Camino a la Piramide

 En Vespucio Norte logramos ver la hora del taco convertida en serpientes de luz. Estaban convergiendo por la ciudad como ríos de sodio, cruzando la carretera, castrando la oscuridad. Observamos quietos, como mirando el terror de arrojarse a lo que quedaba del universo con un motor de 4 cilindros, en una Fiorino del 98′, ahora, convertida a icono-grafía Heavy Metal, un water viejo, ahogándose a través  del cosmos para escapar de la visión del hombre antiguo, cobrando vida, devorando el mundo.

Claro que lo primero que haces es sacarte los lentes, ventilarte, seguramente si uno se aleja lo suficiente, la figura toma perspectiva.  La batería se está acabando, y por un segundo me parece que el horizonte se está volviendo rojo, tripeado, con cara de loco.

Cuando llegamos al túnel San Cristobal, estamos ciegos, deslumbrados en promesas de mujeres que aman cobardes, rezando a sus muertos. Bajo el velo del insomnio. somos exploradores de la Mahindra de papá,  latimos juntos en el pulsar de una incomprensible mente maestra, enterrada viva bajo un océano legislativo. No podemos esperar a encerrarnos en nosotros mismos, pensar una cosa, fija, incandescente. La tierra se mueve sola, mi mente lo hace, con el poder de su codicia.

Igual, todo el mundo sabe que no te cabe un elefante entero dentro de una Boa, tu sabes como son los niños, hablan tanta wea junta.

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