Dos tetas que me quieran

La verdad es que nunca nadie me llegó a ver desnudo como ella; y esto, rescatando que nunca llegamos a quedar desnudos uno frente al otro. Me refiero a que ella podía desvestir mis morisquetas y mímicas e intentos de brindarle esa apariencia de ser puro y transparente que, creía yo, ella gustaba de consumir de mí, y ver la burda intención subyacente, las ganas irrefrenables y refrenadas de hallarme en una situación de penumbras frente a ella y sus dos tetas, vencido el corpiño y caídas las ropas. Y como esta situación fantaseada no llegaba a tener su lugar y momento, era yo el penumbroso en mis morisquetas, en mi sonrisa infantil cargada de lujuria y barba incipiente. Ella me desnudaba las manos, ya me las mirara de frente o les diera la espalda, más aun si me daba la espalda; como cuando encontrábamos dos asientos juntos en el tren y era sentarnos y ella despóticamente tomar el de la ventanilla y recostarse sobre mí para fijar sus ojos en la ventana y fugar su mente encadenada a las figuras esfumadas que caían hacia atrás. Ella se dejaba caer hacia atrás, es decir: hacia lo que dejaba atrás nuestro vagón y hacia lo que ella dejaba estar tras su espalda, que eran mis brazos encantados de envolverla, y hasta desbordar su atrás, sobrepasar sus costados por debajo de su saquito y jugar con la estructura de su corpiño -porque aquello era una ESTRUCTURA-. A ella poco le importaba, se dejaba hacer. Lo tendría ya comprendido en la decisión de echarse hacia atrás recostada sobre mí, que le hiciera de buen bastidor para dejarse llevar por el tren hacia adelante mientras ella podía dejarse llevar hacia atrás por las siluetas difusas y por su mente. Mientras no le preguntara en qué pensaba, si me quería, mientras no pretendiera un contacto entre sus ojos que parecían en esos días estar a punto de llorar o de gastarse si me miraban, y mis ojos que gustaban de los suyos como los zánganos de la miel y que volaban a la ventana a tratar de comprender qué era eso ahí afuera que tanto la entristecía al pasar.
Ella me desnudaba las manos en sus intenciones oscuras de entre ropas. “Quiere manosearme las tetas, ya debe tener bastantes ganas, es obvio” Pensaba seguramente y pasaba de esa contingencia a cosas más graves que atender. “Ahí trata de vencer el aro de acero de la taza. Ay, me lastima un poco. Qué bobo. Qué bobo.”
-Pará. Dame esa mano mejor. ¿No te gusta mirar por la ventana cuando viajás? A mí sí. Puedo pensar un poco.
Yo no podía pensar en nada. En nada más que en lo idiota que estaba siendo ¿No podía esperar? O ¿Tenía que estar pagando este precio? ser un respaldo humano, estar a sus espaldas para que los dos actuemos esta comedia de hacer como que no pasaba nada bajo su ropa, mis manos no se sobrepasaban furtivamente, ella estaba taaaan abstraída en su meditación de ventana que no sentía nada, no me advertía las manos ya aclimatadas a su misma temperatura… O ella estaría fría, fría como las siluetas detrás del vidrio pasando. Yo hervía en las manos y ella fría. Eso era la piedra en mi esófago, lo más doloroso. Le daban lo mismo las manos ahí, debajo o fuera de la ropa, siempre que no le causaran una molestia o dolor, quizá las únicas sensaciones a las que estaba dispuesta a reaccionar tratándose de mí. Podía estar toda su piel libre para que la recorrieran mis manos por capricho en los momentos menos oportunos e inapropiados de un viaje en tren, y el desnudado sería yo cada vez. Ella me desnudaba con sus ojos sin mirarme y con su mente sin pensarme, y como ninguna lo hizo, porque al mirarme o pensarme -este es el punto- lo que miraba o pensaba no fue nunca alguien a quien quisiese. Me miraba y yo era una piedra que se toma y se arroja sin pensar a donde; y yo volaba y me sentía volar hasta naturalmente caer desnudo como una piedra en una oscuridad pesadillezca que, deseaba con rabia de animalito fuera una oscuridad cercana al interior de su corpiño. “¡Dos tetas que me quieran! ¡Dos tetas como las de ella, pero que me quieran!” Despertaría acalambrada la piedra incontables madrugadas posteriores en un furor de grito ahogado, con la frente y los ojos húmedos.

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