Luz debajo de la puerta

                Mucho tiempo ha pasado desde que me marché del país predicando el desastre y profetizando una guerra mundial a realizarse en los próximos veinte años (una profecía de perogrullo, en todo caso). Ahora quedan 16 años antes de esa guerra. Me fui porque había meado demasiado y demasiados desastres me perseguían y yo estaba cansado y un poco aburrido de tanta repetición (lamentablemente me fui antes de que todo comenzara a cambiar, un cambio hace rato anunciado por nosotros, en todo caso, y Verbavana y las letras de aquello misterioso que verdaderamente vendrá). No sé si lo que escribí por aquellos días pueda llamarse poesía, pero al menos, por aquella época, cada palabrita puesta en posición esteticosintactica tenía la pretensión de romper con todo, pero de verdad, sin cálculo alguno (no como ahora que estoy rodeado de Buenos Aires, que es casi lo mismo que estar rodeado de cálculos renales y pretensiones de grandeza verdaderamente posibles y eso es lo peor). Mi estado de amargura era bastante grande, pero exagerado. Porque si me miraba bien en el espejo, tenía todas mis cosas bien puestas y hasta, a veces, podía considerarme hermoso y salir a buscar alguna conejita que quisiera meterse bajo mis sábanas para humedecernos mutuamente y fluir en el eterno retorno de fluidos deliciosos. Así que, si algo pude conocer de la poesía en aquella ciudad en la que ya no habito, fue solo aquello que yo mismo hice por mi cuenta creyendo que eso que hacía era poesía. Esto lo digo para establecer el lugar desde el que hablaré. Establecer mi posición actual con respecto a la historia de las percepciones que la vida, la pretendida vida literaria que quise llevar, me ha dejado.

                Pero, lamentablemente, Bolaño tenía razón; el mundo de la literatura está poblado de canallas. Canallas de la peor calaña. Bobos como yo que predicen guerras y desastres y cambian el orden de las palabras en una oración para acercarse al agujero de la nada (sin cachar que la nada ya está descubierta hace rato y que si de algo puede servir este pasmoso oficio es para crear un algo que no sea parecido a ninguna cosa que se diga demasiado pasmosa, porque el pasmo ya está y todos, en el fondo, son un poco posmos, hasta la puta bigotona màs gorda vieja y fea del MIR que reclama por los compañeros caídos, compañero)-más respoto por  los que luchan, amigo-. No sé, en todo caso, cuál de los tipos de poetas con los que me he encontrado es el que me saca más. EL que me parece menos, pero menos, menos, menos. Si ese, el, digamos, poeta nihilista, nadaista;  el poeta social con discursos que dejan bien en claro la división entre modernidad y posmodernidad por si es que acaso alguien osara  acusar en sus textos un dejo de falta de precisión teórica, compañero; o el poeta nerudiano a ultranza que repite y repite fórmulas remilgadas y riza el rizo hasta que ya ni dolor es posible sentir tranquilo o sea ni dolor es posible sentir sin pensar “la lágrima ha caído en su mejilla y ha ensuciado de transparencia su rubor inocente”. Suspiros. Sin que por lo demás esta sucinta caracterización constituya un catálogo completo de todo lo que he conocido. Eso lo dejaremos para después.

                Y es lamentable tener que citar a Bolaño cuando está tan de moda -o estuvo- y hasta parece un halago, bastante bobo por lo demás, que alguien se gane un Bolaño, o que un crítico ingenuo termine por sepultarte diciendo “este chico es como Bolaño”. LA MEN TA BLE que Bolaño tenga razón. Ahora lo que está de moda es leer a Bolaño, aprenderse algunas hueás del loco, y desecharlo para siempre o, de ser esto imposible, amarlo en secreto y no decirle a nadie. Y que ninguno de los otros se digne a jugar con fuego de verdad y todo sea un mero cálculo de estado. Si tú me invitas a recitar aquí, yo te invito a recitar acá. Así es. A eso se resume toda una vida literaria: a una competencia de escenarios. En serio. La poesía ha derivado en una competencia de aplausos. La situación poética de Buenos Aires, es, por lo menos, DESASTROSA, descontando los muchos sucuchos donde hay, al parecer, la esperanza nunca se pierde, uno que otro sujeto haciendo algo, algo alguna vez, en serio. En serio y por el lado. Lateralmente. Atravesando lateralmente y como sin que se note, toda la literatura de esta parte del continente, mientras tira a la basura, aunque bien sepamos que esto es imposible, toda la literatura de la parte norte del mismo continente del que hablamos y la que está del otro lado del atlántico. No he visto, de verdad, alguna poesía que esté honestamente creando la conciencia de lo que se vendrá. Solo he visto fuegos artificiales. Artefactos emocioracionales destinados a afectar al espectador lector como quien, siendo superman y hermoso, afecta al observador de ese tipo de películas. ¿Hay supermans en poesía? ¿Cabe esperar alguna verdad en todo esto? ¿Vamos a seguir celebrando lo que ya se ha celebrado de muchas maneras? ¿Vendrá alguien a destronar a los falsos profetas, los falsos reyes que, pomposamente, gobiernan el underground literario de Buenos Aires? ¿Hay siquiera esperanza?

                Pero bien, mi amargura antes de irme del país era bastante grande, pero estaba sujeta a una esperanza firme, que era la de escribir, cuando aún no veía con mi propia vida ni vivía con mis propios ojos lo que era “tratar” de “insertarse” en él extraño y maravilloso mundo de las letras. Maravilloso para ese entonces, porque ahora, en realidad, creo, que es una especie de, quiero decirlo bajito: basura.  Y en consecuencia, mi amargura, que antes se veía alentada por el airecito bello de la esperanza y el romanticismo que el enamorado pone en la muchacha que se imagina hermosa en las cinco dimensiones pertinentes en las que se mueve un cuerpo totalmente eléctrico y atómico, que para mí era la literatura, se vio a si misma sumamente desnuda y sola y por lo tanto ya no fue solo amargura sino que pérdida total de dirección, por no decir sentido. Y así me dedique a investigar gentes, personajes y sobre todo mujeres que son, hasta el momento, la única cosa en la tierra capaz de darme el deseado consuelo. Y también, me dejé enganchar por este ir y venir de escenario en escenario, y traté, lo juro, de ser cordial y aprender a relacionarme como la gente decente lo hace. Con inteligencia, con un poco de picardía, con humor, con interés. Hasta que un día me cansé. Me vi sin energía, sin algo verdaderamente con lo que divertirme. Y es que estaba calculándolo, restringiendo el brotar de mis palabras o del vómito. Filosofía barata para conseguir chicas como dice Charly de Goma. Mear quería, pero en Buenos Aires no se Mea. Golpear quería, pero en Buenos Aires no se golpea. Vestirme mal quería, pero en Buenos Aires no se viste mal la gente. Reírme y burlarme, pero eso no me convenía, porque si me reía y me burlaba perdería amigos y posibles escenarios. En fin, estaba en una trampa. En su propia trampa. Atrapado atrapado atrapado. ¿Y què iba a hacer? A donde correr. En donde esconderse. Cómo callarse. No tengo ganas de callarme. Conocí a muchos. Y esto es lo que comenzaré a contar. Hablaré sobre los muchos que conocí y lo que conocí de esos muchos. Nada tengo que perder, pues todo lo perdí. Homero!! EMANCIPADME!!! Amen.

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