso”, es decir que le informó de la situación de los pacientes y la puso al tanto de lo que le correspondería cubrir durante las próximas doce horas. América tomó nota (no todos lo hacen, pero ella prefiere así) y empezó a trabajar.

Las horas pasaron sin que nadie allí adentro lo notara del todo. Hay relojes, por supuesto (no es un casino que prefiere evitar la percepción del tiempo de sus visitantes), pero no abundan las ventanas y el blanco y lo estéril del ambiente te pone en un estado de impercepción total. Tantas horas de encierro llevan inmediatamente al malestar y malhumor de quienes las transitan, y por supuesto que el exceso puede llevar a la locura. Por eso se recomienda no trabajar con parejas, dado que las peleas en ese estado son muy frecuentes y, según dicen, llegan a situaciones extremas. Pero por ahora nadie lo experimentó, si bien hay mitos que se cuentan ahí de médicos que, en un brote de ira, intentaron matarse a sí mismos, a compañeros, e incluso desconectar pacientes. Pero son sólo mitos, porque aquí es donde entra en juego la institución: en casos así, acudiría inmediatamente a velar por el bienestar de su personal.

A las 5 de la mañana América creía ya haber cumplido su tiempo, pero se fijó la hora y faltaban por lo menos dos, o dos horas y media más para terminar el turno. Aprovechó para otro café (sería el cuarto o quinto de la noche) y ojeó el diario: ninguna novedad. Claro, todavía se trataba del diario de ayer. Para la llegada del nuevo todavía faltaba. Releyó alguna que otra nota, si bien ninguna le interesaba demasiado, y se recostó sobre la mesa del comedor. Esos minutos de descanso le rinden para lo que resta de la mañana. Se levantó, volvió a su piso y recorrió a sus pacientes una vez más. Todos dormidos, excepto una que estaba siendo atendida por las enfermeras: todas las mañanas pide a gritos ibuprofeno 600, “el más fuerte”, como si eso le pudiera aliviar la inmensa úlcera que recorre casi la totalidad de su estómago. En fin, para América no había trabajo. Entonces decide ir a la habitación que comparte con sus compañeros, casi todos dormidos por la falta de demanda a estas horas, y les hace compañía.

Suena la alarma. Deben ser las 7, y ya hay que alistarse para el Lanari. Sus compañeros no están, y ella teme que se le haya hecho tarde. No. 7:03 marca el reloj. Sale, los busca, y no aparecen. Encuentra a su jefe y le pregunta por ellos, pero él está muy atareado y la ignora. Se sienta en el pasillo, como si fuera familiar de algún paciente (se pregunta hace cuánto no está de ese lado, sonríe y piensa “por suerte”) y espera. Vuelve a pasar su jefe, un rato después, y le vuelve a preguntar. Le dice que espere a los otros residentes que deben ingresar, que haga su trabajo y luego se vaya tranquila. Eso ella lo tiene claro, pero no quiere llegar tarde al otro lugar, para evitarle esta espera a quienes están del otro lado. Un rato más. No aparecen.

Baja por otro café, y descubre en la mesa un diario nuevo, el de hoy, y lo lee. Lo lee entero, de arriba a abajo. No aparecen. Lo sube, lo relee, mientras espera a sus compañeros o a alguien a quien le pueda informar. No aparecen. Incluso su jefe, que solía pasearse por ahí, no aparece.

Ya sabe que va a llegar tarde, muy tarde, así que está un poco más tranquila. Llegar media hora tarde puede preocupar, pero llegar dos o tres horas después, ya no. Todos en el Lanari se imaginarán que no va, y detesta no poder avisar, pero es que no tiene señal en este hospital.

Pasan las horas, y ella va acomodándose como puede: de estar sentada pasa a recostarse lentamente en los banquitos de la sala. Cada vez que entreabre los ojos, observa que van llegando visitantes, y le da esperanzas de encontrar así a algún compañero. Pero no. Los familiares están sentados, también, esperando a gente que todavía no llegó.

Vuelve a dormirse y ya, la próxima vez que abre los ojos, se encuentra sola de nuevo. Sola, y esta vez sin siquiera la señora que está siempre sentada en la computadora, tipeando sin parar. Sola. Mira la hora y ya son las ocho, hora de cenar. Baja, inerte, a buscar su menú. Lo come y le parece que esta comida es más rica que la del otro hospital. Se ríe para adentro por este pensamiento y sigue comiendo. Termina, y sin mucho sueño se dirige a la habitación, donde tiene cuatro camas para elegir. Se acuesta en la menos deshecha, la más cercana a la tele, y se pone a hacer zapping. Antes de caer en el sueño, se le ocurre una idea: escribe una carta a sus –anónimos- compañeros (no sabe el nombre de ninguno, era su segunda vez en este hospital) diciéndoles que por favor la despierten cuando lleguen. Ya no piensa, se da media vuelta y se queda dormida.

Al día siguiente se levanta, no por el sonido de una alarma, sino por falta de sueño. Mira el reloj y son las 9.30. Hacía meses que no dormía tantas horas seguidas. Se vuelve a reír por este pensamiento, y ya no tan para adentro sino generando un leve sonidito agudo que le causa simpatía. Se da cuenta de que puede hacer cuanto ruido quiera, total nadie parece escucharla. Otro motivo para reírse. Y lo hace; esta vez, un poco más fuerte.

Sale y cree ver a su jefe, pero está de espaldas y desaparece rápidamente. Lo corre, aunque en vano porque ya está tomando el ascensor y las puertas se le cierran en la cara. No cree poder alcanzarlo prontamente. Baja al comedor, lee el diario, toma otro café, y esta vez se sirve tres medialunas: dormir tanto le dio hambre.

Sube y repite su día anterior. Ya no se pregunta dónde está el resto, ya no se desespera cuando la figura de su jefe desaparece casi mágicamente entre los pasillos blancos del hospital. América está hace 6 días ahí, así, y ya no se imagina salir. Siente que fueron meses, tres o cuatro, qué importa, lo suficiente paraque en el otro hospital la dieran por muerta, y para que venza el alquiler de su departamento. Se ríe de nuevo, pero esta vez su risa hace eco en todo el tercer piso, recorre las escaleras y resuena en todo el hospital.

2 de noviembre de 2013.

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