Dilemas Estacionales

I

El motor ya estaba encendido. Su padre terminaba de guardar las maletas cuando escapó para verlo antes de partir. Puso sus pequeñas manos blancas en la vitrina y lo examinó por última vez. Era un indio sin arreos, sin distinciones, sin aros en las orejas ni penachos en las sienes. Apenas tenía un manto sobre los hombros que le llegaba hasta los tobillos. Estaba sentado, los brazos y las piernas cruzadas y la cabeza inclinada hacia abajo. Una gran semejanza en la actitud con los grandes budas del Asia central. Pero los ojos eran blancos, sin pupilas, como las estatuas griegas. Esa cabeza se reía con su bocaza abierta y sus amarillentos dientes de caricatura.

Pero la risa moría en los labios, porque la expresión del blanco de los ojos, perdida bajo la frente inclinada, era trágica. Expresión de dolor inmenso, de impotencia fatal. El indio reía porque no podía llorar, y se encargaba de que esto fuera evidente. En esa cabeza y en esa actitud se estaba desarrollando una crisis.

Fue al terminar ese verano que lo diagnosticaron. En su familia se prohibió tocar el tema públicamente. Nadie estaba preparado para lidiar con la desgracia de tener un hijo con el corazón en el lado equivocado. Con el corazón a la diestra del pecho.

Los médicos no daban crédito de un padecimiento tan extraño. Parecía imposible que el organismo del niño -por muy pequeño que fuera- pudiera estar sostenido por un corazón latiendo fuera de su lugar. Cual fuera la desdicha que lo abrazaba no encontraría respuesta en las evidencia de los pabellones clínicos.

Comenzó a recluirse en su habitación. Por las mañana se situaba frente al espejo con el torso desnudo. Se estudiaba. Presionaba sobre sus costillas, palpando ese latir que lo desnaturalizaba. Lo percibía tan sonoro e intenso, tan delator… juraba que podía sentirse desde tres cuadras a la redonda.

Desde su ventana atravesaba las cosas con la vista. Las nubes que giraban a ritmo lánguido. El balanceo de los arbustos y las hojas amarillentas que cedían, para caer dibujando breves espirales. Por las noches, se encendían las luces de los edificios, amarillas y cuadradas como granos de maíz, caricaturescas como los dientes del indio de la vitrina.

II

Le pareció ver una ciudad que vibraba bajo la ciudad que pisaba. Donde la tierra y sus parques, sus siembras y playas tenían el corazón a la diestra. Donde los ríos escalaban enérgicos y dinámicos hacia las cumbres de los cerros. Donde los dolores y las certezas de la ciudad evidente encontraban un descanso.

Esa noche salió a la calle a enterrar estacas.

En las plazas junto a los banquillos, en las veredas picó el cemento.

Era como si la ciudad tuviera antenas, era como si sus clavas con punta de fierro tuvieran su propio sueño abortado.

La herida intentó sangrar por un momento, pero se lo prohibieron y el vómito de lava fue contenido.

¡Qué gran ciudad tenemos hoy! Le dijo un tipo que observaba su juego. ¿Porque no llora? Preguntó el niño. Porque no llora, respondió el hombre.

Aún no amanecía y retornó con los residuos de la ciudad adheridos a la piel.

Apagó las luces antes de bañarse. Se movió un poco y el sonido de su brazo contra el agua se extendió por la ciudad completa.

Su sombra, esperó un momento para desnudarse. Se zambulló serpenteando y con un braceo violento contra el agua recogió los sonidos de la ciudad punzante.

 

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